CRÍTICA
por
David Garrido
Apocalíptico castillo de naipes encubierto
Existen dos formas distintas de aproximarse a la última película
de
Danny Boyle,
curioso director capaz de deslumbrar a propios y extraños con
una de las cintas más certera-mente negras de los noventa ("A
Tum-ba Abierta"), impactar con una pelícu-la que el tiempo ha
convertido en pie-za de culto ("Trainspotting") o fracasar
estrepitosamente en Hollywood con un producto tan hinchado y
pretencio-so como vacío y hueco ("La Playa"): una es quedarse
con la deslumbrante capacidad del realizador de manejar a su
antojo los nuevos jugue-tes del cine actual, las cámaras
digitales, y maravillarse con la sol-tura con la que plasma en
pantalla las muchas posibilidades que ofrece el invento,
olvidándose en el camino de todo análisis serio del entramado
argumental y de las muchas deficiencias evidentes en ese campo
que la brillante pirotecnia visual de Boyle trata de encubrir; y
otra, mucho más inteligente si nos ceñimos al género en el que
"28 Días Después" se encuadra, que consiste en cuestio-nar de
forma continua la viabilidad de lo que la película cuenta y los
personajes pretenden poner en práctica, lo que nos llevará a un
más que justificado cabreo según avanza la historia, pero que
tiene la ventaja de poder llegar a la conclusión de que resulta
imposible que Boyle y su equipo se hayan tomado mínimamente en
serio la alucinada propuesta de la película, con lo que
paradójicamente puede que se disfrute de igual forma que con la
primera opción. Aunque reconozco que no fue mi caso en absoluto.
"28 Días Después" tiene uno de los comienzos más arrolladores
del año. Tras el obligado prólogo en el que se nos explica cómo
llega a desatarse en Gran Bretaña un virus que va a ani-quilar a
la población, despertamos junto a Jim (Cillian
Murphy) a un
uni-verso completamente nuevo.
El pa-seo alucinado de Jim por un Lon-dres absolutamente
despoblado es, de largo, la mejor propuesta de la película.
Cualquiera puede sentir la enorme conmoción que supo-ne caminar
por las calles vacías de una de las mayores urbes de la Tie-rra,
haya vivido en Londres o no (aunque les aseguro que el efecto
resulta infinitamente superior si, como es mi caso, se ha
residido allí por un tiempo). La aterradora sensación que se
desprende de esas hipnóticas imágenes tiene mucho mayor poder de
sugerencia que el mayor efecto visual que se les ocurra: una
trastocación tan brutal y arbitraria (para el personaje) del
orden establecido provoca una asfixiante soledad y un brutal
desamparo al que ayuda notable-mente la planificación de la
secuencia por parte de Boyle. Con una total ausencia de música
incidental hasta bien avanzado el paseo por Londres, que sólo
aparece cuando Jim ve algunos rasgos in-quietantes de que algo
horrible ha ocurrido (las desesperadas car-tas y fotos de los
que han huido de Londres expuestas en un mural son
escalofriantes); Boyle tiene aquí la inteligencia de mostrar una
situación terrible esquivando la tentación de mostrar imágenes
de una destrucción espectacular, lo que provoca mucha mayor
inquie-tud en un espectador que, hasta ese momento, pisa un
territorio tan desconocido como fascinante, recuperando las
viejas sensacio-nes que toda película de ciencia-ficción ha
aspirado siempre a con-seguir: nada como la introducción de un
elemento extraño que per-turba de forma irreparable la
“normalidad” así entendida para provo-car un profundo
desasosiego en un comienzo que se toma su tiem-po en llevar a
Jim hacia la otra propuesta de la película.
