CRÍTICA
por
David Garrido
La
diferencia se llama Ang Lee
La última de las adaptaciones a la gran pantalla de los
cómics Marvel, jugosa nueva franquicia de superhé-roes que en los
últimos tiempos ha dado hasta seis películas cuya renta-bilidad
ha sido más que notable, tiene bastante poco que ver en realidad
con sus predecesoras.
Desde un primer momento causó cierta sorpresa que un director
como Ang Lee, cu-ya sabiduría
fílmica nadie discute, pero cuyas películas transcurren por
derroteros bien lejanos de un género como éste, fuera el
encargado de dirigir las aven-turas de este coloso verde,
uno de los personajes más veteranos y conocidos de la Marvel.
Flotaban en el aire varios interrogantes, el más serio de los
cuales consistía en averiguar si el director de una película tan
equilibrada entre la acción y la poesía como "Tigre y Dragón"
iba a ser capaz de manejarse en un producto dirigido ob-viamente
a reventar las taquillas de medio mundo, contando con un
presupuesto mucho mayor de lo habitual y con las limitaciones
que supone hacer una película con unas metas específicas
a cumplir, aparentemente con poco en común con los temas que
suelen inte-resar a este realizador chino afincado en los EEUU
capaz, eso sí, de manejarse con la misma soltura con una
película que diseccio-na como un bisturí la crisis del sistema
familiar estadounidense de los setenta ("La Tormenta de Hielo")
o con una adaptación decimo-nónica de una novela romántica,
inglesa a más no poder ("Sentido y Sensibilidad"), por poner
sólo dos ejemplos.
Pues hete aquí que Lee ha
cogido el material de partida que la Marvel le ha proporcionado
(mucho más generosa en sus condiciones que con anterio-res
productos de la casa) y, para de-sesperación de los puristas
aficiona-dos al cómic, ha reescrito la historia a su manera,
trayéndose a su terreno los aspectos que más le importan, o sea,
las relaciones paterno/filiales en-tre el desquiciado científico
que expe-rimenta consigo mismo y con su pro-pio hijo en busca de
una inmortalidad algo difusa y el producto de esos pecados del
padre, el ser humano confuso y marcado que a la postre se
convierte en el titán verde que da título a la película.
Lee ha tenido la inteligencia de sa-ber ver
desde el primer momento que, ni siquiera en los có-mics
originales, La Masa era un superhéroe al uso, sino una trágica
versión Marvel del mito del Dr. Jekill y Mr. Hyde,
un King Kong perseguido por todos a la búsqueda constante de la
paz y, siendo consciente de esa sutil pero importantísima
diferencia, pone su mucha sabiduría en esto de contar historias
al servicio de una película que se centra mucho más en la
génesis de ese mito y sus consecuencias, aunque no descuide en
absoluto el entreteni-miento y la diversión que supone tener a un
personaje como éste, que arrasa todo lo que encuentra a su paso,
y las enormes posibi-lidades digitales que tiene a su disposición
para contarlo.
No hay pues, enfoque heroico
alguno en Hulk, que se define mu-cho mejor como un drama, y
quien, guiado por las anteriores adap-taciones de sus compañeros
de cómic, busque en esta película la tradicional lucha contra el
mal o un símbolo de la batalla por la jus-ticia, sólo va a
encontrar la terrible confusión de un personaje que no es
consciente ni tan siquiera de su propia existencia, un ser
perdido en la confusión que sólo usa sus tremendos poderes en
defensa propia y que es incapaz de reconocer el mal, porque ni
si-quiera sabe las razones por las que se le da caza, con el
único asi-dero de un recuerdo emocional para guiar sus actos.
