CRÍTICA
por Tònia
Pallejà
Canalcine.net, Barcelona
Abel: Retrato (cotidiano) de un asesino (anónimo)
Jaime Rosales,
cortometrajista catalán que cosechó un relativo éxito
internacional por trabajos como "La pecera", "Virginia no dice
mentiras", "Episodio" o "Yo tuve un cerdo llamado Rubiel" (la
ma-yoría de ellos premiados en Cuba, país donde estudió
dirección), se estrena en el largometraje con esta pieza de
autor, de ambicio-nes comerciales tan modestas como los recursos
económicos que la secundan, que, contra todo pronóstico, llamó
poderosamente la atención de la crítica profesional que se
congregaba en el todavía reciente Festival de Cine de Cannes
2003. No cuesta imaginar que el Premio FIPRESCI que allí se le
concedió supuso una grata sor-presa para sus responsables, tanto
por el implícito reconocimiento de su labor como por el
empujoncito que siempre conllevan estos reputados galardones,
más aún en el caso de una ópera prima sin nombres conocidos en
el cartel que lo tenía difícil para abrirse paso entre las
grandes producciones que concurren en la cartelera.
El realizador barcelonés ha procura-do dejar bien claro que pese
a que la suya es, en efecto, una película pro-tagonizada por un
asesino en serie, no se trata ni mucho menos del típico thriller
sobre psicópatas criminales, puesto que el enfoque que ha
decidi-do darle escapa de aquello que usual-mente vemos en el
cine que aborda dicha temática. "Las horas del día" no es ni una
cinta de entretenimiento en clave de intriga/terror, ni un
estudio psicológico de la personalidad del asesino, ni una
truculenta recreación de su carrera delictiva, por tanto, que
nadie espere encontrar una exposición violenta y sangui-naria de
las muertes, la eventual intervención de la policía o una
biografía que busque en los orígenes de su conducta. Por el
con-trario, el film de Rosales es
un retrato realista de la dinámica cotidiana de su personaje
central, un joven normal y co-rriente, bien integrado en la
sociedad, que ocasionalmente mata a desconocidos sin motivo
aparente. En este
seguimiento de su día a día, que transcurre en la población del
Prat de Llobregat, vemos a Abel compartiendo desayunos y comidas
con su madre, con la que todavía vive, entre triviales
conversaciones sobre la evolución del barrio; regentando el poco
próspero negocio familiar, una rancia tienda de ropa "unisex"
donde también trabaja Trini, la sufrida dependienta;
encontrándose con su emprendedora novia, Tere, en un bar, en
casa de sus padres o visitando algunos pisos de alquiler, con la
idea de irse a vivir juntos; o bien coinci-diendo con su mejor
amigo, Marcos, y la novia de éste, en distintas circunstancias.
La aproximación, llana y exenta de artificios narrativos o
formales, a esta figura se encontraría más cercana al drama
costumbrista, por su marcado realismo, que al suspense, y busca
deliberadamente un tono neutro, frío, retirado, que evita en
todo momento subrayar las emociones
–incluso se ha desestimado el uso de la música– o juzgar a los
protagonistas. Tampoco intenta dar posibles respuestas al
comportamiento de es-te hombre, que continuará siendo una
incógnita andante llegado el final de la cinta. Rosales
simplemente describe, sin implicaciones de ningún orden, la
rutina diaria de Abel y será el espectador quien deba acabar de
rellenar los huecos que surjan o plantearse algún tipo de
reflexión a posteriori.
Pese a ello, Abel es un personaje bien definido por los diálogos
y las si-tuaciones embarazosas que él mismo crea, y que son un
buen reflejo de la relación tirante que establece con to-dos
aquellos que le rodean, quienes desconocen su cara oculta. Se
trata de un hombre reservado, contenido e inexpresivo, de
apariencia afable y tranquila, pero con una hostilidad
so-terrada que no encuentra razón de ser. Su crueldad no sólo
tiene por objetivo a las víctimas fortuitas que asesina a sangre
fría, sino también a sus allegados, a los que se podría decir
que tortura psi-cológicamente, de una forma tan indolente como
oportuna y efec-tiva. Abel deja caer sus venenosos comentarios
como quien no quiere la cosa, con toda la naturalidad y la
indiferencia del mundo, convirtiéndose así en una persona
retorcida e impasible cuya per-versa actitud disgusta e
incomoda. La pauta que Abel exhibe en sus intercambios sociales
con la gente que tiene más cerca está excelentemente apuntalada
sobre el guión, y traslada con coheren-cia y minuciosidad su
manera de ser y de actuar, sin que se deje pasar por alto
cualquier posible oportunidad de sacar a relucir nue-vos
ejemplos de su conducta.
