CRÍTICA
por
Mateo Sancho Cardiel
Habría que
agradecer la existencia de vocaciones de autor en el cine
español, tan preocupado por la crisis económica que lo acecha,
muchas veces cayendo en lo burdo con tal de encontrar un público
aunque sea descerebrado y borreguil. Sin embargo, a la vista del
último trabajo de Marc Recha,
esa voluntad de motivar a nuestra industria para caminar por
vías más independientes se es-fuma. Y es que el director de “Pau
y su hermano” ha caído, en su cuarta película, “Las
manos vacías”, en una petulancia y en un te-dio tan escandalosos
que hace renegar de todo riesgo argumental para evitar que, en
caso de patinazo, nos veamos sometidos a abu-rrimientos tan
soberanos como esta película.
Parece sacrilegio calificar de “banal” una película con
intenciones de pro-fundizar de tal manera en el alma hu-mana.
Quizá parece que uno no ha entendido nada de la película, pero
es que la herencia que Recha pretende acaparar de los muy
poderosos her-manos Dardenne y su magnífica “El
hijo” queda un mero calco formal y en una evaporación
total del potentísimo valor psicológico que los directores
belgas imprimen en sus películas. Aburridas, quizá, lentas y muy
densas, pero que a la hora de hacer un balance nos dejan una
im-portante mella en nuestro pensamiento, algo que no consigue
“Las manos vacías”, que plagada de silencios, miradas
introspectivas, planos paisajísticos evocadores y personajes al
límite, queda en una vacuidad pseudointelectual de envoltorio
que obliga a profundizar al espectador hasta que llega,
estupefacto, hasta una nadería engorrosa, de pretenciosa
languidez.
Así, la
estructura de “Las manos vacías” es de las que nos pre-senta
acciones y comportamientos que no empezaremos a enten-der hasta
que podamos, al menos, intuir el pasado de los persona-jes,
traumas y decisiones vitales que habrán de tomar, pero estos
descubrimientos, arriesgado asidero para sostener el interés,
aca-ban siendo sucesos sin la importancia que justificaría las
dos horas de metraje y que, finalmente, las convierten en un
espacio de tiempo reinado por la abulia y la pedantería. Los
personajes, a pe-sar de grandes interpretaciones de un elenco
fracoparlante, con el fantástico
Olivier Gourmet a la cabeza, y con la excepción
espa-ñola de Eulàlia Ramón,
estupenda, y Eduardo Noriega,
taciturno y mediocre, están trazados con voluntariosa escasez de
rasgos, pero ese ambicioso minimalismo vuelve a dejar a media
asta la bandera de la rebelión cinematográfica que Recha
pretende reivindi-car con su cine.
“Las manos vacías” juega, entonces, con el fuego de un cine de
autor de público minoritario, con las salas de culto y esperando
la complicidad de la prensa especializada, pero queda abrasada
por lo fallido de su resulta-do. Y por ello, al apostar a la
única carta del valor temático de su cinta, el error fatal le
lleva al feísmo fílmico sin material dramático al que servir, a
la serenidad sin catarsis, ni tan siquiera con trasfondo, a
construir una película de nulo interés. De esta ma-nera, siendo
proporcional el fracaso a los riesgos asumidos, tan sólo la
valentía de su director, meritoria aunque naufragada, y los
trabajos interpretativos de sus actores pueden destacar-se en
el gravemente vacuo ejercicio de estilo que es el resul-tado
final de esta película.
Calificación:
    
Imágenes
de "Las manos vacías" - Copyright © 2002 Eddie Saeta
S.A y JBA Production. Distribuida en España por Nirvana. Todos los derechos
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