CRÍTICA
por
Miguel Á. Refoyo
Sentimientos y complicidad
compartidos
La segunda película como directora
de Sofia Coppola supone una obra maestra sobre las amistades no
duraderas, pero imborrables en el tiempo
Cuando
Sofia Coppola adaptó
la novela homónima de Jeffrey Eugeni-des "Las vírgenes suicidas",
dejó muy claro que su prometedora visión cine-matográfica de
futuro heredada de su célebre progenitor no estaba exenta de una
mirada propia e independiente. Una excelente ‘opera prima’
estable-cida en un difícil equilibrio sobre el que jugó con el
contrapunto entre lo explícito y lo implícito, lo que se sien-te
y lo que se hace, apelando a la ex-traña identificación con unas
herma-nas inmersas en un romántico pero fatal destino. En su
esperado regreso tras la cámara, Sofia Cop-pola continúa en su
empeño por manifestar su gran delica-deza a la hora de rodar
historias intimistas, obteniendo en su segundo trabajo un
prodigio de exactitud y agudeza, de ele-gante equilibrio. La
joven directora narra en "Lost in translation" las vidas
cruzadas de Bob Harris, una decadente estrella del celu-loide en
proceso de crisis debido al estado ‘stand by’ de su matri-monio
(a su mujer le importa más cómo va a ser la moqueta de su
despacho que su propia felicidad) que viaja a Tokio a grabar un
anuncio de whisky, y Charlotte, una veinteañera licenciada en
filo-sofía y recién casada que busca encontrarse a sí misma y a
su marido, fotógrafo absorbido por su trabajo, pero que no
encuentra más que dudas e insatisfacción. Entre ambos se
establecerá una preciosa relación de complicidad e intimidad
inocente a través de la cual luchan para encontrarse a sí mismos
y que les permitirá so-brevivir al insomnio, a sus respectivas
inestabilidades emocionales y al exotismo de una ciudad tan
extraña como lo es la capital de Japón.
Una odisea sentimental con
sabor agridulce que se entabla con peque-ños encuentros fugaces
en un ascen-sor, en un piscina, en un hall... au-mentando sus
conversaciones sobre la felicidad, la vida y las aspiraciones
perdidas y futuras, pretéritas y logra-das. El ‘jet lag’ de Bob
Harris es re-creado en cómicos problemas con la ducha, con las
cortinas mecánicas y con un idioma ininteligible. Un agobio
compartido con Charlotte, enclaustra-da en su habitación, en ropa
interior, sin saber qué hacer, sin encontrar la fascinación por
la cultura nipona, sentada en el alféizar de la ven-tana con la
cabeza contra el cristal y la mirada perdida. Miradas
di-sipadas a una metrópoli que se funden con las de Bob desde un
ta-xi, observando rascacielos sobre los que publicitan la bebida
para la que sirve de rostro. Será la barra de bar del hotel en
el que am-bos se hospedan la que una sus destinos, la que les
haga encon-trar la complicidad del aburrimiento de alguien
desalentado y perdi-do, hermanado por una situación de lejanía de
Occidente, de su pa-ís, de su habitual y desconocida
cotidianidad. Un entorno de confu-sión que convierte a los
protagonistas en vulnerables y distantes, en un contexto como es
la indescifrable ciudad de Tokio, lugar don-de la alineación es
el factor fundamental para describir la amistad, el amor y la
confianza entre estos dos personajes, distintos en apariencia,
iguales en su interior. Mediante una excelente síntesis de
tiempo, Coppola conmueve por las reflexiones vertidas en esta
prodigiosa película en torno a la soledad, la decadencia y el
paso del tiempo en un viaje a la vida de dos personajes en los
que destaca, sobre todo, el exquisito gusto de su creadora por
el detalle, logrando la trascendencia del halago para hacer
disfrutar de viejos sentimientos tan difíciles de encontrar en
el cine contem-poráneo.
