CRÍTICA
por
Joaquín
R. Fernández
Desgraciadamente,
la realizadora Mimi Leder, que
adquirió gran prestigio durante su trayectoria
televisiva, ha visto cómo su paso al campo
cinematográfico le ha supuesto un aluvión de
críticas negativas, totalmente inmerecidas. Es
cierto que se ha especializado en un cine
espectacular y relativamente entretenido, pero
también ha demostrado en sus películas que cree
en los personajes con los que trabaja. De hecho,
algunas de las historias narradas en Deep Impact
lograban conmover al espectador (la
historia de amor de los dos jóvenes
protagonistas o la reconciliación entre padre e
hija), logrando al menos que aquella gran
producción de la DreamWorks no fuera un
auténtico desastre (por culpa del guión, no de
ella). Ahora, Mimi Leder parece dispuesta a dejar
a un lado los argumentos trepidantes para
centrarse en otros mucho más tranquilitos, y la
primera muestra de ello es Cadena de Favores.
No entiendo
por qué la recepción de la crítica ha sido tan
fría con respecto a esta producción de la
Warner. Cuando una historia consigue emocionarte
y cuando los actores están creíbles y hacen que
sus personajes cobren vida en la pantalla, es
evidente que se consigue que la magia del cine
nos impregne con esa sensación de satisfacción
que uno encuentra si la película vista le ha
llenado. Porque Cadena de Favores es eso: pequeños
cachitos de vida, dramas diminutos y alegrías
limitadas, todo ello dentro de un
conjunto de buenas intenciones que,
confundiéndolas con sensiblerías baratas,
muchos rechazarán. Tengo que reconocer que yo me
he dejado llevar por la bondad de los personajes,
y que no me ha importado aceptar las trampas del
guión si con ello he disfrutado del viaje (así
lo acreditan escenas como aquélla en la que
Arlene propina una bofetada a su hijo u otra en
la que un drogadicto consigue que una mujer no se
suicide).
Cierto es
que la estructura de la historia no me
acaba de convencer, puesto que lo que
verdaderamente le importa al espectador es la
vida de tres personajes -Eugene, Arlene y
Trevor-, y no cómo un periodista se hace eco de
la famosa cadena de favores que comenzó Trevor.
Tampoco guardo grato recuerdo de los últimos
diez minutos de película: no ya porque la manera
en la que se produce determinada situación
trágica resulta del todo absurda, sino porque
parece que aquellos finales que antaño
resultaban innovadores y arriesgados, resultan
hoy en día innecesarios y únicamente
efectistas. En este caso, cuando ya hemos visto
el lado amargo de la vida, tampoco hubiera pasado
nada por mantener el típico final feliz de
Hollywood. En todo caso, créanme, no vayan a ver
el filme o a dejar de verlo por cómo termina: lo
verdaderamente gratificante se halla en el
recorrido que uno realiza hasta llegar allí.
Si
uno dijera que Cadena de Favores sería lo mismo
sin los grandes intérpretes que trabajan en
ella, incurriría en un grave error. No
sabría alabar la actuación de uno por encima de
la del otro, pues todos se necesitan, ya que
interactúan continuamente en la pantalla. Kevin
Spacey está magnífico, mostrándonos a
un hombre aparentemente seguro que, en realidad,
está envuelto por temores que le impiden
alejarse de su vida rutinaria. Por su parte, Helen Hunt resuelve
muy bien las escenas dramáticas en las que se
involucrada, mientras que Haley Joel
Osment no deja de maravillarnos con su
interpretación, absolutamente prodigiosa para
tratarse de un niño.
En cuanto a
la partitura, no culpo a Thomas
Newman de que imite descaradamente los
esquemas empleados en American
Beauty, seguramente es algo que le piden
productores y realizadores y él, para ganarse el
sueldo, simplemente obedece. Sin embargo, esto
provoca que la banda sonora de Cadena de
Favores, aunque efectiva en las secuencias
cumbre, acabe desapareciendo en los recuerdos del
oyente.
Imágenes
de Cadena de favores - Copyright © 2000 Warner
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