CRÍTICA
por
José Luis Santos
Puede que
haya salvación, que toda-vía quede esperanza, que la llama aún no
se haya extinguido y percibamos un leve parpadeo al final del
túnel que nos indique que subsiste la vida inteli-gente en el
planeta cine. Después de un periodo estival sencillamente
pau-pérrimo (hablar de productos medio-cres o incluso malos sería
como cali-ficar Chernobyl de “pequeño contra-tiempo, vaya por
Dios”), en el que las salas de cine bien podrían haberse
convertido en el principal instrumento de tortura si la Santa
Inquisición siguiera buscando brujas y traido-res (hoy en día sus
funciones las desempeñan algunos políticos y periodistas con la
misma ausencia de sentido pero muchos más beneficios
personales), salvando contadísimas excepciones (lláme-se la
interesante “28
días después”, la parte final de la lúdica “Ter-minator
3” –¿o era 2?–, algunos pasajes –apenas la décima
parte de su excesivo metraje– de la cuasi-infantil “Piratas
del Caribe”, y poco más…), la proximidad del otoño
hace que con la hoja caiga parte del detritus de celuloide que
plagaba nuestras pantallas (la guinda/traca final la aportó la
inconcebiblemente infame “Escapan-do
de la oscuridad”), permitiendo que asomen por ella
películas que merezcan todas las letras de la palabra,
entiéndase: con un guión escrito por una mente humana (no por
una hedionda y casposa aplicación “Microsoft guiones a tutiplén
3.0”), un director interesado en contarnos algo y unas
interpretaciones sólidas.
Así, en
apenas dos o tres semanas un servidor ha podido recupe-rar en
cierta medida su dolorido paladar (que había encontrado su único
refugio en el “gueto” de la filmoteca y el maestro Wilder) con
filmes como la nostálgica “Enigma” (con su agradable aroma a
cine de otros tiempos), la espléndida “El
buen ladrón” (donde Neil Jordan se reivindica como un
cineasta con personalidad, medido, chispe-ante y maduro a la vez)
y esta “El juego de Ripley” que nos ocupa, con la que la atípica
directora Liliana Cavani
(“Portero de noche”, “La piel”) reaparece después de no rodar en
cine desde 1993.
Y para
ello adapta ella misma junto a Charles
McKeown una novela de
Patricia Highsmith (a la que Graham Greene bautizara
como “la poetisa del miedo” y el maestro Hitchcock glorifi-cara
por la puerta grande del cine ya en 1951 al utilizar su primera
novela para rodar “Extraños en un tren”). Se trata de la tercera
novela en la que la autora enmarcó a un personaje espe-cialmente
cinematográfico, Tom Ri-pley, que diera lugar a cintas como “A
pleno sol” de René Clement, “El ami-go americano” de Wim Wenders
o más recientemente “El
talento de Mr. Ripley” de Anthony Minghella.
Cavani nos presenta una realización con aroma europeo, mimada,
sencilla y natural en los planos pero cuidadosa y detallista en
la fotografía, la puesta en escena y el tratamiento de la luz,
bañado todo ello con una buena banda sonora de un
Ennio Morricone que casi nunca
defrauda. Deja que la historia fluya y los personajes vayan
implicando al espectador en ella con inteligencia y habilidad,
mos-trándose especialmente efectiva en el pasaje que transcurre
en el expreso de Dusseldorf, y sobre todo y ante todo aprovecha
para que su nave viaje a favor del viento con una fuerza de la
naturaleza tan espectacular como John
Malkovich.
Éste se
muestra pletórico en su aportación al personaje que otrora
asumieran actores como Alain Delon, Dennis Hopper o Matt Damon,
logran-do una creación seductora y sugeren-te, una figura que
incorpora algunos aspectos de su manipulador Valmont de “Las
amistades peligrosas” y del asesino cultivado y sibarita
Hannibal Lecter, pero lejos de ser un psicópata con desviaciones
asesinas y antropó-fagas como el recreado por Anthony Hopkins, su
Ripley es un racional y desarbolante pragmático, que nos muestra
el encanto de la mani-pulación, si bien al final parece hacer
intuir una pequeña fisura en su coraza abierta por el otro
personaje principal, Jonathan Trevan-ny, encarnado por un
Dougray Scott (al que vimos
recientemente en “Enigma”) eficaz aunque algo perjudicado en mi
opinión por un doblaje algo excesivo en lo teatral. Si Ripley
aparece amoral, ele-gante y sibilino, Trevanny es su contrapunto
expuesto al miedo, la culpa y la angustia en su actitud frente a
la muerte, y es quizás en este aspecto en el que no puedo evitar
sentir que el guión de Cava-ni y McKeown se queda un poco corto,
pudiendo haber profundiza-do algo más en el fascinante viaje a
los infiernos que el enmarcador enfermo experimenta, de forma
que se pudiera haber redondeado y firmado así una gran película
que en cualquier caso resulta un buen producto que sabe
administrar su historia para lograr un ritmo aparentemente lento
pero muy efectivo y adecuado en el fondo.
Me quedo
con la definición que la autora de la novela hace de su
personaje estrella, Tom Ripley: «Lo considero un hombre tan
civili-zado que mata cuando tiene necesariamente que hacerlo.
Vive su vida a su manera, no es un criminal, es un arribista
obligado a ma-tar». La verdad es que últimamente son cada vez más
los estadis-tas que parecen querer encajarse en esa descripción,
lo cual resul-ta tan retorcido que seguro que no se le ocurrió ni
a la propia Patri-cia Highsmith. En fin, son ustedes libres de
hacer comparaciones si lo desean…
Calificación:
    
Imágenes de "El juego de Ripley" - Copyright © 2002 Fine Line
Features, Baby Films, Cattleya y Mr. Mudd. Distribuida en España
por TriPictures. Fotos de Sergio Strizzi. Todos los derechos
reservados.
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