CRÍTICA
por
Manuel Márquez
Con el señuelo de contar con buena parte del equipo,
tanto téc-nico como artístico, que convirtió "El
otro lado de la cama" en la gran sorpresa (agradable)
de la pasada temporada cinematográfica de nuestro país, "Días de
fútbol" nos ofrece, con el entonces guio-nista –David
Serrano– tomando ahora el timón completo de la na-ve,
un cambio de registro que opta por abandonar ciertos
aditamen-tos (léase cante y baile) y añadir algunos otros, vía
pretensión de retrato sociológico más o menos cuajado, respecto
a su referente anterior inmediato.
Lo cual no la convierte en
una película mejor ni peor, sino en una sencillamente distinta.
Una película que se construye sobre el re-trato de un colectivo
de personajes, cuya evolución personal consti-tuye el meollo de
su trama y da sentido y justificación al film: algo que tiene su
lógica cuando nos encontramos ante el trabajo direc-cional de
alguien que ha velado sus primeras armas como guionis-ta, y, en
tal condición, mima, por encima de cualquier otro aspecto, su
historia (y sus protagonistas: lo que piensan, lo que dicen, lo
que viven) muy por encima de otras preocupaciones acerca de
có-mo contarla.
En ese aspecto, "Días de fútbol" lo que nos muestra,
básicamente, es a un conjunto de personas unidas por diferentes
vínculos afectivos y/o familiares –unos mejor explica-dos
que otros: la película tiene serias lagunas en cuanto a la
clarificación de los orígenes (no narrados) de la tra-ma, y no
estamos hablando de elip-sis, sino de omisiones que dificultan
la comprensión de determinadas rela-ciones–, pero cuya trabazón
funda-mental lo forman la desorientación y/o el fracaso que
rigen sus vidas. Unas vidas en las que parece no ha-ber mucho
espacio para lo que no sea el amor (reconducido al se-xo, por la
vía de la elementalidad) y el fútbol (omnipresente): dos
in-gredientes para una receta cuya resultante final termina
siendo un fresco patético sobre la condición humana –o, en
cualquier caso, y si se pretende mirar con objetivo menos
grandilocuente, la de cierta parte de la humanidad, acotada por
unas variables circunstanciales (edad, país, condición social)
que nos los hacen muy cercanos–, sin necesidad de cargar las
tintas en los aspectos sórdidos (no hay un ápice de cutrez a lo
largo de todo el film) ni de hacer caracteri-zaciones irónicas o
satíricas de ninguna de las situaciones que los numerosos gags
de la película (unos más afortunados que otros, naturalmente: es
difícil mantener un nivel homogéneo a lo largo de toda la
historia) nos ofrecen. La propia naturaleza de los personajes es
suficientemente demoledora como para que su retrato (más o
menos) al natural, los sitúe al borde del esperpento.
Planteada así, cualquiera
podría pensar que "Días de fútbol" se trata de una comedia
emparentable con la mejor tradición berlanguiana, y no le
faltaría su parte de razón. Es evidente que hay elementos
berlanguianos, tanto formales –en la utilización de la música,
en la construcción de las escenas de grupo– como materiales –el
planteamiento coral, el desvalimiento (incluso el va-cío)
afectivo de los personajes–, siguiendo la que al fin y al cabo
constituye la veta más fértil de nuestra comediografía
cinematográ-fica. Pero tampoco cabe hablar de un modelo seguido
a rajatabla: la coralidad es más aparente que real y faltan
considerables dosis de mala uva (que no haya una mirada amable
sobre los personajes es el fruto de que no se la merecen, no de
que el autor no los trate con cierta condescendencia) para que
podamos entender que nos hallamos ante un producto que camine
rectamente por la senda que abrieron films relativamene
recientes de Berlanga, como "La va-quilla" o "Todos a la cárcel"
(aunque, insisto, no falten ciertas afini-dades evidentes).
