CRÍTICA
por
Diego Vázquez
¡Mira a lo
alto, Hannah!
Volver a acercarse a este clásico de
Charles Chaplin, en el que por últi-ma vez vuelve a
hacer uso de su en-trañable creación de Charlot (aquí ya algo
transformada) y por primera vez de manera completa del sonido,
sirve para reencontrarse con esa mítica fra-se con la que se
cierra el inolvidable discurso final ("¡Mira a lo alto, Han-nah!
¡Mira a lo alto!"), así como para darse cuenta de otras cosas.
La primera es que visto de nuevo, tras un cierto tiempo y en
el contexto actual, parece tan necesario como en el momento de
su realización en lo que respecta a su denuncia
(principal-mente y sobre todo de la estupidez humana), pero
igual de fallido en lo que al resto de la trama se refiere. No
es que no sea una gran obra y que no se merezca su condición de
clásico (sus cualidades propias, la valentía de su denuncia al
realizarse en el mismo mo-mento en que los hechos estaban
sucediéndose y sus secuencias míticas le otorgan esta
condición), pero vista de una manera obje-tiva, comparándola con
el resto de la filmografía de su autor y de-jando que las
huellas del tiempo pasen sobre ella, es evidente que está lejos
de ser una pieza redonda y que contiene defectos que, a pesar de
su importancia, no logran ahogar sus numerosas virtudes.
Si se compara este film con "El chi-co", "La quimera del oro",
"Luces de la ciudad" o "Tiempos modernos", por citar sólo los
mejores trabajos de su realizador con la figura de Charlot,
re-siste mal esa comparación. Mientras aquéllos siguen siendo
aún hoy un to-rrente de cine, capaz de agarrar al es-pectador
desde sus primeros fotogra-mas para no soltarte hasta el final,
en el caso de "El gran dictador" el enamoramiento
público/película va sucediéndose de ma-nera intermitente y sólo
se desarrolla plenamente una vez alcanzado su tramo final.
Es evidente que a las obras realizadas en épocas diferentes a
las del momento presente en que se escri-be sobre ellas, hay que
saber criticarlas en la justa medida en que se sepa distinguir
entre los méritos perdidos con el tiempo y los que nunca tuvo.
En este caso, como ya he dicho, Chaplin había realizado hasta el
momento de entregar esta cinta una serie de obras que dejaban en
evidencia que el nivel que podía alcanzar era mucho mayor que el
aquí mostrado.
El comienzo, por poner un ejemplo, recupera viejos gags de
Charlot con el añadido del sonido y las voces (todo el arranque
es una especie de remake de su cortometraje "Armas al hom-bro"),
que si bien siguen siendo gra-ciosos, no confieren al conjunto
la unidad necesaria y eso sigue siendo así durante casi toda la
película. De hecho, durante toda la primera mitad (hasta que
el barbero comienza a ser perseguido y su historia va corriendo
parale-la a la del dictador), el film asemeja más a una sucesión
de pequeños cortos (casi todos magníficos, eso sí) unidos
por un hilo argumental finísimo, lo que le confiere una arritmia
importante. No es que esto no lo hubiera hecho ya Chaplin antes,
pues casi to-dos sus largometrajes hasta ese momento seguían ese
esquema de pequeños episodios (cortometrajes) unidos unos a las
otros por una excusa argumental global, aunque en los casos
anteriores o ésta había sido más fuerte y mejor trabajada o la
unión entre cortos tenía una mayor coherencia interna.
Aquí el núcleo dramático de la historia no funciona demasiado
bien, en buena parte porque ni la his-toria del barbero
judío y sus amores, ni la del dictador y sus deseos de conquista
y destrucción, son lo que realmente le importan a Chaplin, que
da lo mejor de sí mismo en los seg-mentos cómicos aislados a los
que me he referido antes (desde el baile con la bola del mundo o
la se-cuencia del afeitado o las idas y venidas de Hynkel por
los distintos despachos de su palacio, hasta los encuentros y
desencuentros continuos de éste con Napaloni, que se convierten
en con facilidad en el tramo del film más conseguido y
cohexionado) y en los mo-mentos de denuncia (sobre todo en ese
discurso pacifista final, que pese a su optimismo ciego y un
poco blando, tiene en la interpre-tación de Charles Chaplin y en
unas portentosas líneas de diálogo, uno de los momentos
antológicos de la historia del cine, que aún hoy con la
distancia de los años sobre los hechos reales ponen los pelos de
punta), mientras que cuando regresa a las desventuras de la
trama central, el ritmo y el interés flojean bastante.
Cualquiera de los posibles especta-dores de esta reposición
habrá visto tantas veces algunas de las imágenes de la cinta o
sabrá de ellas por otros medios o las habrá visto hace mucho
tiempo y en su memoria las habrá mezclado (montado) al gusto
arbitra-rio de los recuerdos de cada uno, que lo más seguro
(ocurre siempre ante símbolos tan universales de la cultura) es
que cada espectador habrá soñado la película antes de verla, y
de todos es sabido que la realidad casi nunca suele estar a las
alturas de los sueños. Esto no evita que siga siendo innegable
su condición de clásico del cine y de obligada visión
(incluso con sus defectos), en el que aún hoy uno puede
dejarse transportar a los más puros y mágicos terrenos de la
ficción y reconocer al mismo tiempo a muchos de los líderes de
la política internacional de nuestra actualidad en los
personajes del film; si no en las apariencias, sí al menos en
los discursos y en las ideas.
Calificación:
8.5 / 10
Imágenes
de "El gran dictador" - Copyright © 1940 Charles
Chaplin Productions. Distribuidora en
España: Manga Films. Todos los derechos
reservados.
Página
principal de "El gran dictador"
Añade "El gran dictador" a tus películas favoritas
Opina sobre
esta película en nuestra Lista de Cine
Suscríbete
a la Lista de Cine si todavía no eres miembro
Recomienda
esta película a un amigo
|