CRÍTICA
por
José Luis Santos
Seguramente hayan oído más de una vez ese dicho popular
que contradice a quien está criticando un supuesto error de
alguien, ar-gumentando: “ya quisiera yo encontrarme donde se
pierde él”. Pue-den creerme si les aseguro que cuando salí del
cine de ver “Un final made in Hollywwod” no podía quitármelo de
la cabeza. El último trabajo de
Woody Allen
llega precedido por el rutinario rechazo de crítica y público
norteamericanos (lo contrario extrañaría), pero tam-bién ha
experimentado un cierto desencanto a este lado del charco desde
su proyección abriendo el festival de Cannes (donde rompió sus
más estrictas reglas personales para presentar la película él
mismo) que hacía rumorear antes del estreno en España un paso en
falso del más ingenioso neoyorquino.
Tras dirigir sus dardos contra múlti-ples ámbitos a lo largo de
su extensa filmografía, Allen se fija en este caso en el propio
mundo del cine (ya abor-dó el del teatro en “Balas sobre
Broadway”) mezclando los elementos de psicoanálisis y relaciones
persona-les propios de su obra con múltiples entretelas del
celuloide. Lo hace a tra-vés de la historia de un oscarizado
di-rector de cine, excéntrico y venido a menos, que es
contratado por su ex-mujer productora y el novio de ésta (el
director de Galaxy Pictures, por el cual le abandonó) para rodar
una película de gran presupuesto que puede sacarle del bache,
pero al iniciar el rodaje se queda ciego, lo cual intentará
disimular para no perder esta gran oportunidad. Así, el director
de “Manhattan” da una vuelta de tuerca más a su inacabable e
inmedible sentido del humor creando un per-sonaje en el que se
intuye a partes iguales por un lado un alter ego a través del
cual torpedear la Meca del cine de forma tan cínica-mente
inconfesa (ha negado que su película sea una crítica a
Holly-wood) como innegable y propia de él, y por otro una mera
carica-tura de sí mismo (sirva como anécdota que durante el
rodaje no utilizó vestuario, sino su propia ropa), que como toda
caricatura no está exenta de aspectos reales (la recurrencia a
un operador de cámara extranjero, el secretismo respecto a su
trabajo, la relación con el público europeo…) y que ofrece altas
dosis de un autopsi-coanálisis ácido y cruel en algunos momentos
y venganza autobio-gráfica en otros.
Un ejercicio de cine dentro del cine en el que cualquier
cinéfilo disfrutará del desfile de envenenadas alusiones a las
manías, costumbres y relaciones variaopintas entre actores,
directores, productores e incluso críticos,
en el que Galaxy Pictures es algo mucho más tangible que un
chiste, y en el que se dispara con bala directamente al concepto
del cine de mercadotec-nia actual, todo ello sin disimular una
vez más su amor a Nueva York, por algunos de cuyos escenarios
más representativos se desliza la trama en varias escenas.
En cuanto al reparto, esta vez el autor de “Annie Hall” recurre
a rostros no tan de primerísima fila como en las últimas
ocasiones, muchos de ellos más conocidos en la pequeña panta-lla
que en las salas de proyección, pero como siempre sabe sacar lo
que necesita de todos ellos.
Téa Leoni
(“Deep Impact”, “Family
man”) no es obviamente Helen Hunt, pero si hay un
terreno en el que se desen-vuelva es la comedia, y está
correcta. Hombres como
George Ha-milton
o
Mark Rydell
tienen la experiencia suficiente como para servir a los
propósitos del maestro, y resulta divertido el narcisismo de
Allen situando a bellas mujeres a sus pies para después
recha-zarlas contra natura (en “La
maldición del escorpión de Jade” echa-ba a Charlize
Teron de su cama preso de la hipnosis, y aquí ignora a causa de
su ceguera a la voluptuosa “salvada por la campana”
Tiffani Thiessen).
Es cierto que en “Un final made in Hollywood” los
aspectos for-males no son tan redondos como por ejemplo en su
predecesora, “La maldición del escorpión de Jade”, que se
alargan en exceso al-gunas escenas y planos que no molestan pero
tampoco aportan gran cosa, que por eso el ritmo es algo
irregular, que la vis cómica se aboca más a la creación de
situaciones que al brillante retor-cimiento de diálogos de otras
ocasiones, y que el desenlace es atropellado y poco cuidado.
Pero también es verdad que en medio de esos defectos, Allen
alcanza destellos de altísima comedia, de ésos que sólo están al
alcance de los grandes maestros del géne-ro, con Billy Wilder a
la cabeza. Comedia pura, rica y disparatada-mente divertida,
comedia porque sí (de hecho en algunos pasajes el mundo del cine
no deja de ser una excusa como otra cualquie-ra), al margen de
los estúpidos prejuicios que la consideran un gé-nero menor, con
la consecución de algunos momentos absoluta-mente hilarantes y
la garantía que ofrece la vitriólica mirada de su autor.
En fin, lo dicho, que ya quisiera yo encontrarme donde se pierde
Woody Allen. Y que otros muchos se encon-traran allí también, y
hablo de la in-mensa mayoría de quienes hacen ci-ne en nuestros
mediocres tiempos. Y es que, la verdad, qué quieren que les
diga, si el cocinero de uno de mis res-taurantes favoritos un
día me ofrece un buen bistec, aunque no sea el solomillo al que
me tiene acos-tumbrado, lo seguiré prefiriendo a las
hamburguesas del McDo-nalds. Ojalá todas las cegueras que se
dieran en el cine y fuera de él fueran como la de Allen, de risa
y psicosomáticas. Algunas parecen mucho más graves, y tampoco
son físicas. Salvo que aceptemos que la estupidez se debe a
causas físicas... Quizás los detractores de Allen intenten
utilizar este pretendido altibajo para desacreditarlo. Yo,
personalmente, esperaré con ansiedad doce meses a que llegue mi
ración anual del genio de Manhattan (“Anything else”). Cuestión
de adicciones...
Imágenes
de "Un final made in Hollywood" - Copyright © 2002 DreamWorks
SKG. Distribuidora en
España: Lauren Films. Fotos por John Clifford. Todos los derechos
reservados.
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