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LAS MANOS VACÍAS


Dirección: Marc Recha.
Países:
España y Francia.
Año: 2002.
Duración: 126 min.
Interpretación: Olivier Gourmet (Eric), Eduardo Noriega (Gérard), Mireille Perrier (Sophie), Eulàlia Ramón (María), Jérémie Lippmann (Axel), Luis Hostalot (Jean-Claude), Pierre Berriau (Yann), Dominique Marcas (Madame Catherine), Mireia Ros (Anna), Sébastien Viala (Philippe), Jeanne Favre (Lola).
Guión: Marc Recha; con la colaboración de Mireia Vidal y Nadine Lamari.
Producción ejecutiva: Luis Miñarro, Jacques Bidou y Marianne Dumoulin.
Música: Dominique A.
Fotografía:
Hélène Louvart.
Montaje: Ernest Blasi.
Dirección artística: Alain Pascal Housiaux y Patrick Dechesne.
Vestuario: Monic Parelle.
Estreno en España: 5 Septiembre 2003.

 

CRÍTICA
por Julio Rodríguez Chico

Una triste mirada a la vida

  Fiel a sí mismo y a un cine alejado de las convenciones, que mira al hombre y se pregunta por el sentido de su existencia y de sus relaciones con los demás, Marc Recha ("El árbol de las cerezas", "Pau y su hermano") arrancó el elogio de la crítica en la sección Un Certain Regard del último Festival de Cannes, donde fue la única muestra de cine español.

 Con apenas diálogos y apoyado en una narrativa visual que explo-ta los primeros planos y que recu-rre a una cámara nerviosa en bus-ca de los personajes, el director catalán va dando pinceladas que dibujan unos caracteres llenos de matices y perplejidades. Pronto el espectador se percata de que no son necesarias las palabras para describir a unos seres que no sólo tienen las manos vacías al final de sus vidas, si-no que también tienen el alma triste. La cámara ha penetrado en unas existencias vividas en la soledad, sin afectos, en lucha por la supervivencia hasta buscar el modo de hacerse con el dinero de la anciana Catherine. Son seres desarrai-gados de la vida, llenos de pesimismo y tristeza –como lo es todo el cine de Recha–, que intentan amortiguar un pasado difícil con la bebida, que buscan un amor esquivo que creen poder conseguir con un cuadro o un regalo. Son vidas empequeñecidas por una at-mósfera deprimente que se arrastra desde una explosión del pasa-do y que ha fraguado en los interiores desconfiados de sus habitan-tes. Sólo unos tímidos brotes de amistad surgen entre el joven Axel y el foráneo Gérad –cuyo pasado es otro misterio presente–, por-que entre los vecinos sólo se da una curiosa relación de complici-dad interesada.

  Una caja de galletas con dinero, una pistola, un loro parlanchín, un cadáver, un personaje venido de fuera que mira con perplejidad las patéticas fantasías de un pueblo. No es otra cosa que la cró-nica de la soledad en que viven sus habitantes, desde la etapa de la juventud de Axel hasta la decrepitud de Catherine, pasando por la madurez de un Eric que busca agarrar la vida que se le escapa buscando el amor de María y el dinero de la anciana. Asimismo, son abundantes las metáforas de esa existencia que se convierte en una carga que lleva el ferrocarril, para terminar con las manos vacías y sin felicidad, sin alcanzar la meta y sin encontrar respues-tas a las preguntas.

  Busca Recha crear personajes y ambientes –no tanto contar una histo-ria narrativa– y lo logra por momentos. Se sirve para ello de una cámara mó-vil que busca capturar fragmentos de una realidad sin contaminar por la puesta en escena, sin artificios, trave-llings ni grúas, aunque se apoye en un estudiado guión. Quiere mostrar autenticidad y frescura, captar la vida exterior y sobre todo la interior, as-pecto éste al que contribuye el buen hacer de sus actores, con un Olivier Gourmet –"El hijo", de los hermanos Dardenne, a quienes tanto debe el propio Recha– que rebosa vigor y patetismo humano, y un Eduardo Noriega con una mirada externa con la que el espectador se identifica. También la fotografía habla de ese mundo interior oscuro, con escenas de inte-rior en penumbra, en contraste con los exteriores abiertos y lumi-nosos que bien pudiera interpretarse como la necesidad de aire fresco en nuestra sociedad avara e individualista.

  Aunque accesible, estamos ante una película que requiere del espectador paciencia y sosiego, por los escasos diálogos y los muchos silencios, por la mínima historia que cuenta y que tarda en arrancar además de prolongarse en exceso, cuando los personajes ya han sido definidos. Pero es cine valiente, con perso-nalidad, sincero, y más profundo de lo habitual, adecuado para quien no pretenda sólo entretenerse al ir a la sala.

Calificación:


Imágenes de "Las manos vacías" - Copyright © 2002 Eddie Saeta S.A y JBA Production. Distribuida en España por Nirvana. Todos los derechos reservados.

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