CRÍTICA
por
David Garrido
La tiranía de
un mito
A priori,
a uno se le ocurren pocas combinaciones que encajen tan
perfectamente como el universo habitual de
Vicente Aranda, un director que
ha hecho de las pasiones humanas llevadas a sus últimas
consecuencias la principal (y casi única, pese a las
inaca-bables variantes que permite) referencia de su
filmografía, y el racial personaje creado por
Prosper Mérimée, mito incómodo
donde los haya para la imagen de la España folklórica y atávica,
pero cuyos atributos más tópicos tan bien se adaptan a los temas
tratados por el cineasta en sus películas.
Contaba pues Aranda con una im-portante ventaja de partida, su
propio crédito como cineasta y su experien-cia manejando temas
tan delicados, con la que compensar la incuestiona-ble
desventaja de que son incontables las versiones que de esta
historia se han hecho y por lo tanto, no resultaba fácil
conseguir una nueva aproxima-ción que proporcionara la
suficiente originalidad o atractivo a un personaje ciertamente
maltratado a base de vi-siones del mismo no demasiado
afor-tunadas. El camino elegido por Aranda y
Joaquín Jordá, su coguionista, es
una adaptación inteligente, más centrada en el texto de la
novela original que en sus versiones y en la que se han tomado
algunas decisiones acertadas y otras que posiblemente resultan
mucho más discutibles, como luego ve-remos.
En primer
lugar, hay que decir que una vez más Aranda sabe sa-car partido
del elevado presupuesto del que dispone, que le ha per-mitido
reunir a un excelente equipo que dota de una brillante
plasti-cidad a la película: todo lo que tiene que ver con la
ambientación histórica, ya sea decorados, vestuario o la
fotografía es impecable, consiguiendo de nuevo lo que ya hiciera
en películas como "Liberta-rias" o "Juana
La Loca": al tiempo que el telón de fondo es tan
bri-llante como irreprochable, no distrae lo más mínimo del
drama que está contando. En ese sentido, las secuencias
iniciales de la pelí-cula son impactantes: uno puede percibir
con facilidad la carga de erotismo y el sudor que transpiran las
trabajadoras de esa fábrica de tabacos donde empieza a
desarrollarse la historia, situando de golpe al espectador en
esa España que uno piensa tópica, llena de bandoleros con
patillas, gitanas resultonas y descaradas, rasgueos de guitarra
por las esquinas acompañando voces flamencas, pero que tiene una
base muy real y que Aranda sabe, con la ayuda de su equipo,
hacer convincente.
Hay que decirlo ya: la interpreta-ción de
Paz Vega de Carmen es magnífica.
Desde su primera apa-rición en pantalla, resulta perfec-tamente
creíble que cualquiera pueda perder la cabeza por una mujer como
ella y, mal que le pese a la actriz que dice estar ya harta
de tanta escena subida de tono, ha pa-sado ya por derecho propio
a ocupar el trono del animal erótico por exce-lencia del cine
español, un trono del que va a costar trabajo bajarla: la
car-nalidad de su personaje, su irresistible magnetismo apoyado
no só-lo en su belleza sino en una forma de mirar y seducir
espeluznante y, lo más importante, saber dotar al personaje de
una historia y unas motivaciones claras que huyen de los tópicos
más rechaza-bles del mito (principalmente el racismo del que
hacía gala la obra: esta Carmen tiene muy claro por qué hace lo
que hace y no es una víctima de su educación gitana) permiten
contemplar a una Carmen mucho más contemporánea y orgullosa,
decidida a defender su li-bertad por encima de cualquier otra
consideración y a no permitir que nadie haga de ella lo que ella
no quiera. Una mujer libre.
Frente a
tal tormenta, Leonardo Sbaraglia,
a pesar de estar correcto en su composición del atormentado Don
José, sufre el problema de la linealidad de un personaje al que
resulta muy difícil aportarle cosas nuevas: víctima de su
obsesión por Carmen, Don José no evoluciona en ningún momento
desde que pone sus ojos en ella. Todo su interés está en esa
fantasía tan masculina de poseer en exclusividad, de ser el
dueño y señor de Carmen hasta en los más mínimos detalles y
domesticarla, conver-tirla en esposa y madre de sus hijos... lo
que desencadena su irre-sistible caída y la tragedia por todos
conocida. Resulta complicado colocar a la misma altura un
personaje tan simple en sus motiva-ciones frente a otro tan
complejo y rico como el que interpreta Paz Vega, y eso produce
un fatal desequilibrio que a veces es percepti-ble en la obra,
pero del que, sinceramente, no veo la forma de es-capar si uno
quiere ser más o menos fiel al texto original.
Y no es que la película no lo intente: además de la visión de
Carmen, Aran-da y Jordá utilizan una serie de recur-sos con
resultados dispares. Por ejemplo, es un acierto introducir al
propio Prosper Mérimée como un personaje más de la historia, con
participación activa en ella, para hacer avanzar la trama.
Eso resul-ta en una estructura dinámica que juega con los
tiempos de la narración y permite alternar el sobado recurso del
flash back con el tiempo presente y ocasionalmente la voz en off
de una manera elegante y atractiva. Mucho más discutible es la
importancia capital que se da en la pe-lícula al hecho de que
Carmen hable euskera y proclame su origen común con el navarro
José como determinante de la primera deci-sión que toma éste de
dejarla escapar en su primer encuentro y co-menzar así su
imparable caída: resulta tan forzado que suena a im-postado,
falso y choca hasta al espectador más crédulo.
Por lo
demás, hay que decir que la película tiene un problema que, pese
a todos sus esfuerzos en ese sentido, no acaba de su-perar: la
conciencia en el espectador de que está frente a un mito
conocido cuyos comportamientos puede anticipar de antemano. No
es sólo la seguridad de saber cómo va a acabar la historia, es
algo más. Por mucho que director y guionista se esfuercen en
dar-le al personaje más profundidad de la que tiene, al final
Car-men es esclava de su propio mito y no consigue trascender-lo:
no se explica del todo bien la necesidad imperiosa del
persona-je de provocar su propia destrucción y acelerar el
proceso con los comportamientos que despliega en el último tramo
de la obra y queda esa explicación más dejada a la percepción
previa que de ese mito tiene el espectador que a lo que se ha
desarrollado en pantalla, con lo que, en cierto modo, se va en
contra de la primera intención de la película para caer en el
tópico del que se pretende huir, un defecto bastante importante.
En cualquier caso, "Carmen" es un personaje fascinante y una
película correcta que, más allá del inevitable erotismo que
Aranda rueda con su bri-llantez habitual o de las estúpidas
po-lémicas entre director y productor que han empañado el
estreno, permite disfrutar de una Paz Vega soberbia en todos los
sentidos que domina la es-cena con su magnética presencia, que
hace muy creíble su femme fata-le primigenia tal y como
Aranda la imagina, y no por ello pierde la oportu-nidad de darle
al personaje un fondo que permita afrontar la difícil tarea de
casar los aspectos más extremos de mito con una expli-cación más
creíble y menos racial de sus actos. No conseguirá to-dos los
objetivos perseguidos, ya se ha dicho, pero eso no ha de impedir
reconocer las virtudes de una película complicada que encaja
a la perfección con la reciente filmografía de un di-rector que
sabe retratar la pasión amorosa como pocos en este país.
Calificación:
    
Imágenes de "Carmen" - Copyright © 2003 Star Line Productions,
Parallel Pictures y Planet Pictures. Distribuida en España por
Buena Vista International Todos los derechos
reservados.
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