La coralidad ficticia: bajo una apariencia tal en el dibujo
de los personajes, nos encontramos con dos focos bien definidos
de prota-gonismo, que vienen representados por los dos
personajes situados en los extremos de un arco –limitado, pero
arco al fin y al cabo–, que son el de Antonio (Ernesto
Alterio), lumpen extramuros con una fuerte neurosis
violenta, de la que intenta redimirse vía psicología de barra de
bar, y el de Jorge (Alberto San Juan),
tan deso-rientado y perdido como aquél, pero en búsqueda
compulsiva de una instalación perfecta en la más absoluta de las
convencionalida-des vitales, pese a las tentaciones que le
rodean. Alrededor de ellos, se arracima un muestrario bien
representativo de las distintas modalidades del fracaso vital,
cada uno con su peculiar estilo y ma-nera, y con un nivel
interpretativo de sus intérpretes bastante parejo (si acaso,
cabría destacar, por el lado positivo, a
Fernando Teje-ro, con una vis
cómica tremenda, y por el negativo, a
María Este-ve, y no, ciertamente, por su trabajo, que
intenta salvar los mue-bles de un personaje tremendamente
desdibujado y desubicado respecto a la caracterización global
del grupo).
Ese mismo contrapunto que
marcan sus personajes, lo encontra-mos también en la
interpretación de los dos protagonistas: mien-tras Alterio
hace una composición majestuosa de su persona-je, conteniendo
mesuradamente el histrionismo desaforado al que, con relativa
facilidad, podía haberse entregado (dado lo bien que se presta a
ello), San Juan no logra cuajar un tra-bajo al mismo nivel.
Su comienzo es muy bueno, pero, a diferen-cia del personaje de
Antonio, cuya linealidad le ayuda a no perder-se en su trazado,
el personaje de Jorge sí va ganando cuerpo y complejidad a lo
largo del metraje, a medida que se va viendo za-randeado por las
circunstancias. Surgen las dudas –sobre su traba-jo, su visión
de la vida–, y las opciones –Violeta (una muy solvente
Natalia Verbeke), su puente a
la felicidad a cambio del más abso-luto de los vacíos, o Bárbara
(la sorprendente, poco conocida y muy atractiva
Pilar Castro), sexo y nada más
que sexo–, y San Juan no se adapta a las mismas con la cintura
requerida. No va en ello una apreciación global negativa de su
trabajo, pero sí cabía es-perar algo más de un actor tan dotado
de recursos, a tenor de lo demostrado en sus trabajos
anteriores.
En cuanto a la falta de mala uva, la misma es más que
evidente a lo largo de toda la historia, y ya he hecho
referencia a ella con anteriori-dad, pero se pone de manifiesto
espe-cialmente al final (y, obviamente, no desvelaré detalles
que puedan arrui-narles la contemplación de la pelícu-la): hay
opciones más abiertas para dar cierre y abrochar la trama en una
línea más acorde con el tono general del film, y el autor
renuncia a las mismas para entregarse a la op-ción más fácil, o
más cómoda, o más previsible; elijan ustedes el calificativo que
más les apetezca. Y no es que la mala uva sea ne-cesaria, pero
siempre constituye un condimento que adereza muy finamente una
ensalada moral, sea ésta del sabor que sea.
En definitiva, nos
encontramos ante una película obviamente menor, pero que se
deja ver muy agradablemente, ofrecién-donos algunas risas y
algunas reflexiones, lo cual quizá no es poco en los tiempos que
corren, y más aún si considera-mos que se trata de una ópera
prima... Ah, y por supuesto, el regalo de ver a Ernesto
Alterio en auténtico estado de gracia: este chico (si, como a
todo gran futbolista, las lesiones lo respetan...), llegará a
hacer algo grande, y, mientras tanto, ya justifica sobrada-mente
el precio de una entrada. Pasen, vean y disfruten...
Calificación: 6
/ 10
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