CRÍTICA
por
David Garrido
Retrato de una generación de incapaces
A resultas del enorme éxito que co-sechó el año pasado una
comedia musical simpática e inteligente en cu-yos protagonistas
no costaba mucho trabajo reconocerse (sobre todo en los defectos
más evidentes), "El
Otro Lado de la Cama", David
Serrano, guionista y verdadero artífice de aque-lla
agradable sorpresa, ha conseguido el respaldo necesario para
hacer su primera película como director, de la que por supuesto
es también guionis-ta. Y a quien quiera buscar puntos de
contacto entre ambas películas, coincidencia de repartos aparte,
no le costará demasiado: "Días de Fútbol", retrato coral de una
do-cena de treintañeros de ambos sexos atascados en su propia
inca-pacidad no sólo de saber qué demonios quieren, sino de la
forma de conseguirlo, vuelve a ofrecer, como ya hiciera aquélla,
toda una radiografía de una generación que sortea como puede un
día a día que no resulta especialmente duro por una situación
económica an-gustiosa, como podría pensarse, sino por la
progresiva toma de conciencia de que la permanente
insatisfacción en la que viven no tiene mucha perspectiva de
cambiar en el futuro.
Y así, todo un catálogo de
problemas apuntados con mayor o me-nor fortuna desfila por la
pantalla: una mirada muy poco amable del director a unos
personajes que sufren de unos terribles problemas de
incomunicación con sus parejas e incluso consigo mismos; unos
hombres que, víctimas de su sempiterno complejo de Peter Pan,
son incapaces de encontrar una forma mejor de salir de sus
frustraciones que apuntarse al torneo de fútbol del barrio con
la idea de reencontrar un espíritu ganador que trasladar a sus
vidas; y sus sufridas mujeres, que parecen mucho más capaces que
ellos de saber lo que quieren y de llevar adelante sus
propósitos... por muy estúpidos que resulten en ciertos casos,
con lo que estamos en las mismas.
Todo ello está servido con la enga-ñosa forma de una comedia
rayana en la farsa; una visión algo exagerada sin duda (tal y
como debe ser una farsa) pero que en el fondo oculta un retrato
bastante certero y lleno de mala leche de una generación que ha
hecho de la mediocridad y el conformismo su bandera. Ni uno
sólo de los personajes que David Se-rrano ha creado, sin duda
mirando a su alrededor entre sus propias amistades y sus
experiencias, se salva de la quema de su mirada irónica: por muy
buenas que resul-ten sus intenciones, o son unos cagones
incapaces de tomar deci-siones (uno de los mayores males
contemporáneos), o sufren de una ceguera considerable, lo que se
traduce en la imposibilidad de saber lo que quiere el otro o, en
el peor de los casos, una estupi-dez incomprensible que guía sus
actos.
Un recurso inteligente que
utiliza Serrano es enmascarar este penoso cuadro clínico bajo la
apariencia de un mensaje aparentemente positivo que tiene mucho
que ver con esa vi-sión de la amistad masculina como algo
inmutable que sopor-ta cualquier prueba y que permite a los
personajes apoyarse los unos en los otros, cuando en realidad no
es sino la excusa que les permite llevar a cabo los proyectos
más inverosímiles con resulta-dos poco recomendables, una trampa
continua en la que, felices en su ignorancia suicida, caen una y
otra vez unos tipos absolutamen-te convencidos de saber qué es
lo mejor para cada uno de sus ami-gos, pero incapaces de ver las
causas de sus propias desgracias en el proceso. Tan triste como
más habitual de lo que nos imagina-mos.
David Serrano, como debe ser todo buen debutante que se precie,
es am-bicioso en sus objetivos y eso es dig-no de aplaudir. Pero
por mucho que haya aprendido del maestro Rafael Azcona (que él
mismo apunta como inevitable referencia) no resulta nada fácil
conseguir que en una comedia coral como ésta, poblada de
persona-jes con el fin de crear un abanico lo más amplio
posible, fragüe bien la mezcla entre el penoso retrato
generacional que propone y la co-media desatada que conecte con
el público y le haga dulce el amargo caramelo de su propuesta.
