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UN OSO ROJO


Dirección: Adrián Caetano.
País:
Argentina y España.
Año: 2002.
Duración: 97 min.
Interpretación: Julio Chávez (Oso), Soledad Villamil (Natalia), Luis Machín (Sergio), Agostina Lage (Alicia), Enrique Liporace (Güemes), René Lavand (Turco), Daniel Valenzuela (Alfarito), Freddy Flores (Tuerca), Ernesto Villegas (Quique), Marcos Martínez (Ramón), Marisa Peláez (Esther), Fernando Bolón (Toto).
Guión: Adrián Caetano, con la colaboración de Graciela Esperanza; basado en el texto 'Las medias de los flamencos' de Horacio Quiroga.
Producción: Lita Stantic.
Música: Diego Grimblat.
Fotografía:
J. Guillermo Behnisch.
Montaje: Santiago Ricci.
Dirección artística: Graciela Oderigo.
Estreno en Argentina: 3 Octubre 2002.
Estreno en España: 30 Abril 2003.

 

CRÍTICA
por Mariano Malanga

Ni celeste, ni blanco... rojo

 Es cierto que tratar de simbolizar la degradación moral, la caída trágica y la posibilidad o no de redención, es siempre conmovedor, intrínseco a lo humano y trasciende cualquier parti-cularidad espacio-temporal. Sin em-bargo, tal vez dicho intento sólo se carga verdaderamente de sentido cuando emerge de las propias cir-cunstancias culturales, como ocurre con el genial film argentino “Juan Moreira” de L. Favio. En cambio, su compatriota “Un oso rojo" (A. Caetano) parece ser la obra de al-guien que interpretó con mucha altura la simbología particular de experiencias foráneas con esa misma proyección universal, como “Taxi driver” (M. Scorcesse) o “El rey de Nueva York” (A. Ferrara), y la “adaptó” a su entorno nacional.

  Una cosa es la arquitectura y otra la decoración. La película de Adrián Caetano es un admirable edificio... pero sólo decorado al es-tilo argentino y no diseñado a partir de una espacialidad propia de estas tierras. Ahora, si es admirable, lo es por dos motivos. Pri-mero, porque es muy poco probable que exista dicha espacialidad (en este sentido, inclusive, el film se acerca muchísimo más a ella que la enorme mayoría de las producciones de décadas pasa-das... buenas y malas). Segundo, porque es capaz de conflictuar y reelaborar la gran operación metafórica en la que se inspira, con una confección audiovisual digna de ella.

  El Oso es un delincuente que acaba de salir de prisión. Un año antes de ser arrestado tras un robo en el que mató a un policía, su mujer daba a luz a Alicia, la hija de ambos. La reclu-sión puso traumática y dolorosamente fin al matrimonio dando lugar a que Natalia, la esposa, forme una nueva pareja. Ahora el Oso, libre, tratará de reconstruir el lazo con Alicia, de apro-ximadamente diez años, aceptando la situación de Natalia. Así, este hombre, como quien tiene una nueva oportunidad, tratará de redimirse a partir del amor y la ayuda hacia su hija. Sin embargo, ya es inexorablemente un delincuente y eso, sumado a la patética situación económica, generará un intenso conflicto en su anhelo propiciando la tragedia final.

  Quizá el valor artístico más grande de “Un oso rojo”, por el cual puede incumbir y cautivar al espectador de cualquier latitud, está en recuperar ese nudo de complejidad sublime, trágico, que apare-ce en las obras citadas (y en otras de esa línea) ¿Cómo puede alguien que ya ha caído (en este caso un delincuente) redimirse salvando a otros, si no es volviendo a hacer lo mismo por lo cual cayó y, paradójicamente, hundiéndose más? Es allí donde apare-ce la necesidad del sacrificio. Ahora, ¿aué pasa cuando el vehícu-lo de la redención es una hija? ¿El sacrificio es necesariamente muerte? He aquí la elaboración personal de esta película.

  Complementando, o enriqueciendo, esta contundente carga simbólica, el film expone un amplio repertorio de virtudes. Su guión está estructura-do de manera muy fina y aceita-da, sin abusar de las escenas de violencia y dramatismo, y ubicán-dolas en lugares clave genera un recorrido no vertiginoso pero que tampoco se cae en ningún mo-mento. Los personajes secundarios, gracias a no ser ni infinita-mente malvados ni cándidamente bondadosos, dan el marco de un universo más que propicio e interesante para el desarrollo de la his-toria. La cámara, la puesta en escena y el montaje, sin exhibir una exageración relajada de virtuosismo, encuentran más de una vez soluciones de alto nivel (para destacar: el plano secuencia del co-mienzo, la escena con cámara en mano del primer asalto, la esce-na de la calesita y la preparación para el último robo con el himno de fondo, entre otras).

  Por último, y haciendo gala a lo dicho hasta ahora, no se puede dejar de reconocer que el elenco no le va en zaga. Todas las carac-terizaciones son buenas, sin embargo hay algunas perlitas para citar: Julio Chávez (rapado, austero, rústico y panzón) encarnan-do al personaje principal con una impronta emparentada a Ricardo Iorio (“prócer” del heavy-metal argentino) y la figura de René La-vand (legendario y misterioso ilusionista de naipes local) sorpren-diendo gratamente en su papel de capo/mafia del subdesarrollo.

  ¡Bravo por este joven realizador! (Caetano, el mismo de “Pizza, birra, faso” y “Bolivia”). Ha logrado apren-der (no copiar) de grandes directo-res del cine americano como Co-ppola, Scorsese, Ferrara, etc., a superar lo explícito y tocar con un pulido lenguaje cinematográfico las fibras más íntimas de la condi-ción humana usando la violencia y la marginación social como metáforas. Pero a no confundir, poner a un desocupado entre los personajes, a René Lavand en el elenco, al barrio de la Boca y a la pauperizada Provincia de Bs. As. como decorados, a un remisero como personaje principal y a la música tropico-argenta (actualmente muy popular en su país de origen) de fondo, no me parece suficiente para hablar de “cine ar-gentino”. Sin embargo, es más de lo que muchos han hecho y vale.


Imágenes de "Un oso rojo" - Copyright © 2002 Lita Stantic y Wanda Vision. Distribuidora en España: Nirvana. Todos los derechos reservados.

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