CRÍTICA
por
Mateo Sancho Cardiel
Valoración:
    
Cuesta
reconocer a la hora de hacer un análisis supuestamente profundo
y profesional de una película que el que suscribe, amante del
cine de contenido por encima de todo, ha caído rendido a los
pies de un entretenimiento de factores netamente comercia-les,
de trucos tremendamente efectistas y de poderosa firma
hollywoodiense. Pero como por encima de todo, uno vota por
la insobornabilidad, por la ausencia total de poses de ningún
tipo, me adentro sin pudor en la defensa a ultranza de esta
nueva entrega del agente más famoso de la Historia del Cine:
James Bond.
Que nadie
se engañe: la saga no ha alcanzado su cumbre, ni ha dado un giro
hacia la calidad más excelsa, pe-ro hace un uso tan perfecto de
todos sus recursos, sus tópicos y es tan consciente de sus bazas
y de sus de-fectos, que la ligereza y el ritmo que respira es un
verdadero alivio para el espectador, el descaro de sus
inve-rosimilitudes es tolerado con agra-do y, sobre todo, su
lujosísima producción, es recibida con regocijo. Porque,
aunque pueda parecer que la fórmula está ya gastada, esa
sofisticación que transparenta todo el capital invertido sin
ningún tipo de complejos, esa precisión en las escenas de acción
que, pese a su nula intriga, son todo un prodigio de
coreo-grafía, y esa gran expresividad visual que
Lee Tamahori sabe ex-primir del
trabajo de un equipo técnico de infarto, hacen de “Muere otro
día” una cinta apta para el pleno disfrute.
Es fácil
caer en el error de despreciar “Muere otro día” por su calidad
de producto de los grandes estudios, pero lo cierto es que
esconde en sus movimientos de cámara, en su diseño de escenarios
y vestuario, en su montaje o incluso en sus títulos de crédito
verdaderos trabajos artísticos que saben transmitir esa
esencia de elegancia, de alta alcurnia que caracteriza a Bond y
que no sólo se sustenta en un alto presupuesto, sino que exige
gran criterio estético y una dosis limitada de talento. A
excepción de una última parte en la que la voluntad de encontrar
un clímax proporciona un desmelene absoluto de la trama y una
vuelta a la acción deshilvanada y demasiado fácil, la película
nos mueve con grácil y vigorosa dinámica (no alcanza la
categoría de narración) a través de una innecesario prólogo en
Corea del Norte, de una improbable pero glamourosa Cuba, en la
que la temperatura sexual alcanza con esa aparición de
Halle Berry a lo Ursula Andress
su cota máxima, para luego trasladarnos al imprescindible
Londres, sede del alto espionaje, con despliegue de gadgets y
una trepi-dante escena de esgrima moderada por la mismísima
Madonna, y más tarde en un abrumador y gélido palacio de hielo
en Islandia, sin duda el pasaje más deslumbrante de la película.
Los
avatares tan divertidos como in-trascendentes crean una trama
llena de giros tramposos pero muy eficaces y proponen un villano
con armas de destrucción tan sugerentes como la limpieza de ADN
o un segundo Sol manejado por el maquiavelismo huma-no, sin
renunciar por ello a la autopa-rodia. Y es que Bond, o lo que es
lo mismo, un Pierce Brosnan
convin-cente aunque ya con alarmante necesidad de dobles para las
es-cenas de alto riesgo, con su libido desatada con su seducción
siempre a punto, con su vestuario siempre de pasarela, sabe
reírse de su propia imagen y, con ese as en la manga, con-seguir
que el espectador le otorgue todas las licencias, re-duzca sus
exigencias y otorgue su beneplácito.
Imágenes
de "Muere otro día" - Copyright © 2002 Danjaq
Productions y United Artists. Distribuidora en
España: Hispano Foxfilm. Todos los derechos
reservados.
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