Serrano es un hábil creador de diálogos, que fluyen con la
naturalidad del que tiene buen oído y sabe cómo crear el ritmo
preciso de una escena sin que los chis-tes se superpongan unos
con otros. Así, hay secuencias dester-nillantes y muchos
momentos que invitan a la carcajada lim-pia, con lo que la
película se ve con facilidad, pero eso no impide que sufra de
unos cambios de ritmo muy perceptibles que perjudican la
estructura de la obra.
La presentación a brochazos de tan-tos personajes produce otro
desequili-brio importante: mientras
Ernesto Al-terio se come la pantalla con una
composición impresionante, muy ale-jada de sus registros
habituales, que convence gracias a que su personaje, mucho mejor
desarrollado y construi-do que el de sus compañeros de re-parto,
se convierte en lo mejor de la función a todos los niveles, el
otro po-lo sobre el que debería girar la pelícu-la, el indeciso
y confuso personaje que interpreta
Alberto San Juan, re-sulta demasiado inconsistente
para llegar al mismo nivel de atrac-tivo. Y eso se extiende al
resto de los integrantes del reparto, que oscilan entre el
interés que suscitan algunos perdedores franca-mente entrañables
como el pícaro leal al que da vida con gran so-lidez
Fernando Tejero o el frustrado
conductor de autobús al que interpreta
Roberto Álamo (notable la secuencia que muestra la
humillación diaria en su trabajo a causa de unos niños
asesinables, que explica muchas cosas) y la indiferencia que
provocan los típi-cos personajes de actor pagado de sí mismo y
ligón que hace Pe-re Ponce o
el calzonazos policía con ínfulas de cantautor de
Luis Bermejo. Lo mismo ocurre
en la parte femenina del reparto: no despierta el mismo interés
la desesperada situación de una eficaz y divertida
María Esteve, que no sabe qué
hacer para salvar un matrimonio que su marido ni siquiera
considera en crisis, que las dudas existenciales de una
atribulada Natalia Verbeke o
la inso-portable esposa dominante que es
Nathalie Poza, de la que
ape-nas se dan explicaciones sobre su forma de ser, con lo que
su per-sonaje no traspasa nunca el tópico.
Pese a esos defectos, insisto, pro-pios de una película coral
que persi-gue tan ambiciosos objetivos, no se le puede negar a
"Días de Fútbol" sus indudables virtudes: hay los suficien-tes
momentos desternillantes para que compensen sobradamente el
pre-cio de la entrada, algunos diálogos brillantes que hacen de
su cercanía su mejor arma, sin artificios, y una gama de
situaciones y personajes más o menos familiares en los que uno
puede reconocerse o reconocer a los que le rodean sin mucho
esfuerzo. Y puede seguir sin dificultad la línea de razonamiento
de un director que no resuelve la película ofrecien-do una
lectura de los personajes mucho más positiva de la que hay al
principio, porque al fin y al cabo, viene a decir Serrano, no se
puede esperar gran cosa de este grupo... que representa mucho
más acertadamente de lo que nos gustaría a una generación de
in-capaces, más allá del barrio en que vivan o de las
posibilidades de que dispongan. Pero si por algo hay que
acercarse a ver "Días de Fútbol" es por disfrutar del trabajo de
un impactante Er-nesto Alterio que se ha cargado de un
plumazo toda esa galería de personajes apocados y tímidos que ha
interpretado en su carre-ra gracias a este macarra de buen
corazón y mejores intenciones al que le cuesta mantener a raya
sus frecuentes ataques de ira, algo que consigue gracias a las
bondades de la terapia de grupo descubiertas en la cárcel; en
definitiva, un personaje primorosa-mente construido.
Calificación:
    
Imágenes de "Días de fútbol" - Copyright © 2003 Telespan
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