CRÍTICA
por
Joaquín R. Fernández
Puntuación: 6.75
/ 10
Banda Sonora Original:
*****
Si la trilogía de "El
Señor de los Ani-llos" ha servido para que la crítica
ci-nematográfica tuviera en una mayor estima a unos géneros tan
vilipendia-dos como los de la fantasía y la cien-cia ficción,
una película como "El
Via-je de Chihiro" ha hecho lo propio con el de la
animación. Cierto que en su día Disney recibió merecidos halagos
gracias a algunas de sus indiscutibles obras maestras de los
años noventa ("La Bella y la Bestia"), pero semejan-te fervor
pronto decayó, e incluso no tardaron en surgir voces que
cuestionaban la calidad de cintas co-mo "El Jorobado de Notre
Dame" o "Tarzan",
productos todos ellos que en sus múltiples elementos se situaban
muy por encima de lo que habitualmente nos ofrece el cine en
imagen real. Por suerte, compañías como Pixar o filmes como "Shrek"
lograron que nueva-mente existiera un extraño consenso sobre
este tema, aunque ello supuso un incomprensible desdén hacia la
animación en dos di-mensiones, construida sobre todo a través de
maravillosos musica-les de pegadizas canciones.
En España el asunto es aún peor. A pesar de que muchos hemos
crecido con series de dibujos que se han hecho en nuestro país y
que nos han provocado innumerables momentos de diversión,
pare-ce como si tan sólo unos cuantos pioneros quisieran
invertir actual-mente en este tipo de cine, motivo por el cual
no son pocos los ar-tistas que han de irse a trabajar al
extranjero para poder exhibir así todo su talento. Por suerte,
productoras como Filmax están crean-do divisiones realmente
impensables por estos lares tan sólo unos cuantos años atrás:
por un lado nos encontramos con la Fantastic Factory (comandada
por Brian Yuzna y especializada en el género fantástico y de
terror), y por otro con Filmax Animation, cuya pri-mera criatura
de relevancia es, precisamente, "El Cid, la Leyenda".
Dejando a un lado el tema de las in-correcciones históricas del
relato (de-bidas principalmente a la dichosa mo-da de lo
políticamente correcto y que permiten que se mencione a Alá pero
no al dios de los cristianos, por ejem-plo), la película es un
estupendo en-tretenimiento familiar que agradará por igual a
grandes y pequeños. Los pri-meros se identificarán con los
obstá-culos que encuentran Rodrigo y Jime-na para que su amor
prospere –hay incluso algún chiste de doble lectura al respecto–
o con las pérfidas conspiraciones de Doña Urraca, una mujer
dispuesta a todo con tal de que se cumplan sus designios. Por
supuesto,
los niños saldrán encantados del cine gracias a los enredos que
provocan dos animales que se alían con Ro-drigo: Babieca y
Ruidoso, un tejón que desencadenará más de una trastada a lo
largo del filme. Por
supuesto, la aventura y la acción atraerán por igual a todo tipo
de públicos, sin importar por ello su edad.
La cinta dista de ser perfecta, y aunque posee un guión en
oca-siones notable –ver el dramático enfrentamiento entre
Rodrigo y el padre de Jimena o la relación de aquél con su
progenitor– y gags bastante hilarantes (el tejón sobre el
cabello de El Cid, el árabe que sin quererlo avisa con una
antorcha a los hombres del protagonista para que entren en el
castillo o la cobardía que muestra Ordóñez delante de sus
enemigos), se percibe cierta irregularidad en su de-sarrollo. En
realidad, parece como si la narración fuera demasiado
apresurada, algo que tal vez se deba a ciertas carencias
presu-puestarias que no permiten extender demasiado el metraje
del fil-me, problema que no padecen magnas producciones como "La
Ru-ta Hacia El Dorado", "El
Emperador y sus Locuras", "Atlantis:
El Imperio Perdido" o "El
Planeta del Tesoro", filmes a los que, sin embargo, y
según mi parecer, "El Cid, la Leyenda" sobrepasa co-mo
pasatiempo.
Es cierto que técnicamente esta pe-lícula de
José Pozo
no está a su al-tura, y eso es algo que se advierte con nitidez
en los escasos minutos que se dedican a las escenas en las que
aparecen grandes masas y en las que, empero, se conjuntan a la
per-fección las dos dimensiones con la animación por ordenador
(no obstan-te, los combates cuerpo a cuerpo es-tán muy bien
coreografiados), pero esta sensación agridulce pronto se di-luye
gracias a lo
entretenida que resulta la cinta, convirtiéndo-se a partir de
ahora en una indiscutible referencia para el ci-ne español
en general. No hay duda de que los artistas involucra-dos en
este proyecto han aprovechado al máximo los recursos de los que
disponían.
Una cuestión más peliaguda es la del doblaje. Existe una
cre-ciente manía entre las distribuidoras españolas que consiste
en que determinados rostros populares presten sus voces a los
prota-gonistas de filmes de dibujos animados. Ello conlleva que
gente como
Manel Fuentes,
por otra parte un gran profesional del mundo de la televisión,
se haga con el papel de Rodrigo, limitando con ello el carisma
de dicho personaje.
Carlos Latre
es un imitador esplén-dido, pero no logra que las palabras de
Ben Yussuff resulten sinies-tras e incluso estropea algunos de
los gags en los que se ve involu-crado el Conde Ordóñez. La
diferencia entre los dobladores profe-sionales y los actores que
no están especializados en este campo es abismal, en especial en
el caso de
Natalia Verbeke,
aunque al respecto es digno de destacar el trabajo de
Loles León
y
Sancho Gracia,
muy superior al del resto del reparto.
Probablemente, el elemento más sorprendente de "El Cid, la
Leyen-da" sea su banda sonora. Ya des-de los títulos de crédito
iniciales, donde una voz femenina nos de-leita con su beldad, la
partitura atesora una calidad insólita en es-te tipo de
productos. Lo habitual es que, a causa de la escasez
presu-puestaria, se recurra únicamente al sintetizador, pero eso
es algo que no sucede aquí. Ya desde la introducción del filme
nos percatamos de lo cuida-da que está su música y de lo bien
que se ajusta a las imágenes que transitan por la pantalla.
Óscar Araujo ha compuesto una
partitura modélica que, si bien puede pecar de no ser
excesivamente original (las típicas y simpáticas notas que
escuchamos en los momentos cómicos), ofrece frag-mentos tan
increíbles como aquel en el que el padre de El Cid le muestra su
espada, el destierro de éste de Castilla, el imponente uso de
los coros en las cabalgadas y, sobre todo, lo bien acompa-sada
que está su música con todos los duelos que se producen en la
película, en especial cuando se cruzan los aceros de Rodrigo y
Ben Yussuff.
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