CRÍTICA
por Tònia
Pallejà
Canalcine.net, Barcelona
¡¿Pero qué
me estás contando?!
Este
largometraje de Peter Kosminsky,
hasta la fecha productor y realizador televisivo (porque de su
anterior trabajo para el cine –"Cumbres borrascosas", 1992–
mejor no acordarse), traslada en imágenes el best seller de
Janet Fitch del mismo nombre,
una no-vela que vio cómo sus ventas se disparaban después de que
Oprah Winfrey la recomendara como Libro del Mes de Mayo en 1999
(pa-ra los que no sepan quién es Oprah Winfrey, digamos que se
tra-taría de algo así como una versión afroamericana de María
Teresa Campos, que además de conducir un popular show en la
televisión, poseía un club de lectores on line).
No he
leído el libro de Fitch y des-conozco por completo su estilo,
pero viendo la película de Kosminsky no me cuesta imaginar no
sólo que la no-vela debe de ser muy superior a su versión
cinematográfica, sino que también se trata de una adaptación
bastante deficiente de la misma. Los personajes y las
situaciones que introduce este film están desarrollados de una
forma tan burda, plana y precipitada, que no me puedo llegar a
creer en ningún momento nada de lo que me están contando, y
no porque sea inverosímil, sino porque no se hace creíble en
absoluto. Si alguna meta debiera ser prioritaria para un
director y un guionista que se proponen construir un drama de
estas características, es la de hacer sentir al espectador que
los caracteres humanos que nos plantean llevan una vida dentro
de la pantalla. No importa que haya saltos temporales o elipsis
narrativas, pero es imprescindible que creamos que estos
personajes siguen vivos, que tienen una conti-nuidad,
independientemente de si aparecen ante la cámara o no, y sobre
todo cuando lo hacen. "La flor del mal" no lo consigue, o lo
hace muy a duras penas, porque ni siquiera llegamos a sospechar
que nos hablan de una historia protagonizada por personas de
car-ne y hueso. Cuesta meterse en cada nueva situación, y cuando
ha-ces un esfuerzo y lo logras, ya te sacan de ella para
plantearte otra diferente con la que vas a encontrar las mismas
dificultades de congruencia y empatía. Y así constantemente.
Todo se vuelve brus-co, superficial, renuente.
"La flor
del mal" me recuerda a otro caso de circunstancias parecidas,
una película que se estrenó hace aproximadamente un año y que en
España se tituló "Atando
cabos" (The Shipping News), por más que la mitad de
los cabos quedaban bien sueltos. En aquella ocasión era Lasse
Halls-tröm quien adaptaba otro superventas valiéndose de unas
cuantas estrellas (como aquí lo son
Michelle Pfeiffer, Renée
Zellweger y Robin Wright
Penn). Tenía muchos de los ingredientes para dar como
resultado una gran historia, no obstante, aquélla fue, como
ésta, una traslación fallida que pecaba del mismo tipo de
errores. El libreto firmado por Mary
Agnes Do-noghue y la exposición seguida por Kosminsky
condensan las pá-ginas de la obra de Fitch de la peor manera
posible, abusando en exceso de los sobreentendidos, acomodándose
en los tópicos, y dando demasiadas cosas por hechas. De manera
que al final te-nemos la sensación de haber visto un relato
incompleto, mal di-bujado, torpe, que hubiera precisado de más
tiempo para que el germen literario diera algún tipo de fruto
más o me-nos satisfactorio.
La
película se centra en Astrid (Ali-son
Lohman), una adolescente cuya madre, Ingrid Magnussen
(Michelle Pfeiffer) –supuestamente egoísta, ma-nipuladora y
dominante–, es una artis-ta independiente, un alma libre de
sin-gular atractivo. Al principio del film, ambas son presentadas
como dos bellezas californianas que parecen sa-cadas de un
anuncio de champú Johnson & Johnson: largas y ruti-lantes melenas
rubias al viento. De sopetón aparece un novio en la vida de esta
mujer que nunca había querido compromisos formales con ningún
hombre. De sopetón también, el novio, que ni es guapo, ni tiene
un carácter afable y probablemente sea un muerto de ham-bre,
tiene un lío con otra, así que Ingrid le mata. Después llega la
policía, la detienen y se la llevan. Como consecuencia de todo
ello, la joven se queda sola en el mundo, e irá pasando por una
serie de familias de acogida que le depararán una serie de
experiencias a cual peor.
