CÓMO SE HIZO SE HIZO "¡BUEN VIAJE,
EXCELENCIA!"
Declaraciones del director Albert Boadella
© 2003
Hispano Foxfilm
«Han pasado 27 años de la
muerte de Franco, y casi los mismos, desde la agonía y extinción
de un régimen, cuya última etapa, solo se sostenía alrededor de
su presencia, en el sentido más literal del término.
La distancia que nos separa
hoy de dicha extinción, facilita a la generación que sufrimos de
lleno la falta de libertades públicas, una mirada menos
vehemente sobre aquel oscuro pasado. Pero no debemos olvidar que
también fuimos esta misma generación la que se reveló incapaz de
plantear una actitud lo suficientemente enérgica y eficaz como
para precipitar el final del totalitarismo.
El dictador se tomó todo su
tiempo para extinguirse, y posiblemente este complejo haya
gravitado sobre nuestra generación de manera persistente. La
forma de paliar tal frustración, se materializa a menudo con una
curiosa dualidad; por un lado, una cierta desmesura en la
descripción del grado de perversidad del dictador y su régimen,
y del otro, la creación de una leyenda según la cual fue nuestra
generación quien decidió el final del franquismo.
La película se centra
esencialmente sobre estos conceptos, aunque tratados con la
ironía y el humor que nos induce la lejanía de los hechos. Para
ello, presentamos un retrato de Franco centrado en los dos
últimos años de su vida. Un episodio en el que nos encontramos
ante un poder ejercido por un enfermo y senil dictador, cuyo
entorno más próximo, no tiene más objetivo que mantenerlo en
vida a toda costa a fin de asegurarse su propia supervivencia.
Han pasado los tiempos de la cruz y la espada y ahora sólo se
trata de sobrevivir, aprovechando, como en la leyenda, un Cid
que cabalga medio muerto, pero que sigue atemorizando a sus
adversarios debido a la feroz mitología del pasado.
Los gestos autoritarios son
ya un puro automatismo que los adversarios se esfuerzan en
presentar como testimonio de una sofisticada perversidad, para
no tener que reconocer una indiscutible realidad; la de un poder
decrépito y un régimen descompuesto que sólo se mantiene bajo el
síndrome de Estocolmo de todo un pueblo.
El interior de El Pardo con
sus sórdidos personajes, sirve para crear situaciones delirantes
como consecuencia de un entorno temeroso y servil. En este
sentido, la película cabalga entre la auténtica realidad,
apoyada por una mayoría de hechos comprobados, y determinadas
situaciones que bien pudieran haber acontecido en semejantes
circunstancias.
En definitiva, se trata de
una historia que huye de cualquier impulso revanchista o del
simple divertimento. La película pretende aportar una reflexión,
no solo específicamente sobre la sombra de un caudillo
degradado, sino también sobre la miseria mental y la ridiculez
que entraña la decadencia del poder absoluto. En este caso, el
humor no es obstáculo para la reflexión, sino todo lo contrario;
contribuye a facilitar una visión distanciada y quizá didáctica
de la historia.»
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