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LA FLOR DEL MAL
(White oleander)


Dirección: Peter Kosminsky.
Países:
USA y Alemania.
Año: 2002.
Duración: 109 min.
Interpretación: Alison Lohman (Astrid Magnussen), Robin Wright Penn (Starr Thomas), Michelle Pfeiffer (Ingrid Magnussen), Renée Zellweger (Claire Richards), Billy Connolly (Barry), Svetlana Efremova (Rena), Patrick Fugit (Paul Trout), Cole Hauser (Ray), Noah Wyle (Mark Richards), Taryn Manning (Nikki), Charles Constant (Jerry), Marc Donato (Davey).
Guión: Mary Agnes Donoghue; basado en la novela de Janet Fitch.
Producción: John Wells y Hunt Lowry.
Música: Thomas Newman.
Fotografía:
Elliot Davis.
Montaje: Chris Ridsdale.
Diseño de producción: Donald Graham Burt.
Dirección artística: Anthony R. Stabley.
Vestuario: Susie DeSanto.
Estreno en España: 17 Enero 2003.

 

CRÍTICA
por Tònia Pallejà
Canalcine.net, Barcelona

¡¿Pero qué me estás contando?!

  Este largometraje de Peter Kosminsky, hasta la fecha productor y realizador televisivo (porque de su anterior trabajo para el cine –"Cumbres borrascosas", 1992– mejor no acordarse), traslada en imágenes el best seller de Janet Fitch del mismo nombre, una no-vela que vio cómo sus ventas se disparaban después de que Oprah Winfrey la recomendara como Libro del Mes de Mayo en 1999 (pa-ra los que no sepan quién es Oprah Winfrey, digamos que se tra-taría de algo así como una versión afroamericana de María Teresa Campos, que además de conducir un popular show en la televisión, poseía un club de lectores on line).

  No he leído el libro de Fitch y des-conozco por completo su estilo, pero viendo la película de Kosminsky no me cuesta imaginar no sólo que la no-vela debe de ser muy superior a su versión cinematográfica, sino que también se trata de una adaptación bastante deficiente de la misma. Los personajes y las situaciones que introduce este film están desarrollados de una forma tan burda, plana y precipitada, que no me puedo llegar a creer en ningún momento nada de lo que me están contando, y no porque sea inverosímil, sino porque no se hace creíble en absoluto. Si alguna meta debiera ser prioritaria para un director y un guionista que se proponen construir un drama de estas características, es la de hacer sentir al espectador que los caracteres humanos que nos plantean llevan una vida dentro de la pantalla. No importa que haya saltos temporales o elipsis narrativas, pero es imprescindible que creamos que estos personajes siguen vivos, que tienen una conti-nuidad, independientemente de si aparecen ante la cámara o no, y sobre todo cuando lo hacen. "La flor del mal" no lo consigue, o lo hace muy a duras penas, porque ni siquiera llegamos a sospechar que nos hablan de una historia protagonizada por personas de car-ne y hueso. Cuesta meterse en cada nueva situación, y cuando ha-ces un esfuerzo y lo logras, ya te sacan de ella para plantearte otra diferente con la que vas a encontrar las mismas dificultades de congruencia y empatía. Y así constantemente. Todo se vuelve brus-co, superficial, renuente.

  "La flor del mal" me recuerda a otro caso de circunstancias parecidas, una película que se estrenó hace aproximadamente un año y que en España se tituló "Atando cabos" (The Shipping News), por más que la mitad de los cabos quedaban bien sueltos. En aquella ocasión era Lasse Halls-tröm quien adaptaba otro superventas valiéndose de unas cuantas estrellas (como aquí lo son Michelle Pfeiffer, Renée Zellweger y Robin Wright Penn). Tenía muchos de los ingredientes para dar como resultado una gran historia, no obstante, aquélla fue, como ésta, una traslación fallida que pecaba del mismo tipo de errores. El libreto firmado por Mary Agnes Do-noghue y la exposición seguida por Kosminsky condensan las pá-ginas de la obra de Fitch de la peor manera posible, abusando en exceso de los sobreentendidos, acomodándose en los tópicos, y dando demasiadas cosas por hechas. De manera que al final te-nemos la sensación de haber visto un relato incompleto, mal di-bujado, torpe, que hubiera precisado de más tiempo para que el germen literario diera algún tipo de fruto más o me-nos satisfactorio.

  La película se centra en Astrid (Ali-son Lohman), una adolescente cuya madre, Ingrid Magnussen (Michelle Pfeiffer) –supuestamente egoísta, ma-nipuladora y dominante–, es una artis-ta independiente, un alma libre de sin-gular atractivo. Al principio del film, ambas son presentadas como dos bellezas californianas que parecen sa-cadas de un anuncio de champú Johnson & Johnson: largas y ruti-lantes melenas rubias al viento. De sopetón aparece un novio en la vida de esta mujer que nunca había querido compromisos formales con ningún hombre. De sopetón también, el novio, que ni es guapo, ni tiene un carácter afable y probablemente sea un muerto de ham-bre, tiene un lío con otra, así que Ingrid le mata. Después llega la policía, la detienen y se la llevan. Como consecuencia de todo ello, la joven se queda sola en el mundo, e irá pasando por una serie de familias de acogida que le depararán una serie de experiencias a cual peor.

