CRÍTICA
por
Fernando Bernal
Las
lavanderías del alma
Peter Mullan es un excelente
ac-tor, uno de los más prestigiosos del actual cine británico,
cuyo talento se ha visto reafirmado por innumerables premios,
entre ellos el que reconoció su escalofriante trabajo en "Mi
nom-bre es Joe" de Ken Loach en el Festi-val de Cannes de 1998.
En esta oca-sión, ha sentido la necesidad de si-tuarse detrás de
la cámara para firmar una película valiente, que afronta una
realidad dolorosa para aquellos que la sufrieron en pri-mera
persona y que sirve para plantear el enésimo motivo de duda
sobre algunos de los planteamientos en materia
educativa-pedagógica de la Iglesia católica. "Las hermanas de la
Magdalena" cuenta la historia de algunas de las 30.000 jóvenes
que a lo largo de más de cuarenta años tuvieron que sufrir la
tortura de perma-necer recluidas en alguno de los conventos de
la Magdalena, regi-dos por la estricta disciplina de las
Hermanas de la Misericordia y distribuidos por todo el Reino
Unido. El último de estos centros ce-rró sus puertas en 1996, y
hasta ese momento sirvieron de lugar de reclusión para chicas
jóvenes repudiadas por sus familias, madres solteras o,
simplemente, huérfanas que purgaban sus supuestos pecados a base
de trabajos extenuantes sin retribución, continuos castigos
físicos, humillaciones, violencia y un sentimiento de culpa
brutal. Todo esto queda perfectamente plasmado en un guión
es-crito por el propio Mullan que se convierte en uno de los
grandes aciertos del film; un texto que transpira realidad y
verosimilitud y que dibuja unos personajes de ficción
tejidos a partir de los patrones reales de muchas de esas
jóvenes condena-das a estos centros de Misericordia.
En "Las hermanas de la Magdale-na", Peter Mullan plantea, en un
pri-moroso arranque que deja claro cuál va a ser su postura ante
la historia, un grado de implicación sincero que le permite
llegar hasta el fondo de sus personajes con una mirada limpia y
de tono casi documental, que sólo abandona en ciertos momentos
para recalcar, acercándose al melodrama, su tesis de fondo: lo
innecesario de instituciones de este tipo y el error de imponer
la educación desde los preceptos férreos e in-quebrantables de
cualquier religión. En el prólogo a esta durísima historia, el
director expone cuáles son los ‘motivos’ por los que sus
protagonistas –cuatro cualesquiera entre los 30.000 casos–
acaban en manos de las Hermanas de la Misericordia. Con pulso
firme describe el ambiente opresivo de la Irlanda
ultraconservadora de la década de lo 60; mientras el resto del
mundo vivía un momento de liberación, en este país las
costumbres tradicionales derivaban en instituciones tan
anacrónicas como los conventos de la Magdalena. Peter Mullan
se acerca a sus protagonistas con sutileza y respeto, con un
estilo despojado de grandes artificios –en el que se puede
apreciar la inevitable huella de Ken Loach, con el que ha
trabajado dos veces– y demostrando una gran habilidad para
resolver las situaciones extremas, impuestas por el carácter
violento del guión. Este largometraje cobra verosimilitud
gracias, además, a un excelente cásting de actrices británicas
que mezcla con acierto juventud y veteranía. Un grupo de
intérpretes que dan vida a las improvisadas heroínas de una
historia de tintes casi épicos que no han pedido protagonizar y
de unas villanas, encabezadas por la hermana Bridget (excelente
Geraldine Mc-Ewan), que
transmiten miedo y también la compasión hacia el en-gaño en el
que viven inmersas.
El largometraje –que obtuvo el León de Oro en Venecia 2002 y fue
acla-mada dentro de la Sección Oficial fue-ra de competición de
la última SE-MINCI– discurre entre el melodra-ma y la
denuncia gracias a la ha-bilidad como director y sobre todo como
escritor de Peter Mullan, transmitiendo un mensaje que, pese
a las críticas iniciales de la Iglesia Ca-tólica, no se ha
podido silenciar, ni siquiera desmentir. Segura-mente, alguien
no estuvo muy conforme con la idea de remover entre la ropa
sucia que entraba todos los días en el convento de las hermanas
de la Magdalena y salía blanca y reluciente a las pocas horas,
mientras las inquilinas de la institución purgaban sus peca-dos
e intentaban salvar sus pecaminosas almas al amparo de un
crucifijo. Sin embargo, había un actor, que apunta maneras de
gran contador de historias, que necesitaba alzar su voz para
salvar del olvido la historia de varias miles de adolescentes,
con la intención, probablemente, de evitar que se repita.
Imágenes de "Las hermanas de la Magdalena" - Copyright ©
2002 PFP Films y Temple Films. Distribuidora en España: Alta
Films. Todos los derechos
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