CRÍTICA
por Fernando
Bernal
Réquiem
por un sueño sacudió la pasada edición
de la Seminci como sólo lo hacen las obras
arriesgadas, personales y meditadas hasta sus
últimas consecuencias. El certamen
vallisoletano, siempre de parte del autor y del
cine de compromiso (concepto que no siempre tiene
que ir unido al adjetivo social), premió esta
obra para sorpresa de un público que contempló
atónito más de una hora y media de cine
intenso y con tendencia a producir desasosiego
hasta en los estómagos más curtidos.
El responsable de este cóctel de sentimientos
extremos es el joven Darren Aronofsky, último
descubrimiento de la factoría
Sundance, que cumple con el siempre
difícil trámite de consagrar las expectativas
depositadas en las nuevas promesas del celuloide,
tras un alentador debut. Pi, opera
prima de este estadounidense y obra de culto en
los circuitos de versión original de nuestro
país, descubrió a un director con inquietud por
forjar un universo propio, gran narrador visual,
pero que se mostraba incapaz para dominar (o
reconducir) todos los vericuetos existenciales,
filosóficos y religiosos a los que el
matemático al borde la locura eje
fundamental del filme- se enfrentaba, sin mucha
explicación. Lo que en Pi era
desorden, en Réquiem por un sueño
se torna en premeditadas intenciones, que
conforman un discurso ordenado con un objetivo
definido.
Una de las
principales diferencias entre ambas obras, que
guardan similitudes en cuanto a su estilo formal,
es que Aronofsky toma en esta ocasión como punto
de partida material ajeno, la novela homónima de
Hubert Selby Jr., del que
ya se pudo ver adaptada en el cine Última
salida a Brooklyn. La
solidez literaria de la historia permite a
Aronofsky sumergirse hasta las entrañas en la
adicción, el verdadero hilo conductor de la
película. Réquiem por un
sueño desgrana los motivos de este
tortuoso asunto a través de una madre y un hijo,
que ven cómo las plácidas playas y los
solitarios paseos de Coney Island se convierten
para ellos en un infierno. Sara (la excepcional y
recuperada Ellen Burstyn) vive
obsesionada con los concursos de la televisión
hasta tal punto de someterse a un estricto
régimen que la convierte en adicta a los
fármacos para adelgazar. Su hijo, Harry (Jared Leto) busca la
felicidad a través del trapicheo
fácil de todo tipo de sustancias ilegales; pero
él, su novia (Jennifer Conelly, que
demuestra ser algo más que un bello rostro) y su
mejor amigo (Marlon Wayans) acaban
sometidos a la dictadura de las drogas, víctimas
de una devoradora adicción.
Darren
Aronofsky deposita todo el peso de la narración
en un vibrante montaje paralelo y en recursos
fílmicos arriesgados (división de la
pantalla, alteraciones del ritmo dentro de un
mismo plano...) que funcionan a la perfección
para ilustrar el descenso a los infiernos, sin
posibilidad de escape, de un grupo de personajes
sin voluntad y paradigmáticos de los tiempos que
corren. El director culmina su obra con un golpe
contundente, un gancho directo al mentón del
espectador, que se convierte en diez minutos
agobiantes, inteligentemente suavizados por la
música de cuerda de Kronos Quartet, que
ejerce de perfecto contrapunto para el trabajo
tecnológico de Clint Mansell
(Pi) para el resto de la película. Sin
concesiones, Aronofsky plantea el mensaje de
no hay salida hasta sus últimas
consecuencias y consigue una obra sórdida y de
difícil, aunque muy recomendable, digestión.
A la vista de estas credenciales se pueda esperar
con avidez su próximo trabajo.
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