Curiosamente,
el principal problema que lastra el funciona-miento de esta
película es también una de sus mejores apuestas: la excesiva
distancia que se establece entre los hechos que narra y el
observador
(observador que, en primera instancia, está representado por el
director, pero que en último tér-mino repercute en el
espectador). En muchas ocasiones, la opción de no interferir en
lo que se nos está contando logra muy buenos resultados, sobre
todo cuando las escenas disponen de suficiente carga emocional
por sí solas y no es preciso sobreexplotarla. De hecho, algunos
han comparado este trabajo con la obra de Mi-chael Haneke
("Funny games", "La
pianista"), uno de los máximos exponentes de esa
mirada gélida y aséptica, pero lo cierto es que el cineasta
alemán consigue un impacto y una crudeza escalo-friantes que
Rosales apenas roza. Este distanciamiento sumado al ritmo
calmado y a una serie de situaciones que, si bien ayudan a
dibujar a los personajes, no aportan material nuevo para que
avan-ce la trama (trama, por otro lado, inexistente como tal),
arrojan un balance final algo blando, desabrido y correoso que
puede condu-cir a más de uno al aburrimiento o a la
indiferencia.
Aunque, como ya había avanzado, no era la intención de Rosales
limi-tarse a recoger los asesinatos que comete Abel, sino todo
lo opuesto, los dos únicos momentos en que esto sucede se sitúan
entre lo mejor de la película. Contrariamente al punto de vista
dominante en el cine más co-mercial, el director es consciente
de que matar no resulta nada fácil (no es que yo lo sepa por
experiencia propia, pero se hace más creíble que la sobada
estampa del asesino hábil, rápido e implacable). Aquí los
crímenes –cometidos en el más ab-soluto silencio y registrados
por una cámara fija sin que apenas medie el montaje– son torpes,
lentos, agónicos, esforzados; pare-ce que asesino y víctima
colaboren en un mismo y costoso proce-so para acabar con la vida
del segundo, y su desenlace final se oculta convenientemente
detrás de un obstáculo visual, escuchan-do, únicamente, los
jadeos y los golpes que se intercambian.
Junto a una composición de planos-secuencia bastante llamativa,
que también surge en otros momentos de la cinta,
argumental-mente menos relevantes, también merece la pena
destacar el arranque del film. Tras unas tomas paisajísticas de
esta ciudad pe-riférica, que se acaban concentrando en la
fachada de un bloque de viviendas, vemos a Abel frente al espejo
del baño, observándose con detenimiento mientras se afeita. El
recurso de enfrentar al "so-ciópata" al espejo, al reflejo de su
yo, buscando tal vez reafirmar su identidad o indagar en su
misterio, es usado con frecuencia en la filmografía que ahonda
en este tipo de personajes. Sin ir muy lejos, en la cercana "Ted
Bundy" se daba una escena muy similar, y si no, basta
con recordar al Travis Bickle de "Taxi Driver" o la utiliza-ción
que hacía Hitchcock de estos mismos objetos.
No me entretendré demasiado en el capítulo de
las interpreta-ciones, en su mayoría decorosas pero no siempre
tan espon-táneas y cristalinas como exigía el propio
planteamiento del film.
Los actores principales serán desconocidos para el gran pú-blico
y eso añadirá verosimilitud a sus personajes, aunque para los
que estén al corriente del circuito televisivo y teatral
catalán, ciertas caras les resultarán bastante más familiares –Ágata
Roca, miem-bro
de las "T de Teatre", o
Pape Monsoriu,
presentadora del pro-grama musical "Sputnik" a finales de los
90, entre ellas–. En cuan-to a su protagonista,
Álex Brendemühl
repite aquí ese registro de chico retraído e irritante que se le
ha atribuido con anterioridad, y que se ajusta bien a la imagen
que da en su faceta como actor.
Con todo lo dicho, se puede concluir que "Las horas del día" se
muestra como
un ceñido retrato, íntimo y personal, de la vida social y
pú-blica de un individuo anónimo cualquiera. Es una película
prota-gonizada por un tipo que "ejerce" esporádicamente como
asesino en serie, pero no es una película so-bre un asesino en
serie.
Su acer-camiento realista y directo a lo más cotidiano la
distancia de cualquier género posible, y resulta inno-vadora
precisamente por esta falta de referentes claros, todavía más si
la consideramos dentro del panorama nacional. Sin embar-go, el
resultado final no acaba de funcionar por su marcado
ale-jamiento emocional respecto al espectador, y este desapego
inten-cionado, lejos de helarnos la sangre, acaba desmereciendo
su ela-borada confección, que podría haber dado lugar a un
producto más turbador y sugerente. En ningún caso la
recomendaría a aquellos que se acerquen a un multisalas durante
el fin de semana con el simple y sano propósito de pasar un par
de horas de distracción, y sí a los que busquen alguna novedad
dentro del llamado "cine de autor", a los completistas
interesados en la psicología de los so-ciópatas asesinos que no
esperen hallar una respuesta a sus pre-guntas, y a los
degustadores de ese cine más desnudo, franco y rectilíneo
colindante con los hermanos Dardenne o el movimiento
cinematográfico Dogma.
Calificación:
6 / 10

Imágenes de "Las horas del día" - Copyright © 2003
Fresdeval Films e In Vitro Films. Distribuida en España por
Wanda Films. Todos los derechos
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