  La primera de sus madres adoptivas es Starr (Robin Wright Penn), ex stripper, ex alcohólica, ex adicta a la cocaína, que se ha reconvertido en una fanática religiosa aunque siga vis-tiendo como un pendón verbenero. Starr vive en una casa de reducidas dimensiones y ambiente caótico, con sus otros hijos –que no se sabe si son naturales, adoptados o mitad y mitad– y su novio, quien no puede contraer matrimonio con ella porque ya está casado y tiene un hijo propio al que hace años que no se –no se sabe si porque les abandonó o porque se separaron y se desentendió del tema–. Los segundos en acoger a Astrid son los Richards, un matrimonio propietario de una lujosa mansión en Malibu, que no pueden tener hijos. Él (Noah Wyle) pasa la mayor parte del tiempo fuera de ca-sa debido a su trabajo en la televisión, y ella, Claire (Renée Zell-weger) es una mujer agradable y afectuosa con baja autoestima, que no se sabe muy bien si es tonta, si está desequilibrada o am-bas cosas a la vez. Claire y Astrid comparten buenos momentos juntas, establecen una cierta complicidad y se entienden muy bien. Pero la cosa se termina. Por último, Astrid acaba en manos de Re-na (Svetlana Efremova), una rusa que sólo se mueve por el dine-ro. Rena tiene a otras dos chicas bajo su tutela, a las que utiliza para rebuscar entre la basura, a la caza de ropa usada u otros ob-jetos de valor, que posteriormente venden en el mercadillo. No les voy a desvelar el porqué Astrid deja de estar con unos o con otros, ni qué motivación se esconde tras cada una de estas mujeres cuando toman la decisión de hacerse cargo de Astrid. Únicamente cabría añadir: ¡bravo por la asistenta social que le han asignado! Alarmante, vamos, inconcebible.

  Mientras sucede todo esto, Astrid sigue visitando a su verdadera madre, que se encuentra en la cárcel cum-pliendo 35 años de condena. Pero tranquilos, porque el duro régimen pe-nitenciario no hace mella en su be-lleza, al contrario, está radiante. Cada vez que Astrid cambia de familia, se adapta a la forma de vida de su co-rrespondiente madre de acogida, lo cual, a la práctica, se traduce en que viste igual que ellas. Ingrid se siente disgustada ante esta evolución de su hija, ya que cree que se está alejando de la idea que tenía para su futuro. Y como es malvada, manipuladora, egoís-ta, dominante y todo lo demás, pues hace y dice de las suyas (aunque si yo fuera ella, tampoco andaría muy contenta al contem-plar algunos de los giros que emprende la criatura). Por otro lado, Astrid encuentra el amor en un chico que conoce en el centro de acogida para jóvenes, y que no es otro que el Patrick Fugit de "Casi famosos", un personaje papanatas, pero que no podía faltar.

  Como les comentaba al principio, cuesta creer, tal y como se exponen los hechos, que Ingrid Magnussen esté tan locamente enamorada de su amante como para liquidarle –y que además ten-ga tan pocas luces al hacerlo–; cuesta creer que ésta tenga una influencia tan poderosa y maligna sobre su hija; cuesta creer que la desorientada Astrid esté buscando desesperadamente el afecto de las otras mujeres... y así un largo etcétera de “¡¿pero qué me estás contando?!”. En realidad, si nos limitamos a aquello que se nos narra, y prescindimos de lo que uno se ve obligado a suponer o adivinar para rellenar los abismales vacíos del guión, la lógica que la sustenta es del todo precaria.

  A fin de cuentas, nos hallamos ante un drama de crecimiento personal, una peculiar relación madre-hija, una historia sobre secretos que acaban saliendo a la luz, o incluso una de-nuncia sobre el sistema de acogida de niños en los Estados Unidos, que podría tener cabida en cualquier tele-film con caras desconocidas. La eje-cución del reparto es correcta, especialmente loable en el caso de Pfeiffer y Zellweger; esta última logra crear los mejo-res momentos de la película. Aun así, nada puede salvar las graves carencias que lastran a "La flor del mal" sin remedio. Una oportunidad lanzada por la borda.

Nota: 5 / 10

CANAL #CINE - Revista de Cine colaboradora


Imágenes de "La flor del mal" - Copyright © 2002 Warner Bros., Pandora Filmproduktion y John Wells Productions. Distribuidora en España: Manga Films. Todos los derechos reservados.

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