CRÍTICA
por
David Garrido
A la medida
de Malkovich
No hace
falta ser un genio para comprender el inmenso potencial que para
la gran pantalla tiene el personaje literario de
Patricia Highsmith Tom Ripley, cuyas andanzas ya han
sido llevadas al ci-ne en otras tres ocasiones, aunque
curiosamente adaptando sólo dos de sus novelas entre las cuatro:
René Clement y Anthony Min-ghella ofrecieron el papel a Alain
Delon y Matt Damon en sus res-pectivas versiones de "The Talented
Mr. Ripley", mientras que Win Wenders hizo una primera versión
de este "Ripley’s Game" en una mítica película con Dennis Hooper
haciendo el papel que aquí per-tenece a
John Malkovich, lo que
provoca la tentación de un inevi-table juego de comparaciones en
el que no entraré, no por falta de interés, sino de espacio.
Sería demasiado largo y, por otro lado, posiblemente injusto.
Inteligente, amoral, perverso, de gus-tos refinados pero, por
encima de to-do, cabrón y retorcido, las andanzas de este tipo
que, engañando y matan-do, consigue hacerse una pequeña fortuna y
disfrutar de los caros place-res de la vida en su dorado retiro
ita-liano resultan a su modo tan fascinan-tes como las de un
Hannibal Lecter menos psicópata y más cercano. La comparación no
resulta en absoluto gratuita: aunque Ripley es un esforza-do
autodidacta que puede en ocasio-nes confundir el buen gusto con
la imitación hortera propia de los americanos (o de la manera
que tenemos los europeos de ver a los americanos que van por ese
camino), comparte con el buen doctor una intolerancia suprema
con la grosería y los malos modales, lo que dispara una vena
perversa que le lleva a –aprovechando que un rescoldo de su
pasado aparece en su camino– dar una lección de ‘moralidad’ a un
honesto marido y padre de familia moribundo, al que convierte en
asesino y, de paso, enseña la verdadera faz de un mundo que en
general es bastante más desagradable de lo que piensa. Y todo
por un desacertado comentario hecho a destiempo. Una ofensa.
Liliana
Cavani, que se ha pasado toda su carrera intentando re-cuperar el raro aliento poético y romántico con
el que impregnó su mejor obra, "Portero de Noche", sin conseguirlo
en lo más mínimo, nos presenta a un Ripley más cínico y
despreocupado que nunca, que se complace en su juego con cierto
sentido del humor y que se muestra por momentos extrañamente
cercano dentro de esa continua amoralidad que le lleva a cometer
con naturalidad los ac-tos más detestables sin ofrecer el más
mínimo signo de remordi-miento... algo que transmite al
atribulado Jonathan Trevanny, cuyo sentido de culpa por ver en lo
que se está convirtiendo no le impide caer más y más en el
perverso juego al que Ripley le arrastra, creando una corriente
de complicidad entre ellos que la necesidad convertirá en una
amistad algo forzada y no del todo bien explicada por la
película, a tenor de lo que luego ocurre.
Cavani
construye la película apoyándose en el suspense y aprovechando
todo lo que puede el excelente juego que le dan los actores: no
sólo Malkovich está brillante en un papel que aprovecha al
máximo la ambigüedad tanto del actor como del per-sonaje, sino
que resulta especialmente acertado contraponer a és-te con el
maleducado gángster que encarna con su habitual efica-cia un
Ray
Winstone al que estos roles también le van de maravi-lla. El
pobre diablo que encarna Dougray Scott sale, por compara-ción,
bastante perjudicado, pero consigue transmitir la confusión y el
desamparo que su papel precisa para resultar creíble.
