CRÍTICA
por
José Luis Santos
Uno de los
debates perpetuos del cine es cómo deben hacerse las
adaptaciones de obras literarias. ¿Deben seguir al pie de la
le-tra el texto del que parten respetando escrupulosamente
estructu-ras, personajes, escenas y diálogos, o deben buscar su
propia per-sonalidad? Ambas opciones han demostrado resultar
erróneas lle-vadas al extremo, tanto en películas lastradas en
exceso por el len-guaje literario hasta nacer heridas de muerte
en el caso de la pri-mera opción, como en despropósitos como el
“Romeo+Juliet” post-moderno-semi-tarantinesco de Baz Luhrmann en
la segunda.
David Trueba se alinea con una
postura intermedia que parece la más adecuada y que
recientemente ha aportado resultados enor-memente satisfactorios
en la adaptación de obras tan dispares co-mo “El señor de los
anillos” o “Las horas”. La idea, aplaudida por el propio
Javier Cercas, autor de la
novela “Soldados de Salamina”, la resume a la perfección el
escritor: “La única forma de ser fiel al espíritu de la novela
era traicionando su letra. David la ha despojado de todo cuanto
en ella era exclusivamente literario, para acto se-guido buscarle
una traducción cinematográfica”. Y el resultado re-sulta, sin ser
perfecto, altamente satisfactorio.
Trueba
respeta la esencia definida por Cercas para asumir una ambicio-sa
apuesta traducida en un producto que aborda términos de ficción,
docu-mentales, históricos, personales, pe-riodísticos e incluso
descriptivos del proceso literario. Partiendo de un epi-sodio muy
concreto de la Guerra Civil Española (el fallido fusilamiento
por la milicia republicana en retirada hacia Francia del
escritor e ideólogo falan-gista Rafael
Sánchez Mazas, y su huida con la complicidad tácita
de un miliciano), y a través de sucesivas pinceladas,
testimonios, documentos y no pocos sentimientos, la historia va
calando y consigue alcanzar una perspectiva amplia y universal
que la hace especialmente interesante, sin tomar partido (algo
no muy habitual en la filmografía sobre la guerra civil) ni
hacer juicios glo-bales, ayudando a comprender y superar lo
genérico descendiendo hasta lo individual, tanto a través de los
protagonistas del hecho histórico como a través de la propia
búsqueda personal de la pro-tagonista de su película. Así, en
medio de una vorágine de masas como es la guerra, “Soldados de
Salamina” contrapone frente a ellas a las personas individuales,
sacando en conclusión del enfren-tamiento entre ambas que siempre
hay individuos por encima de la sinrazón colectiva. Los hubo en
el lado republicano y en el bando nacional, y afortunadamente
los ha habido y habrá en todas las guerras. Y ésos, los que casi
siempre quedan en el camino, los que no pasan a la historia ni
aparecen en los libros, los que no al-canzan el “cielo de los que
no creemos en el cielo” de la memoria, son muchas veces los
verdaderos héroes.
Girando
una y otra vez en torno a la imagen de la escena entre el
soldado y el prisionero, casi mágica (y ahí, como siempre, tiene
mucho que decir la fotografía de Javier
Agui-rresarobe), una hábil labor de montaje y ambientación
se muestran claves para lograr un buen grado de cohesión en-tre
todos los aspectos abordados, desde los documentos
históri-cos de la época hasta los testimonios de algunos de los
protago-nistas reales (según Trueba, para él era imprescindible
introducirlos si quería lograr una “sensación de verdad, de
arqueología sentimen-tal”), sin dejar de lado la historia de unos
personajes de ficción bien plasmados por el reparto (excepto el
de Sánchez Mazas, con un Ramón Fontserè
que parece no haberse bajado del escenario tea-tral), en el que
Ariadna Gil está correcta,
pero en algunos momen-tos se ve apabullada por una espléndida
María Botto (“Celos”, “Si-lencio
roto”) que se come cámara y celuloide.
Esto no
quiere decir que a la labor del director y guionista madrileño
no puedan ponérsele peros: resulta ma-reante el abuso que en
algunos momentos hace de los movimien-tos de cámara (el recurso
de la cá-mara en mano es un acierto a lo largo de toda la escena
del bosque, pero se hace innecesario en otros pasajes de la
cinta), algunas frases del guión se presentan de forma en exceso
rimbombantes y premeditadas, perdiendo algo de frescura, y el
rit-mo resulta algo quebradizo, pero el madrileño parece dar con
esta “Soldados de Salamina” un paso firme hacia la madurez, lo
cual no pueden decir muchos directores de nuestro cine, y sobre
todo ha conseguido dotarla de alma. Dice Trueba que su película
es un “viaje hacia el pasado para encontrar el futuro”. La
lástima es que por los acontecimientos sobrevenidos en la semana
de su estreno, “Soldados de Salamina” ha resultado encontrarse
con el presente. Y ha aparecido más vigente que nunca, casi
necesaria y obligato-ria, aun con sus imperfecciones; porque,
como se dice en la pelí-cula… "las guerras siempre las pierden
los mismos".
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