Porque claro está, esa situación no se mantiene mucho tiempo y
Jim en-tra en contacto con la realidad de las cosas: los
infectados por el virus que aún viven son rabiosas maquinas de
matar que reaccionan a la presencia de los no infectados y les
persiguen para aniquilarles o convertirles en o-tros como ellos,
una cierta relectura del zombie clásico de toda la vida que está
en la mente de todos y que bus-ca cierta complicidad en el
especta-dor, hasta tal punto que Boyle ni si-quiera se molesta
en ofrecer una ex-plicación convincente para las muchas dudas
que cualquier perso-na razonable se haría a propósito de la
ausencia de cadáveres y coches en las calles o la falta de
inteligencia que demuestran los supervivientes que Jim se
encuentra, que ni siquiera se han hecho con armas de fuego para
defenderse de los infectados, a los que combaten a machetazo
limpio o a base de fuego. A partir de ese momento, la película
transcurre por caminos bien diferentes y
hay que hacer un gran esfuerzo para sobreponerse a algunas de
las muy estúpidas conductas que los personajes de "28 Días
Después" desarrollan a lo largo del metraje, para poder
man-tener el interés en la historia.
Así, los únicos cuatro supervi-vientes de Londres se encaminan a
Manchester siguiendo una transmisión de radio de un grupo de
soldados que afirman tener una solución para la cura. Ahorraré
al lector la descripción de tan accidentado viaje, reafirmándome
en lo dicho anteriormente: en la medida que uno se cuestione lo
que hacen los personajes, resulta mucho más difícil disfrutar de
la propuesta de Boyle.
Lo malo es que esta situación em-peora en el tramo final de la
película, donde se confrontarán dos formas dis-tintas de
enfrentarse con la crisis y en la que
Alex Garland,
el guionista, re-toma algunos de los elementos que ya pusiera en
práctica de forma poco afortunada en "La Playa" y que aquí
vuelven a tratar de erigirse en una vi-sionaria explicación de
ciertos males que aquejan a la humanidad, con lo que
la película trata de dotarse a sí misma de cierto ropaje
intelectual, enfrascándose en una apuntada pero nunca bien
planteada –y ni mucho menos desarrollada– idea que refle-xiona
sobre la naturaleza violenta del ser humano
y su (in)capacidad de usarla en beneficio propio, una propuesta
que, de nuevo, resulta vacía, aplastada, eso sí, por el
estruendo visual y sonoro con el que Boyle trata de disimular su
falta de coherencia: un autentico castillo de naipes que resulta
tan frágil que, como ya he dicho, cuesta creer que Boyle y su
equipo traten de vendérnoslo en serio, pues no resiste el más
mínimo análisis (por no mencionar que han existido desde siempre
numerosas obras que reflexionan con mucha mayor lucidez sobre
esa misma idea, claro).
Boyle utiliza su innegable dominio de la cámara digital para,
con la ines-timable ayuda del director de fotogra-fía 'dogma'
Anthony Dod Mantle,
que da un tono realista y casi documental a la imagen, conseguir
con un acele-rado montaje y un continuo cambio de puntos de
vista, transmitir en las se-cuencias de acción una cierta
confu-sión en la que los personajes se mez-clan de tal forma que
uno pierde la perspectiva de quién es quién en medio del
torrente de furia que inunda la pantalla (algo que, por mal que
suene, no perjudica la película), pero toda esa por momentos
brillante manera de contar las cosas choca frontalmente con la
falta de calado racional de un filme que deja de lado la lógica,
perdiéndose en un marasmo de lu-gares comunes y situaciones de
lo más previsible hasta el final del metraje. Es una lástima que
una obra que es capaz, con el poder de sugerencia de su
hipnótico inicio, de llevarnos a terrenos intere-santes, se
conforme con unos logros tan escasos y no sepa –o más
probablemente, no quiera– corregir unas fragilidades
argu-mentales tan evidentes que no hacen sino resaltar la
endeblez de una propuesta que, de nuevo, es más pretenciosa que
consistente, a pesar de su brillantez formal.
Imágenes de "28 días después" - Copyright ©
2002 Fox Searchlight Pictures, DNA Films y Film Council. Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos
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