CRÍTICA
por
Diego Vázquez
Apretando las tuercas
Hay algunas películas en las que hay que advertir de antemano su
cru-deza y ésta es una de ellas. Por su-puesto, y esto es algo
bien sabido por cualquier conocedor de la filmografía de estos
hermanos, no estamos ha-blando de una crudeza física, ni nada
cercano al gore, la violencia o a imá-genes que por una razón u
otra pudie-ran herir la sensibilidad del espectador. Estoy
hablando de una cru-deza casi metafísica, de forma y de fondo,
en la que la imagen cor-ta como el filo de una navaja y en donde
la tensión, el desconcierto (por más que se siga durante todo el
metraje a su personaje princi-pal a escasos centímetros) y el
desasosiego permanente, llegan a hacerse verdaderamente cuesta
arriba (por no horneadas, por bus-car trasmitir la sensación de
estar servidas al natural) para un es-pectador poco habituado a
cines extremos. Incluso los ya conoce-dores de los dos últimos
largometrajes de sus directores estrena-dos en España se
llevarán sin duda una sorpresa, pues si bien se puede ver este
film como una mezcla de los dos anteriores (la lo-cura visual de
"Rosetta", unida a la mirada casi documental sobre el trabajo
que ya existía en "La promesa"), lo que
finalmente nos ofrece es algo nuevo, una vuelta de tuerca más a
los comple-jos e inexplicables caminos del dolor, al cómo
reaccionamos a él y a lo importante que llega a ser en ciertos
momentos agarrarse a un clavo ardiendo, simplemente para poder
so-brevivir.
Para ello
Jean-Pierre
y Luc Dar-denne
nos vuelven a situar pegados permanentemente al protagonista de
esta historia, un profesor de un taller de carpintería
obsesionado con un nuevo alumno, al que primero se nie-ga a
aceptar y al que luego seguirá por todas partes por motivos que
ha-rán volar la imaginación del especta-dor durante la primera
mitad del metraje. El film está compuesto casi en su totalidad
por primeros planos en movimiento desde la misma nuca del
protagonista, como si estuviéramos aupados a su hombro,
descubriendo al mismo tiempo que él los escenarios, las
esquinas, los edificios, las miradas. No nos podremos despegar
de Olivier en todo el film por mucho que queramos y tampoco
logra-mos penetrar, ni siquiera al finalizar el film, en su
cabeza, pues los Dardenne siempre nos sitúan como un espectador
objetivo y ex-terno, una especie de espectro que puede sentir
por los personajes y las acciones que contempla, pero que como
el Mr. Scrooge de "Cuento de Navidad" es incapaz de actuar, de
echar una mano o de hacer preguntas para calmar sus múltiples
dudas.
Esta situación de inestabilidad y de desconcierto es estirada
por el film hasta extremos realmente excesivos y que siendo
objetivos no benefician a su resultado. Cuando aún no conoce-mos
las claves del misterio, las accio-nes sin explicación y los
viajes hacia ninguna parte alargan demasiado la angustia,
sacando en varios momen-tos a todo tipo de espectador del
rela-to, y cuando ya tenemos las claves de la historia, aunque
desco-nozcamos las acciones que el protagonista tomará, de nuevo
el guión del film se estira en una única dirección, un único
punto de interés, en una apuesta por el más difícil todavía que
finalmente se muestra fallida. Es incapaz de comprimir
satisfactoriamente toda la tensión en ese único punto durante un
metraje tan largo, queriendo el espectador tras su conclusión
haber sabido más de algunos per-sonajes como el de la ex-mujer,
pero el film no busca la narra-ción sino el
ensayo, atrapar una sensación, aunque sólo lo logre en contados
momentos. Cuando esto sucede, eso sí, la pantalla se llena de
energía, un
estremecimiento recorre la es-pina dorsal del espectador y las
pulsaciones se aceleran como así lo hacen las de los
protagonistas.
Pero cada vez vuelven las cosas a colocarse en
una inestable cal-ma y vuelve a hacerse así, una vez más,
presente lo improvisado e insatisfactorio de su guión y de su
repetitivo planteamiento estéti-co,
añadiéndosele la gran paciencia que exigen sus tiempos muertos
en los que se documenta de manera casi enfermiza el trabajo que
se realiza en el taller. Su minimalismo excesivo llega incluso a
echar a algún es-pectador tan fuera del film, que cuando encara
su recta final, su momento más prodigioso, con un viaje en
carretera donde por fin esa planificación, esos silencios tensos
y esa verdad escondida encuentran el lugar perfecto para
desarrollarse en plenitud y alcan-zar su máximo poder de pegada
gracias a la claustrofobia de ese vehículo, a las cercanías de
los cuerpos, al coche en movimiento y al paisaje alejado de la
civilización, algunos ya han renunciado a in-teresarse por el
resultado. Mejor suerte corren las primeras se-cuencias en el
taller de formación, espacio laberíntico y claustro-fóbico donde
poder perderse y enloquecer, pero la ciudad y el resto de
espacios abiertos del film invitan a otras miradas, a algunas
sa-lidas de tono de su excesivamente rígida apuesta, que de
manera desmoralizadora el film no ofrece nunca, aunque quizás
estaríamos pidiendo otra película y debamos contentarnos con
ésta, que es por otro lado una experiencia
difícil de olvidar y todo un duelo interpretativo entre sus dos
protagonistas.
Calificación: 7.5
/ 10
Imágenes
de "El hijo" - Copyright © 2002 Les Films du Fleuve y Archipel
35 RTB. Distribuidora en España: Vértigo Films. Todos los derechos
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