Lo mejor de
la película es sin du-da la apuesta formal de Lee a la hora de
contar la historia: desde el mismo inicio de la película, en los
títulos de crédito, Lee apuesta por un arriesgado montaje tan
ver-tiginoso como preciso, en el que la pantalla se divide en
múltiples cuadros que,
lejos de despistar la atención del espectador, consigue tanto
ahorrar una considerable canti-dad de tiempo a la hora de
explicar determinadas cadenas de aconteci-mientos como,
ofreciendo distintos ángulos y encuadres de la misma secuencia,
dar al espectador que conozca la procedencia del personaje la
cómoda sensación de ha-llarse verdaderamente ante las páginas de
un cómic. A lo largo de toda la película, esa división de la
pantalla en varios planos de re-ferencia (que no son sino
verdaderas viñetas) aparece de forma casi constante, aunque
nunca en las secuencias puramente de acción o las verdaderamente
dramáticas, las destinadas a una mejor com-prensión de la
situación emocional de los personajes. Así, Lee con-sigue
dinamizar de un modo tan inteligente como brillante las
habi-tuales “partes muertas” que en toda película de estas
caracterís-ticas suele haber habitualmente entre las secuencias
de acción y que aquí cobran un inusitado interés, porque Lee no
se limita a descubrir un recurso y repetirlo hasta la saciedad,
sino que opta por introducir pequeñas variantes que lo
enriquecen: sea combinan-do tomas simultáneas de un mismo suceso
desde distintos ángu-los, usando un montaje veloz (a ratos casi
en la línea de "Réquiem
por un Sueño" de Aronofsky) o mezclando tomas
superpuestas, la apuesta formal de Lee funciona a la perfección,
demostrando una vez más la enorme capacidad de sugestión de su
forma de hacer cine.
Incluso
funciona la aparatosa muestra de ingeniería digital que es el
monstruo en sí, que se demora no poco tiempo para su
primera aparición y que en realidad no aparece sino con
cuenta-gotas a lo largo del metraje y más abundantemente en la
divertida media hora final de la película, cuando el equipo de
ILM despliega toda su capacidad de sorprender en el
enfrentamiento inevitable entre
el monstruo superpoderoso y el ejército que le persigue, una
gozosa exhibición de efectos digitales que bastan para contentar
a los que buscan este tipo de demostraciones de entretenimiento
pu-ro y duro que son ineludibles para una película de estas
caracterís-ticas.
Más discutibles son algunas
de las propuestas de enjundia que Lee hace en su indagación en
las tortuosas re-laciones padre/hijo y las explicacio-nes que den
respuesta a sus interro-gantes: aquí falta un
mayor sentido del humor y quizás ande sobrado de una profundidad
emocional más aparente que real y decidida-mente mal resuelta,
que parece más pendiente de demostrar al mun-do que esta es “una
película de Ang Lee” y no una simple película de superhéroes. Su
propuesta de añadir a la historia sus propias obsesiones
funciona sólo a ratos y en más de un momento resulta tan
reiterativa como aburrida, por no decir difícilmente
justificable en su final con el guión en la mano.
Nick Nolte,
con su look andrajo-so, soporta bien el peso interpretativo de
esta parte de la historia, frente a un
Eric Bana
algo pétreo: no deja de resultar curioso que su yo digital sea
casi más expresivo que él mismo.
En suma, Hulk contiene los
suficientes atractivos y virtudes para que merezca la pena
acercarse a verla, aunque no esconda en nin-gún momento su
condición de inauguración de una nueva franqui-cia, en la que el
sello de Ang Lee se hace notar distintivamente frente a otras
adaptaciones de la Marvel: mucho más personal, am-biciosa y
arriesgada que sus hermanas. Como el propio Hulk, dis-tinto a
todos ellos en su condición de dudoso héroe y mejor defini-do
como monstruo perseguido e incomprendido.
Calificación:
    
Imágenes de "Hulk" - Copyright © 2003
Universal Pictures, Good Machine, Marvel Entertainment, Pacific
Western y Valhalla Motion Pictures.
Distribuida en España por UIP. Fotos por Peter Sorel. Todos los derechos
reservados.
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