CRÍTICA
por
Miguel Á. Refoyo
Bella
historia de amor surreal
Paul Thomas
Anderson reinventa la comedia romántica en una espléndida cinta
donde el absurdo, el exceso y la psicodelia im-ponen una
particular perspectiva genérica
La obra de Paul Thomas Ander-son,
compuesta básicamente por tres largometrajes tan heterogéneos
pero a su vez conciliadores de una mirada personal y
trascendente como son "Hard Eight", "Boogie Nights" y
"Mag-nolia", es el paradigma de un esplén-dido y prematuro
especialista analíti-co de microcosmos humanos capa-ces de
exponer, de una forma libre y disímil, detallistas radiografías
de la sociedad actual norteamerica-na. Una sociedad que en manos
de Anderson no tiene tanta impor-tancia como los personajes que
la pueblan, mostrándolos frágiles y débiles ante un mundo que
les amenaza emocionalmente. Como en todos sus filmes, se deja
ver en la muy extravagante "Punch-Drunk Love" una corrosiva
finalidad de ofrecer una revitalización de géneros, entrando de
lleno esta vez en la comedia romántica. Ale-jado de cualquier
patrón y estilismo genérico, Anderson aborda la comedia como un
nuevo reto en el que su visión conceptual se aleje de lo visto
hasta ahora, creando como es habitual en él un universo propio,
genuino y mágico. Un logro que consigue con esta deliciosa y
extraña cinta inclasificable. Si muchos han sido los que han
comparado el estilo de este autor con el de Martin Scorsese,
sería lo correcto abordar este proyecto como el particular
"Afterhours" de Anderson.
La historia se centra en un solitario hombre llamado Barry Egan,
un pe-queño empresario que tiene una com-pañía de menaje para
baño (atentos al ‘gag’ del ‘Diverchupa’). Su vida viene marcada
por la inevitable soledad del incomprendido y de un excesivo
so-metimiento a siete hermanas que le tienen dominado y
ridiculizado desde su infancia. Una llamada a un número erótico
que trae como consecuencia las amenazas por parte de una mafia
regida por un miserable vendedor de colchones y su en-cuentro
con Lena, la mujer de su vida, cambiarán y desestabiliza-rán el
anodino universo de Barry, un tipo tranquilo que esconde bajo su
apocado carácter una bestia incontrolable. En este infrecuente
entorno, Anderson brinda una historia de amor concentrada no
tanto en la acción y el lugar, sino en una granítica y soberbia
forma de indagar en los personajes, único mundo de
"Punch-Drunk Love", acompañado en todo momento por su habitual
ritmo fluido y apasionante. Planteada sin pretextos desde el
absurdo, es-ta original muestra de cine independiente y de autor
se proclama como un bello manifiesto de escapismo y fragilidad
donde el amor es el referente para superar lo adverso. Un
surreal romance que culmina en un metafórico final donde se
asimila la fragilidad y la forzosa necesidad del amor para el
triunfo de los perdedores. Un contexto que Anderson aprovecha
para volcar toda su dedicación a sus criaturas y no a las
surreales situaciones que les rodean.
De nuevo,
como ya había demostrado en "Boogie Nights" y "Mag-nolia", en
"Punch-Drunk Love" hay matices de brío percutante que dan como
resultado de este ejercicio cinéfilo una lección de ritmo
narrativo. Una cadencia visual que precisa de la delirante
música de John Brion y un
exceso de color, situaciones y saturación en sus fundidos
psicodélicos buscando producir con ello el impacto en el
espectador y olvidar, intencionalmente, la propia integridad
narrativa del filme. Histerismo ascendente que sólo se pacifica
con la dulce mirada del personaje de Lena Leonard, papel
ajustado a los ojos y dulzura de una irregular actriz como
Emily Watson, que aquí mo-dera
su interpretación y ofrece su perfil más romántico y contenido
en un rol análogo a la delicada Reba McClane de "Red
Dragon".
Pero sin duda alguna, una de las mejores y más sorprendentes
a-portaciones llega con la excelente composición interpretativa
de A-dam Sandler
el cual, con el respaldo de Anderson, consigue abandonar
sus tics 'made in Saturday Night Live’ para confirmar lo que ya
había dejado intuir en "Un papá genial": su capaci-dad para
darle a Barry un fondo huma-no exteriorizando el enojo, la
tristeza, la timidez y la desesperación de este frágil sujeto
que necesita el amor para controlar su descolocada y peligrosa
actitud ante la vida. La pasión del di-rector por las comedias
de Sandler son fiel reflejo de un rol escrito expresamente para
el histriónico có-mico americano. Así, Barry Egan no está tan
lejos de los persona-jes, en realidad ‘freaks’, de "El chico
ideal", "The Waterboy", "Un papá genial" o "Little
Nicky", sinónimos en esa opresión y someti-miento de
los que le rodean, ocultando una hostilidad enmascarada tras su
cara de sonrisa estúpida. Toda esa violencia heredada del
‘slaptick’, de la típica comedia ‘sandleriana’, es mostrada en
"Punch-Drunk Love" como la exteriorización del arrebato
frustrado. El humor con el que se encubre esa mala hostia se
transforma en amor bajo la cálida mirada de Paul T. Anderson. Un
amor violento demostrado en la grotesca y brillantísima
declaración de amor con frases ‘ultra-gore’ que la pareja
utiliza para decirse lo mucho que se atrae. Basta esa secuencia
inicial en la que un camión deja un harmonio en plena calle,
símbolo de la serenidad, que llega justo en el momento en el que
un coche tiene un espectacular y brusco accidente en un contexto
impropio, pero necesario para entender el miedo inocente de un
personaje por la vida, por el amor y por su apertura a un mundo
amenazante. Con la llegada a esta insólita vida de la chica, del
elemento conciliador, Anderson descoloca al espectador en una de
las historias de ‘amor fou’ más hermosas y reconfortantes que ha
dado el género en estos últimos años.
Paul T. Anderson demuestra así que es un maestro de la
manipulación donde cada elemento es un símbolo, como el
laberinto que lleva al primer beso, como el piano catártico,
como la lucidez subvertida en la estúpida idea de las millas de
vuelo de la pro-moción de las natillas y de la integri-dad de un
buen hombre en sus viajes para decir a la cara lo que siente y
piensa. Oscura, obsesiva y agresiva, "Punch-Drunk Love" es una
fábula moderna, absurda y genial, en la que el manierismo de la
cámara vuelve a ser el mejor y más rotundo ejemplo de que
esta-mos ante un director de perspectiva diáfana, preponderante
de irre-conocibles modelos que se apartan de lo ordinario, de lo
obvio, de-teniéndose en los sentimientos, en las miradas, en los
gestos... Anderson justifica con ello su condición de autor
capaz de recon-vertir géneros para su propia e individual visión
del cine.
Imágenes de "Punch-drunk love" - Copyright © 2002 Columbia Pictures,
New Line Cinema y Revolution Studios.
Distribuidora en España: Columbia TriStar. Fotos por Bruce Birmelin. Todos los derechos
reservados.
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