Tercer personaje en la
historia, Tokio es el infrecuente hábitat de esta unión y Sofia
Coppola lo utiliza (con cariño) como una tierra de nadie donde
brin-dar una historia de amor platónica concentrada no tanto en
la acción y el lugar –excusa irremediable para los excelentes
momentos cómicos a car-go de Murray–, sino en una granítica y
soberbia forma de indagar en los personajes, único mundo de esta
ro-tunda obra maestra moderna y moder-nista. Las luces de neón de
la urbe, los enormes carteles luminiscentes que se contraponen
al sombrío hotel y los diferentes lugares que recorre el relato
son altamente sugestivos y revelan una mirada personal y
femenina de la cineasta que consigue envolver la totalidad del
filme. La ciudad nipona repre-senta ese laberinto existencial en
el que ambos se pierden, acu-diendo a un karaoke a cantar
canciones americanas, o donde dis-frutan de comidas en
‘kaiten-zushi’ o pierden el tiempo en salas de ‘pachinko’ para
volver a reencontrarse en el punto de encuentro, en la barra del
bar del mismo hotel.
Existe en "Lost in
translation" un extraño abandono de los meca-nismos narrativos,
de los artificios argumentales que hacen mover-se a los
personajes de un lado a otro o que hacen suceder situa-ciones
imprevistas que sirvan como avance del relato. Coppola libe-ra
sus creaciones en una terminante y reconocible verdad, diáfana y
sugestiva, que manifiesta en su fondo y forma un sincero alegato
al romanticismo, al amor y las inquietudes de unos roles que
viven por sí solos y que se necesitan para poder comprender un
periplo de dudas existenciales, de crisis iniciáticas o maduras,
ambas adultas, equiparables en sus preguntas sobre la vida y la
felicidad. Esta nada sensiblera oda al amor va más allá de
cualquier concesión genérica, compensada en un guión lapidario y
deslumbrante que mezcla géneros y deja autonomía trascen-dental a
unos caracteres identificativos, cercanos, que ena-moran al
espectador y despiertan emociones compartidas. Un cúmulo de
virtudes que aportan a esta hermosa fábula encuen-tros y
desencuentros de tono melancólico para dejar que esa me-lancolía
se fracture por acertados gags que se convierten en garan-tía
de una determinada poética personal.
A las innumerables y
plausibles consecuciones narrativas de Cop-pola se une el recital
de dos intér-pretes en estado de gracia. El grandioso
Bill
Murray, comedido en un papel en el que podría haber explo-tado su
vena histriónica, pero que su-tiliza a favor de la emotividad y
ternura necesaria, aprovechando con ello su gran oportunidad de
reivindicarse co-mo lo que siempre ha sido, uno de los mejores
actores modernos. Y, por su parte, Scarlett Johansson, actriz de
talento inalcanzable y voz perturba-dora, indetermina una
capacidad soberbia en un papel dotado de una madurez memorable.
Los dos ofrecen bajo la dirección de Cop-pola una exhibición
prodigiosa de equilibrio y naturalidad, de hipnó-tica, sensible y
excepcional calidad interpretativa en una relación totalmente
desprovista de sexo, pero marcada por una atracción
irrefrenable, de sólida amistad basada en la comprensión y el
en-tendimiento, en la complementación espiritual. Una apuesta
arries-gada que Coppola utiliza para reflejar también las
imperfecciones de los seres humanos que, lejos de encontrar
solución a sus pro-blemas, encuentran el alivio en breves
fracciones de amor, de amis-tad efímera pero imborrable, de
necesidad de ser escuchado en es-ta vida.
La inolvidable "Lost in
translation" deja en el espectador una inau-dita sensación de
pesadumbre por un final nunca querido (admira-ble secuencia de
despedida con la canción "Just like honey", de
Jesus & Mary
Chain acaparando las miradas entristecidas de sus protagonistas)
en una cinta que aporta grandes dosis de cine con mayúsculas.
Una película que se sale de la norma y que descubre que en este
arte no hay etiquetas, pudiéndose digni-ficar varios géneros en
una prodigiosa miscelánea artística sin am-bición, pero perfecta
en sus logros, capaces de obtener la difícil carcajada o la
emotiva lágrima final sin que haya ni un solo recodo para caer
en el sentimentalismo o el melodrama. Rotunda y perfec-ta, así es
la última película de esta nueva estandarte del cine
nor-teamericano llamada Sofia Coppola.
Calificación:
    
Imágenes de "Lost in translation" - Copyright © 2003 Focus
Features, American Zoetrope, Elemental Films y Tohokashinsha
Film. Distribuida en España por UIP. Todos los derechos
reservados.
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