Con todo,
lo más interesante de una película como "El Juego de Ripley" no
está en lo que cuenta ni en el cómo lo cuenta (Liliana Cavani,
salvo la excep-ción antes dicha, nunca ha sido un prodigio narrando historias ni creando personajes) sino más bien en
alguna secuencia aislada plena de tensión y que transpira
bastante mala leche, como toda la escena que transcurre en el
tren nocturno, que sabe captar la atención del espectador de
forma elegante y que reúne por primera vez a ambos protagonistas
en el difícil proceso de cometer no uno sino varios asesinatos,
una secuencia que destila humor negro por los cuatro costados y
que resume bien el espíritu de la obra; y sobre todo, en el
apunte de ciertas relacio-nes que no están nunca del todo
explicadas y cuyo proceso de for-mación ha debido ser
particularmente interesante, como la antigua asociación entre
Ripley su antítesis Reeves (que, curiosamente, cuando reaparece
en su vida de forma tan imprevista como desa-gradable, no produce
el rechazo ni la ira de un Ripley que le sopor-ta pacientemente,
ya que ve en él una oportunidad de dar forma a su perverso
juego) o la manera en que Ripley conoció y contrajo matrimonio
con la intérprete de clave a la que da vida
Chiara Case-lli, de
la que parece sinceramente enamorado y cuya relación am-bigua
deja con muchas ganas al espectador de saber más de la misma...
algo que ocurre en otra de las novelas de Highsmith, cla-ro.
Malkovich,
eso sí, se adueña de la pantalla de forma cons-tante, tal es el
magnetismo que produce su personaje, y casi nunca pierde el tono
de éste (el casi es por alguna que otra fra-se sentenciosa y
hueca que no parece propia de un personaje que denota más
inteligencia que esa), consiguiendo con su toque a me-dio camino
entre la sofisticación y la perversa ironía (que desdra-matiza y
resta gravedad a los actos del personaje, logrando que no nos
parezcan tan abominables como efectivamente son, lo que es una
de las claves de la forma de funcionar de Ripley) alzarse muy
por encima de cualquiera que ose compartir plano con él. Sólo
Ray Winstone, y no siempre, mantiene el tipo frente a Malkovich
y su estudiada composición de personaje. Para desgracia de
Scott, cla-ro está. No es que esté mal: es que Malkovich se lo
come siempre que aparecen juntos.
Hay en la
película un juego de segundas lecturas que pueden re-sultar harto
interesantes, pero a las que Cavani no presta una ex-cesiva
atención, ya que prefiere que los acontecimientos caigan por sí
solos en el tramo final de la película, donde las consecuencias
de los actos de instigador y jugador les obligan a hacer frente
común al peligro que han desatado y eso impi-de que algunos
apuntes no pasen de ahí, por la imperiosa necesidad de atender a
lo prioritario. Una podría ser otra característica ya apuntada
en su momento por el recurrente Hannibal Lecter como es la
perversa paradoja de que no sean otros que refinados asesinos de
moral más que cuestionable –o mejor di-cho inexistente– los
depositarios de una manera de entender el mundo y la belleza de
las artes cada vez más en desuso por las nuevas generaciones;
otra bien podría desarrollarse a partir del complementario juego
de máscaras que comparten los dos prota-gonistas: mientras que
Jonathan (Dougray Scott) es un enfermo terminal de una leucemia
incurable cuyos efectos no son percepti-bles a simple vista y
Ripley es, tras su impecable apariencia y sus exquisitos
modales, un monstruo que disfruta corrompiendo a Jo-nathan y
convirtiéndole en algo más cercano a él mismo, bajándole
brutalmente de su cómoda existencia.
Pero es en
la fatal falta de interés al describir la inevitable y nece-saria
amistad que por fuerza ha de surgir entre ambos personajes en el
tramo final de la película, donde más se echa en falta una
di-rección más arriesgada que eleve a esta no obstante
interesante película por encima de sus resultados, que siendo
correctos no acaban dando lo que prometen.
Calificación:
    
Imágenes de "El juego de Ripley" - Copyright © 2002 Fine Line
Features, Baby Films, Cattleya y Mr. Mudd. Distribuida en España
por TriPictures. Fotos de Sergio Strizzi. Todos los derechos
reservados.
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