La primera
de sus madres adoptivas es Starr (Robin Wright Penn), ex
stripper, ex alcohólica, ex adicta a la cocaína, que se ha
reconvertido en una fanática religiosa aunque siga vis-tiendo
como un pendón verbenero. Starr vive en una casa de reducidas
dimensiones y ambiente caótico, con sus otros hijos –que no se
sabe si son naturales, adoptados o mitad y mitad– y su novio,
quien no puede contraer matrimonio con ella porque ya está
casado y tiene un hijo propio al que hace años que no se –no se
sabe si porque les abandonó o porque se separaron y se
desentendió del tema–. Los segundos en acoger a Astrid son los
Richards, un matrimonio propietario de una lujosa mansión en
Malibu, que no pueden tener hijos. Él (Noah
Wyle) pasa la mayor parte del tiempo fuera de ca-sa
debido a su trabajo en la televisión, y ella, Claire (Renée
Zell-weger) es una mujer agradable y afectuosa con baja
autoestima, que no se sabe muy bien si es tonta, si está
desequilibrada o am-bas cosas a la vez. Claire y Astrid comparten
buenos momentos juntas, establecen una cierta complicidad y se
entienden muy bien. Pero la cosa se termina. Por último, Astrid
acaba en manos de Re-na (Svetlana
Efremova), una rusa que sólo se mueve por el dine-ro.
Rena tiene a otras dos chicas bajo su tutela, a las que utiliza
para rebuscar entre la basura, a la caza de ropa usada u otros
ob-jetos de valor, que posteriormente venden en el mercadillo. No
les voy a desvelar el porqué Astrid deja de estar con unos o con
otros, ni qué motivación se esconde tras cada una de estas
mujeres cuando toman la decisión de hacerse cargo de Astrid.
Únicamente cabría añadir: ¡bravo por la asistenta social que le
han asignado! Alarmante, vamos, inconcebible.
Mientras
sucede todo esto, Astrid sigue visitando a su verdadera madre,
que se encuentra en la cárcel cum-pliendo 35 años de condena.
Pero tranquilos, porque el duro régimen pe-nitenciario no hace
mella en su be-lleza, al contrario, está radiante. Cada vez que
Astrid cambia de familia, se adapta a la forma de vida de su
co-rrespondiente madre de acogida, lo cual, a la práctica, se
traduce en que viste igual que ellas. Ingrid se siente
disgustada ante esta evolución de su hija, ya que cree que se
está alejando de la idea que tenía para su futuro. Y como es
malvada, manipuladora, egoís-ta, dominante y todo lo demás, pues
hace y dice de las suyas (aunque si yo fuera ella, tampoco
andaría muy contenta al contem-plar algunos de los giros que
emprende la criatura). Por otro lado, Astrid encuentra el amor
en un chico que conoce en el centro de acogida para jóvenes, y
que no es otro que el Patrick Fugit
de "Casi
famosos", un personaje papanatas, pero que no podía
faltar.
Como les
comentaba al principio, cuesta creer, tal y como se exponen los
hechos, que Ingrid Magnussen esté tan locamente enamorada de su
amante como para liquidarle –y que además ten-ga tan pocas luces
al hacerlo–; cuesta creer que ésta tenga una influencia tan
poderosa y maligna sobre su hija; cuesta creer que la
desorientada Astrid esté buscando desesperadamente el afecto de
las otras mujeres... y así un largo etcétera de “¡¿pero qué me
estás contando?!”. En realidad, si nos limitamos a aquello que
se nos narra, y prescindimos de lo que uno se ve obligado a
suponer o adivinar para rellenar los abismales vacíos del guión,
la lógica que la sustenta es del todo precaria.
A fin de
cuentas, nos hallamos ante un drama de crecimiento personal, una
peculiar relación madre-hija, una historia sobre secretos que
acaban saliendo a la luz, o incluso una de-nuncia sobre el
sistema de acogida de niños en los Estados Unidos, que podría
tener cabida en cualquier tele-film con caras desconocidas. La
eje-cución del reparto es correcta, especialmente loable en el
caso de Pfeiffer y Zellweger; esta última logra crear los
mejo-res momentos de la película. Aun así, nada puede
salvar las graves carencias que lastran a "La flor del mal" sin
remedio. Una oportunidad lanzada por la borda.
Nota:
5 / 10

Imágenes de "La flor del mal" - Copyright © 2002 Warner
Bros., Pandora Filmproduktion y John Wells Productions.
Distribuidora en España: Manga Films. Todos los derechos
reservados.
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