CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Lecciones de una vida
Con toda una vida a sus
espaldas, el decano de la cinematografía sigue teniendo cosas
que decir al mundo, y lo hace a través de un cine que no
renuncia a unas señas de identidad propias e inimi-tables.
Después de haber estado quince años sin rodar, desde ha-ce
varios es fiel a su cita anual y nos viene ofreciendo gotas de
buen cine –aunque de difícil digestión–, que son un análisis de
este mundo de comienzos de milenio, y a la vez una invitación a
la reflexión.
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Una película
de apariencia sencilla pero con mucha sinceridad y
sabiduría |
En esta ocasión, el
matrimonio artístico
Oliveira / Bessa Luís
vuelve a unirse para ofrecernos una crítica a
la moder-nidad europea, a un modo de vida egoísta que sólo busca
el placer y la comodidad, y que se aleja de una felicidad que
sólo puede proporcio-nar el amor verdadero.
Antonio Clara y José Luciano son dos jóvenes que han crecido
juntos, bajo el cuidado de Celsa –criada de uno y madre del
otro– pero que pertenecen a mundos sociales dispares. Llegado el
momento, el primero pide la mano de Camila, una jovencita que ve
la oportunidad de medrar en la vida a pesar de no sentir el
amor, mientras el pobre Luciano vive una vida desarreglada bajo
el influjo de Vanessa, mujer de mal vivir que pron-to se
introduce en la vida conyugal de Antonio hasta corromperla.
El arte de Oliveira consiste en saber llevar al
fotograma un texto literario conservando la fuerza de los
diálogos, y a la vez construir una secuencia de imágenes que nos
hablan de unos dramas inte-riores,
sin que se reflejen en los ros-tros de sus actores: en su cine
se adivinan las pasiones que bullen por dentro, pero sabe
mantener la mesura y el gesto contenido y apa-cible en la
interpretación. De una manera artística y nada fácil, lo-gra que
palabra e imagen lleguen a fundirse en armonía y buena
camaradería, lo mismo que teatro y cine: la representación es
bási-camente dramática, y en cambio la cámara habla con un
lenguaje cinematográfico personal. Con planos fijos y buen uso
de la compo-sición de cada encuadre y de los fueras de campo,
con una per-fecta ambientación en la cultura de su Portugal, con
referencias alegóricas al Duero como cauce de la vida que se va,
con un ritmo pausado que permite reflexionar y contemplar esas
almas perver-sas o dolientes, con una música recurrente de
Paganini
que deja ver la angustia existencial que respira la sociedad…,
con todo ello nos llega una película que es puro arte, de
síntesis de todas las artes.
Le gusta a Oliveira trabajar con los mismos actores, y aquí
están de nue-vo Luis
Miguel Cintra,
Isabel Ruth
o Leonor Silveira,
esta última dando vida en esta ocasión a una mujer fa-tal.
También incorpora a talentos en ciernes como
Leonor Baldaque
o Ricardo Trepa,
que demuestran ha-ber asumido a la perfección el modo de
interpretación del maestro nonagenario. Son personajes que
en-carnan ideas abstractas, modos de vida, y como tales nos son
pre-sentados en la imagen: en ocasiones parecen dialogar sin
hablar-se, con la mirada perdida en un punto indefinido, o
congelados en sus movimientos, como si se hubiesen ausentado de
la estancia para dirigirse al espectador. En la película que nos
ocupa, Balda-que es modelo de cierta virtud e inocencia, de
rectitud y lealtad, mientras que Silveira se presenta como
encarnación de la moderni-dad, con sus vicios y perversiones; la
primera se deja convencer para un matrimonio de conveniencia,
mientras que la segunda bus-ca seducir pero no comprometerse
pues su intención es otra; una se presenta como un trasunto de
Juana de Arco, mientras que otra parece salida de una película
de cine negro; y, en el fondo, en am-bos casos el amor aparece
como un sentimiento ambiguo e incier-to, inquietante, difícil de
certificar, porque la naturaleza humana es así. Y junto al amor,
la muerte, con momentos llenos de intensidad y planos que nos
llevan a Dreyer, porque los grandes cineastas ha-blan de amor y
de muerte, fundamentalmente.
Es el Apocalipsis de la modernidad, visto por un hombre que a
sus casi noventa y cinco años llega a la con-clusión de que “no
sabemos nada”, “de estar confuso”, de que la vida es un misterio
y en ella reina lo incierto, con amores que matan y donde nada
es lo que parece. Para Oliveira, el pro-greso conseguido anula y
degrada al hombre, y por eso no es verdadero progreso; la
sociedad debe pensar y volver a sus raíces porque si no, “todos
acabaremos en el infierno y arderemos”, “como muñecos a los que
se le pone una nueva pila y vuelven a funcionar mecánicamente”,
como dicen sus personajes. La piedad que lleva a Camila a pedir
consejo a Juana de Arco, en una ermita rodeada inicialmente de
misterio, es inter-pretada por la perversa Vanessa como brujería
y mutante, mientras que la santa francesa se convierte en punto
de mira de Oliveira y objeto de conversación: para el director,
la santa francesa sirve de ejemplo de unidad entre su ser
guerrera y santa, fiel a su concien-cia y a sus voces interiores
–como Camila–, alejada de la multipli-cidad de personalidades
que caracteriza al hombre moderno, más-cara de felicidad y
realidad de vacío. Visión, por tanto, sobre la pro-pia
naturaleza del hombre y no tanto sobre posturas éticas, como ha
dicho el propio Oliveira.
Una
película que dice mucho y con la que se aprende mu-cho de cine,
de apariencia sencilla –porque se ha quedado con lo esencial– y
por eso doblemente valiosa, sin grandes movimientos de cámara ni
efectos especiales, pero con mu-cha sinceridad y sabiduría,
con toda la experiencia de la vida y del cine.
Imágenes
de "El principio de la incertidumbre" - Copyright © 2002
Mandragoa Filmes, Gémini Films y Radiotelevisao Portuguesa.
Distribuidora en España: Nirvana Films. Todos los derechos
reservados.
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