CRÍTICA
por William
Conway
Aquellos
maravillosos años
Cameron Crowe tiene un
problema. Hace ahora casi cuatro años dirigió
una película infame titulada Jerry
Maguire. Lo peor de todo fue que el
engendro en cuestión gozó de un éxito
incomprensible e incluso terminó llamando a las
puertas del Oscar. Casi famosos, no hace falta
decirlo, es infinitamente superior a Jerry
Maguire, pero la capacidad del creador de ambas
sigue siendo cuestionable. Basta fijarse en el
lamentable y penoso final que el Cameron Crowe
guionista ha endosado a su presumiblemente mimada
criatura.
El filme narra la historia,
posiblemente autobiográfica, de William Miller,
alter ego en la ficción del autor de Solteros. Resulta
que Cameron Crowe publicó su primer artículo en
la prestigiosa revista musical Rolling
Stone a la temprana edad de quince años
y que el record aún se mantiene. Parece que
nuestro chico, dada la calidad de su
filmografía, sigue estando muy orgulloso de su
hazaña y ha decidido dárnosla a conocer a todos
aquellos que vivíamos aún en la ignorancia de
dato tan relevante. En un alarde de
modestia digno de tener en cuenta, Crowe concede
a su sosia el carácter de niño prodigio y
superdotado, toda una declaración de intenciones
que nos enseña por dónde van los tiros.
Está claro que Crowe no tiene
abuela. Ni falta que le hace. Le basta y sobra
con una madre dominante y posesiva que
continuamente le alerta de lo malas y peligrosas
que son las drogas. Y todo ello justo cuando los
setenta acaban de comenzar y el movimiento hippy
disfruta de su efímero momento de gloria. Pero
que no se preocupe el lector. William Miller y
Cameron Crowe, Cameron Crowe y William Miller,
son muchachos sanotes de la gran América y
siguen fielmente los sabios consejos de mamá: a
tope sin drogas.
El caso es que el chico, así como
quien no quiere la cosa, se embarca de gira con
los Stillwater, una incipiente banda de rock que
busca su lugar en el sol de la fama y el éxito
"sobreponiéndose a sus propias
limitaciones". Y el chico Miller está allí
para contarlo por su don de gentes y por algún
que otro articulillo de periódico de instituto.
Pues nada, que se recorre medio
país viendo cómo los músicos del grupo se
ponen hasta las cejas de todo la habido y por
haber y cómo agotan los días de ese mundo que
se acaba, tal y como le dice al inicio de la
cinta su mentor Lester Bangs. Pero, repito, que
nadie se alarme. Miller las drogas ni tocarlas. Y
a las mujeres tampoco, que él es chico de los
que se enamora una sola vez y es para toda la
vida.
Así que mientras uno está en la
butaca preguntándose si la película va bien,
mal o regular, como que la cosa empieza a
levantar el vuelo y a mostrar algún atisbo de
vida inteligente. Porque hasta el momento se
había limitado únicamente a vivir de los
agradecidos escenarios por los que transitaba la
acción. Y es que ya se sabe, los grupos, su
gestación, sus polémicas, sus conciertos, es
algo que da mucho juego en el cine. Tanto que
hasta el mismísimo Alan Parker fue
reconocido por su espléndida The
Commitments. Crowe no es Parker, claro. Crowe
es un americano fuertote que nos confiesa que una
vez estuvo a punto de ser un poco malo y de hacer
locuras. Pero, lo que les decía anteriormente,
justo cuando parece que la película quiere
mostrar algún breve destello de talento que la
redima de su mediocridad, aparece entonces Crowe
para recordarnos que un día dirigió Jerry
Maguire. Ya saben, aquella cosa con Tom Cruise. Y
lo echa todo a rodar por culpa de un
final impresentablemente blando, del todo
inverosímil y facilón. Un final que
traiciona cualquier lectura positiva que se
pretenda hacer del filme, que traiciona el
espíritu que intenta reflejar y que, sobre todo,
traiciona al personaje más interesante de todo
el relato que, por supuesto, no es William Miller
sino Lester Bangs, cuyo pesimismo nostálgico se
va al cubo de la basura en un momento.
Y es que
este tipo una vez dirigió Jerry Maguire.
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