CRÍTICA
por
Mariano Malanga
Ni celeste,
ni blanco... rojo
Es cierto que tratar de simbolizar la degradación moral,
la caída trágica y la posibilidad o no de redención, es siempre
conmovedor, intrínseco a lo humano y trasciende cualquier
parti-cularidad espacio-temporal. Sin em-bargo, tal vez dicho
intento sólo se carga verdaderamente de sentido cuando emerge de
las propias cir-cunstancias culturales, como ocurre con el genial
film argentino “Juan Moreira” de L. Favio. En cambio, su
compatriota “Un oso rojo" (A. Caetano) parece ser la obra de
al-guien que interpretó con mucha altura la simbología particular
de experiencias foráneas con esa misma proyección universal,
como “Taxi driver” (M. Scorcesse) o “El rey de Nueva York” (A.
Ferrara), y la “adaptó” a su entorno nacional.
Una cosa es la arquitectura y
otra la decoración. La película de Adrián Caetano es un
admirable edificio... pero sólo decorado al es-tilo argentino y
no diseñado a partir de una espacialidad propia de estas
tierras. Ahora, si es admirable, lo es por dos motivos. Pri-mero,
porque es muy poco probable que exista dicha espacialidad (en
este sentido, inclusive, el film se acerca muchísimo más a ella
que la enorme mayoría de las producciones de décadas pasa-das...
buenas y malas). Segundo, porque es capaz de conflictuar y
reelaborar la gran operación metafórica en la que se inspira,
con una confección audiovisual digna de ella.
El Oso es un delincuente que
acaba de salir de prisión. Un año antes de ser arrestado tras un
robo en el que mató a un policía, su mujer daba a luz a Alicia,
la hija de ambos. La reclu-sión puso traumática y dolorosamente
fin al matrimonio dando lugar a que Natalia, la esposa, forme
una nueva pareja. Ahora el Oso, libre, tratará de reconstruir el
lazo con Alicia, de apro-ximadamente diez años, aceptando la
situación de Natalia. Así, este hombre, como quien tiene una
nueva oportunidad, tratará de redimirse a partir del amor y la
ayuda hacia su hija. Sin embargo, ya es inexorablemente un
delincuente y eso, sumado a la patética situación económica,
generará un intenso conflicto en su anhelo propiciando la
tragedia final.
Quizá el valor artístico más
grande de “Un oso rojo”, por el cual puede incumbir y cautivar
al espectador de cualquier latitud, está en recuperar ese nudo
de complejidad sublime, trágico, que apare-ce en las obras
citadas (y en otras de esa línea) ¿Cómo puede alguien que ya ha
caído (en este caso un delincuente) redimirse salvando a otros,
si no es volviendo a hacer lo mismo por lo cual cayó y,
paradójicamente, hundiéndose más? Es allí donde apare-ce la
necesidad del sacrificio. Ahora, ¿aué pasa cuando el vehícu-lo de
la redención es una hija? ¿El sacrificio es necesariamente
muerte? He aquí la elaboración personal de esta película.
Complementando, o
enriqueciendo, esta contundente carga simbólica, el film expone
un amplio repertorio de virtudes. Su guión está estructura-do
de manera muy fina y aceita-da, sin abusar de las escenas de
violencia y dramatismo, y ubicán-dolas en lugares clave
genera un recorrido no vertiginoso pero que tampoco se cae en
ningún mo-mento. Los personajes secundarios, gracias a no ser
ni infinita-mente malvados ni cándidamente bondadosos, dan el
marco de un universo más que propicio e interesante para el
desarrollo de la his-toria. La cámara, la puesta en escena y el
montaje, sin exhibir una exageración relajada de virtuosismo,
encuentran más de una vez soluciones de alto nivel (para
destacar: el plano secuencia del co-mienzo, la escena con cámara
en mano del primer asalto, la esce-na de la calesita y la
preparación para el último robo con el himno de fondo, entre
otras).
Por último, y haciendo gala a
lo dicho hasta ahora, no se puede dejar de reconocer que el
elenco no le va en zaga. Todas las carac-terizaciones son buenas,
sin embargo hay algunas perlitas para citar:
Julio Chávez (rapado, austero,
rústico y panzón) encarnan-do al personaje principal con una
impronta emparentada a Ricardo Iorio (“prócer” del heavy-metal
argentino) y la figura de René La-vand
(legendario y misterioso ilusionista de naipes local)
sorpren-diendo gratamente en su papel de capo/mafia del
subdesarrollo.
¡Bravo por este joven
realizador! (Caetano, el mismo de “Pizza, birra, faso” y “Bolivia”).
Ha logrado apren-der (no copiar) de grandes directo-res del
cine americano como Co-ppola, Scorsese, Ferrara, etc., a superar
lo explícito y tocar con un pulido lenguaje cinematográfico las
fibras más íntimas de la condi-ción humana usando la violencia y
la marginación social como metáforas. Pero a no confundir,
poner a un desocupado entre los personajes, a René Lavand en el
elenco, al barrio de la Boca y a la pauperizada Provincia de Bs.
As. como decorados, a un remisero como personaje principal y a
la música tropico-argenta (actualmente muy popular en su país de
origen) de fondo, no me parece suficiente para hablar de “cine
ar-gentino”. Sin embargo, es más de lo que muchos han hecho y
vale.
Imágenes
de "Un oso rojo" - Copyright © 2002 Lita Stantic y Wanda
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