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CARMEN


Dirección: Vicente Aranda.
País:
España.
Año: 2003.
Duración: min.
Interpretación: Paz Vega (Carmen), Leonardo Sbaraglia (José), Jay Benedict (Prosper), Antonio Dechent (El Tuerto), Joan Crosas (Dancaire), Joe Mackay (Teniente), Josep Linuesa (Lucas), William Armstrong (Fray Carmelo), Julio Vélez (Señorito), Emilio Linder (Aristóteles).
Guión: Joaquín Jordá y Vicente Aranda; basado en la novela de Prosper Mérimée.
Producción: Juan Alexander.
Música: José Nieto.
Fotografía:
Paco Femenía.
Montaje: Teresa Font.
Dirección artística: Benjamín Fernández.
Vestuario: Yvonne Blake.
Estreno en España: 3 Octubre 2003.

 

CRÍTICA
por David Garrido

La tiranía de un mito

  A priori, a uno se le ocurren pocas combinaciones que encajen tan perfectamente como el universo habitual de Vicente Aranda, un director que ha hecho de las pasiones humanas llevadas a sus últimas consecuencias la principal (y casi única, pese a las inaca-bables variantes que permite) referencia de su filmografía, y el racial personaje creado por Prosper Mérimée, mito incómodo donde los haya para la imagen de la España folklórica y atávica, pero cuyos atributos más tópicos tan bien se adaptan a los temas tratados por el cineasta en sus películas.

  Contaba pues Aranda con una im-portante ventaja de partida, su propio crédito como cineasta y su experien-cia manejando temas tan delicados, con la que compensar la incuestiona-ble desventaja de que son incontables las versiones que de esta historia se han hecho y por lo tanto, no resultaba fácil conseguir una nueva aproxima-ción que proporcionara la suficiente originalidad o atractivo a un personaje ciertamente maltratado a base de vi-siones del mismo no demasiado afor-tunadas. El camino elegido por Aranda y Joaquín Jordá, su coguionista, es una adaptación inteligente, más centrada en el texto de la novela original que en sus versiones y en la que se han tomado algunas decisiones acertadas y otras que posiblemente resultan mucho más discutibles, como luego ve-remos.

  En primer lugar, hay que decir que una vez más Aranda sabe sa-car partido del elevado presupuesto del que dispone, que le ha per-mitido reunir a un excelente equipo que dota de una brillante plasti-cidad a la película: todo lo que tiene que ver con la ambientación histórica, ya sea decorados, vestuario o la fotografía es impecable, consiguiendo de nuevo lo que ya hiciera en películas como "Liberta-rias" o "Juana La Loca": al tiempo que el telón de fondo es tan bri-llante como irreprochable, no distrae lo más mínimo del drama que está contando. En ese sentido, las secuencias iniciales de la pelí-cula son impactantes: uno puede percibir con facilidad la carga de erotismo y el sudor que transpiran las trabajadoras de esa fábrica de tabacos donde empieza a desarrollarse la historia, situando de golpe al espectador en esa España que uno piensa tópica, llena de bandoleros con patillas, gitanas resultonas y descaradas, rasgueos de guitarra por las esquinas acompañando voces flamencas, pero que tiene una base muy real y que Aranda sabe, con la ayuda de su equipo, hacer convincente.

  Hay que decirlo ya: la interpreta-ción de Paz Vega de Carmen es magnífica. Desde su primera apa-rición en pantalla, resulta perfec-tamente creíble que cualquiera pueda perder la cabeza por una mujer como ella y, mal que le pese a la actriz que dice estar ya harta de tanta escena subida de tono, ha pa-sado ya por derecho propio a ocupar el trono del animal erótico por exce-lencia del cine español, un trono del que va a costar trabajo bajarla: la car-nalidad de su personaje, su irresistible magnetismo apoyado no só-lo en su belleza sino en una forma de mirar y seducir espeluznante y, lo más importante, saber dotar al personaje de una historia y unas motivaciones claras que huyen de los tópicos más rechaza-bles del mito (principalmente el racismo del que hacía gala la obra: esta Carmen tiene muy claro por qué hace lo que hace y no es una víctima de su educación gitana) permiten contemplar a una Carmen mucho más contemporánea y orgullosa, decidida a defender su li-bertad por encima de cualquier otra consideración y a no permitir que nadie haga de ella lo que ella no quiera. Una mujer libre.

