CRÍTICA
por Tònia
Pallejà
Canalcine.net, Barcelona
El cuerpo
del pecado
Corren
tiempos de reivindicación, de denuncia, de crítica. También en
la gran pantalla, que no siempre –como en este caso– es sinónimo
de ficción, dada su base real. En los últimos me-ses nos han
abordado un destacado conjunto de películas protesta –por
aquello de la denominada canción protesta– dispuestas a sacar
a la luz o a recuperar para la memoria común oscuros episodios
de nuestra historia. Algunas de ellas, como "Amén" y la presente
"Las Hermanas de la Magdalena", han pues-to en el punto de mira la
actitud –por pasiva o por activa– de la Iglesia Católica. Y
consecuentemente han encendido sus iras. De-masiados silencios
por llenar todavía. La mayoría de ellas han sido premiadas en
los certámenes internacionales por donde han pasa-do –"Bloody
Sunday" en Sundance y Berlín, el film que nos ocupa en Venecia,
con el León de Oro; por no citar todos aquellos recono-cimientos
cosechados por "El pianista" de Roman Polanski–. Es-tas
condecoraciones oficiales a menudo han respondido más a
de-cisiones "políticas" que a razones puramente cinematográficas:
se han distinguido sus buenas intenciones, su ánimo
recriminatorio; se ha recompensado, en definitiva, su temática,
por más que como productos fílmicos todavía naveguen, algunas de
ellas, en la medio-cridad, en una justa corrección, presentando
carencias técnicas y artísticas, además de debilidades narrativas. Es
algo que ya le im-puté en su momento a la cinta de Costa-Gavras
y que, por desgra-cia, debo repetir ahora.
Peter
Mullan, más conocido por su faceta como actor (fue el excelente
personaje central de "Mi nombre es Joe" o "Miss Julie"), acomete en
este nuevo trabajo como guionista y direc-tor otro capítulo
vergonzoso protagoni-zado por la Santa Iglesia, más
con-cretamente por la orden de las her-manas de la Magdalena, una
esparta-na congregación religiosa que "ayuda-ba" a las jóvenes
dudosamente indecorosas a expiar sus supues-tos pecados.
Muchachas que habían sido violadas, chicas que ha-bían tenido
hijos sin estar casadas o adolescentes demasiado atractivas que
llamaban la atención de los hombres, eran interna-das allí por
sus familias y sometidas a un severo y agotador régi-men de
trabajo no remunerado, de maltratos y humillaciones, de
despersonalización ("ya hay otra Rose, te llamaremos Patricia"),
de castigo físico y moral. Las hermanas de la Magdalena vivían a
expensas de estas jóvenes, reconvertidas en forzadas lavanderas,
imponiéndoles una dura disciplina penitenciaria, valga la
redundan-cia, para alcanzar su penitencia. No en vano tomaban su
nombre de la famosa prostituta bíblica que se acercó a
Jesucristo. Lavar la ropa equivalía a limpiar el alma, cortar
los cabellos significaba eli-minar cualquier atisbo de vanidad,
sufrir con el castigo era la única vía para purgar la culpa. Sus
métodos –largas y extenuantes jorna-das laborales, alimentación
escasa, privación de todo contacto exterior o prohibición de
intimar entre ellas para no establecer así un refuerzo animoso–
son, de hecho, los que utilizan muchas sec-tas para debilitar
psicológica y físicamente al nuevo miembro. Caer, pues, en uno
de estos centros, era ser condenada en vida a un in-fierno
terrenal, y las secuelas derivadas de todo este proceso mar-caban
su devenir: algunas soterraban su rebeldía en espera de al-guna
oportunidad para escapar, otras se entregaban de lleno a su
nueva condición.
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A pesar de sus
defectos, su mensaje es valioso, más que la película en sí |
Pero la
película no es únicamente un ataque a dicha orden eclesiásti-ca,
sino a la sociedad. Nos halla-mos en la Irlanda de los años 60,
época de la llamada liberación de la mujer. Y es entonces cuando
toda-vía muchas mentalidades continua-ban enterradas en el
oscurantismo medieval.... ahora también. La demonización del
cuerpo femenino –ese cuerpo del pecado–, del acto sexual, la
estigmatización de la joven que ha sufrido una violación, la
culpabilización –interiorizada como autoculpa– por los actos
cometidos, son algunos conceptos aún imperantes en nuestra
sociedad, no sólo perpetuados por los hombres –muchas mujeres
tejen su propia prisión–, y apoyados desde la religión. Y, por
supuesto, el espacio para la doble moral también está servido.
Con todo
lo dicho hasta ahora, lo cierto es que lo mejor de este film son
las rigurosas interpretaciones de su reparto, mayoritariamente
femenino. Tanto las jóvenes actri-ces, algunas de ellas
debutantes, co-mo las veteranas figuras que encar-nan a las
monjas, destacan por su convicción y esmero. Mullan adopta para
la ocasión ese tono costumbris-ta, pegado a la realidad, del cine
social inglés, certero en la repro-ducción de usos y costumbres,
en la recreación de un lugar y un momento concretos, y hasta en
el manejo de la cámara –algunas composiciones son dignas de
elogio, así como esos primeros mo-mentos de la boda, en los que
las conversaciones quedan ensor-decidas por una hermosa canción
popular y seguimos las distintas reacciones a través de gestos y
miradas–. Pero –¡ay, pero!– el ac-tor escocés todavía está lejos
de construir un libreto brillante o memorable, de regular
convenientemente el ritmo de la narración, de que su discurso se
vea libre de maniqueísmos (la superiora –esa soberbia
Geraldine
McEwan que se emociona viendo "Las campanas de Santa María"–, contando los billetes mientras trata de dar lecciones morales a
las nuevas internas, por ejemplo). En este último sentido, el
de la exageración, siempre he lamentado que las denuncias acaben
malográndose por forzar sus componentes, cuando la simple
realidad, por sí misma, ya es ca-paz de conseguir sus objetivos.
No es ésta
una película excep-cional, en ocasiones pesa –sin caer en el
aburrimiento, pero ro-zando la indiferencia–, y
desafor-tunadamente el impacto de sus duras imágenes no encuentra
res-paldo en el conjunto de la obra. No obstante su aportación es
va-liosa, muy valiosa –se tenía que de-cir, y Mullan lo ha dicho–,
algo que hasta cierto punto puede ayudarla a convertirse en un
must to view –las polémicas siempre contribuyen a ello–, que no
es lo mismo que ser imprescindible. En conclusión, su mensaje
–el mal uso de la religión, como veneno para mentes y sistemas– es
altamente recuperable, más que el propio film en sí.
Calificación:
7,5 / 10

Imágenes de "Las hermanas de la Magdalena" - Copyright ©
2002 PFP Films y Temple Films. Distribuidora en España: Alta
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