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Dirección y
producción: Robert
Guédiguian.
País: Francia.
Año: 2002.
Duración: 124 min.
Interpretación: Ariane
Ascaride (Marie-Jo), Jean-Pierre Darroussin
(Daniel), Gérard Meylan (Marco), Julie-Marie
Parmentier (Julie), Jacques Boudet
(Jean-Christophe), Yann Tregouët (Sylvain),
Frédérique Bonnal (Señora Fauvelet), Souhade
Temimi (Compañera de Marie-Jo), Frédéric Garbe
(Médico), Maïa Sevleyan, Danielle Stefan,
Jacques Germain, Axel Koehler.
Guión: Robert
Guédiguian y Jean Louis Milesi.
Fotografía: Rénato Berta.
Montaje: Bernard
Sasia.
Vestuario:
Catherine Keller.
Estreno en Francia: 26 Junio 2002.
Estreno en España: 28 Marzo 2003. |
CRÍTICA
por
Julio Rodríguez Chico
Entre el
mar y la tierra
El director marsellés, a punto de cumplir los 50, no se aleja de
sus constantes habituales en su última película: el mismo marco
portuario de su ciudad natal, los mismos actores con su mujer
Ariane Ascaride como
protagonista y el mismo equipo técni-co que en sus anteriores
realizacio-nes. En esta ocasión no aborda el entorno social de
sus conciudadanos sino el lado afectivo, explorando el alma
apasionada de una mujer madura; de todas formas, a pesar de las
apariencias, se puede descubrir el mismo afán del director
por manifestar un re-chazo del mundo que le rodea, y por
criticar lo que califica de convencionalismos, en este caso en
torno al amor matri-monial. El film no ha cosechado premios
importantes ni especia-les halagos, y eso que compitió en un
terreno favorable como Can-nes o en la última SEMINCI, festival
donde se había llevado la Es-piga de Oro hace dos años con "La
ciudad está tranquila".
Como decíamos, ahora nos hace pa-sear por el puerto de Marsella
para asistir al drama interior de Marie-Jo, que se debate entre
la fidelidad a un marido al que aún quiere, y el nuevo amor que
brota cuando conoce a Mar-co y se convierte en su amante.
Au-téntica angustia y verdadera pasión desbocada la de una mujer
que debe elegir entre un constructor que le ha demostrado
durante años su sincero amor y un marino que se le presenta como
la ocasión de volver a ser joven y a disfrutar de la vida. No es
accidental la profesión de estos dos amores de la ator-mentada
mujer, sino que más bien nos hablan de lo que puede significar
una vida enraizada a la tierra y al compromiso de Daniel frente
a un planteamiento vital más aventurero y pasajero que
re-presentaría el quehacer de Marco; éste viene a ser el héroe
de los mares que viene a sacarla de la rutina cotidiana, aunque
también quien le proporciona un amor que depende del viento que
sople y que parece abocado a los mayores vaivenes sentimentales.
Sin embargo, la inestabilidad afectiva de Marie-Jo hace que no
se dé cuenta de la verdad de esta realidad compartida con Marco,
y que sistemáticamente ceda a sus impulsos en episodios de crudo
y naturalista exhibicionismo sexual, que incluso incomodaron a
la propia actriz al dejar la intimidad de su cuerpo expuesta a
la indis-creción de la cámara.
Pero la nota característica de Marie-Jo no es su pasión alocada
y sin re-paros, sino el sufrimiento interior que padece como
consecuencia de unos sentimientos enfrentados. Guédiguian no ha
querido hablar de remordimiento ni de conciencia, y nos muestra
a una mujer que vive todo intensamente: a los momentos de goce
les suceden otros de dolor profundo ante el marido humillado y
bondadoso, para volver a continuación en busca de su amante. Es
una mujer que busca hacernos creer, en su duda sis-temática –muy
francesa por otra parte–, que quiere a ambos y que su deseo
sería no renunciar a ninguno de ellos, pero también es una
amante que no vislumbra un tercer amor mayor aún que los otros:
el que egoístamente se tiene a sí misma queriéndolo todo y no
sabiendo lo que es renunciar a algo… por amor. La angustia y
la pasión que trasluce el rostro de Ascaride habla a partes
iguales del tormento de la protagonista como del buen hacer de
la actriz –sin duda lo mejor de la película– al meterse en la
piel de un personaje muy complicado y lleno de matices; en
cierta medida, el realizador francés parece querer recuperar los
personajes de Bergman y traerlos a las tierras cálidas del
mediodía francés, para bañarlos en las aguas de la pasión
meridional y ofre-cérnoslos como ejemplo de una realidad falsa y
manipulada.
Frente a esa realidad, Guédiguian aporta una estética cálida y
abierta, con una fotografía que capta la luz mediterránea y el
clima portuario de una ciudad que se convierte en esce-nario
natural del relato; en cierta me-dida, es como si esta película
fuese una continuación de sus obras ante-riores y mostrase la
vida de la ciudad, con una fábrica que se demolió en "Marius et
Jeannette" y en cuyo lugar se ha cultivado ahora un pi-nar. La
puesta en escena es realista en su esencia, aunque cuan-do
interesa se convierte en pictórica y teatral, algo que se
aprecia muy bien en los últimos planos, cuando prefiere dar al
desenlace un toque tan poético y lírico como engañoso, con las
notas del Ky-rie de la Misa de Réquiem de Mozart de fondo; en
este sentido, la música clásica llena de romanticismo hace el
resto en esta histo-ria de amor que realmente en una película
de denuncia con fuertes dosis de fatalismo existencialista.
Calificación:
    
Imágenes
de "Marie-Jo y sus dos amores" - Copyright © 2002
Agat Film y CIE. Distribuidora en España: Golem. Todos los derechos
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