  Frente a tal tormenta, Leonardo Sbaraglia, a pesar de estar correcto en su composición del atormentado Don José, sufre el problema de la linealidad de un personaje al que resulta muy difícil aportarle cosas nuevas: víctima de su obsesión por Carmen, Don José no evoluciona en ningún momento desde que pone sus ojos en ella. Todo su interés está en esa fantasía tan masculina de poseer en exclusividad, de ser el dueño y señor de Carmen hasta en los más mínimos detalles y domesticarla, conver-tirla en esposa y madre de sus hijos... lo que desencadena su irre-sistible caída y la tragedia por todos conocida. Resulta complicado colocar a la misma altura un personaje tan simple en sus motiva-ciones frente a otro tan complejo y rico como el que interpreta Paz Vega, y eso produce un fatal desequilibrio que a veces es percepti-ble en la obra, pero del que, sinceramente, no veo la forma de es-capar si uno quiere ser más o menos fiel al texto original.

  Y no es que la película no lo intente: además de la visión de Carmen, Aran-da y Jordá utilizan una serie de recur-sos con resultados dispares. Por ejemplo, es un acierto introducir al propio Prosper Mérimée como un personaje más de la historia, con participación activa en ella, para hacer avanzar la trama. Eso resul-ta en una estructura dinámica que juega con los tiempos de la narración y permite alternar el sobado recurso del flash back con el tiempo presente y ocasionalmente la voz en off de una manera elegante y atractiva. Mucho más discutible es la importancia capital que se da en la pe-lícula al hecho de que Carmen hable euskera y proclame su origen común con el navarro José como determinante de la primera deci-sión que toma éste de dejarla escapar en su primer encuentro y co-menzar así su imparable caída: resulta tan forzado que suena a im-postado, falso y choca hasta al espectador más crédulo.

  Por lo demás, hay que decir que la película tiene un problema que, pese a todos sus esfuerzos en ese sentido, no acaba de su-perar: la conciencia en el espectador de que está frente a un mito conocido cuyos comportamientos puede anticipar de antemano. No es sólo la seguridad de saber cómo va a acabar la historia, es algo más. Por mucho que director y guionista se esfuercen en dar-le al personaje más profundidad de la que tiene, al final Car-men es esclava de su propio mito y no consigue trascender-lo: no se explica del todo bien la necesidad imperiosa del persona-je de provocar su propia destrucción y acelerar el proceso con los comportamientos que despliega en el último tramo de la obra y queda esa explicación más dejada a la percepción previa que de ese mito tiene el espectador que a lo que se ha desarrollado en pantalla, con lo que, en cierto modo, se va en contra de la primera intención de la película para caer en el tópico del que se pretende huir, un defecto bastante importante.

  En cualquier caso, "Carmen" es un personaje fascinante y una película correcta que, más allá del inevitable erotismo que Aranda rueda con su bri-llantez habitual o de las estúpidas po-lémicas entre director y productor que han empañado el estreno, permite disfrutar de una Paz Vega soberbia en todos los sentidos que domina la es-cena con su magnética presencia, que hace muy creíble su femme fata-le primigenia tal y como Aranda la imagina, y no por ello pierde la oportu-nidad de darle al personaje un fondo que permita afrontar la difícil tarea de casar los aspectos más extremos de mito con una expli-cación más creíble y menos racial de sus actos. No conseguirá to-dos los objetivos perseguidos, ya se ha dicho, pero eso no ha de impedir reconocer las virtudes de una película complicada que encaja a la perfección con la reciente filmografía de un di-rector que sabe retratar la pasión amorosa como pocos en este país.

Calificación:


Imágenes de "Carmen" - Copyright © 2003 Star Line Productions, Parallel Pictures y Planet Pictures. Distribuida en España por Buena Vista International Todos los derechos reservados.

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