CRÍTICA
por
David Garrido Bazán
Soledades compartidas y
emoción intensa
Hay ocasiones en las que los
silen-cios resultan mucho más elocuentes que las palabras, por
bien escritas que estén o por muy convincentes que suenen. Hay
veces en las que la emoción resiste cualquier tipo de aná-lisis,
momentos mágicos en los que la pantalla transmite algo que se te
mete por los ojos y va directamente a lo más profundo, a tu
corazón, a tu estómago o a donde sea que se es-conde esa parte de
nosotros que no entiende de razones y explicaciones, que se
limita a sentir y a conectarse con una emoción pura que rompe la
barrera entre creador y destinatario de la obra convirtiendo a
este último en cómplice de ese misterio que rodea a algunas
películas que parecen hechas expresamente para uno mismo. Suelen
ser obras que apelan a lo más elemental, al tema más
universalmente retratado (no ya por el cine, sino por cualquier
manifestación artís-tica) y al mismo tiempo, fuente inagotable de
historias: el amor, la necesidad de afecto, la huida de la
soledad, de ese vacío emocio-nal que parece tan intrínseco al ser
humano.
De todo ello habla "Lost in
translation", película que pertenece a ese raro grupo de
obras inclasificables, que se resisten a cualquier etiqueta,
bien porque su naturaleza escapa a las mismas, bien porque
cualquier calificativo que pueda hacer-se sobre ella afronta el
riesgo de quedarse corto o, al menos, resultar insuficiente
para abarcar su peculiar condición, precisa-mente porque su
importancia va mucho más allá de las palabras. A ese grupo
privilegiado pertenecen obras tan distintas entre sí en
planteamientos y resultados como "Breve encuentro" (David Lean,
1945), "Los puentes de Madison" (Clint Eastwood, 1993), "Antes
del amanecer" (Richard Linklater, 1994), "Una relación privada" (Frederick Fonteyne, 1999), o "Deseando amar (In the mood for
lo-ve)" (Wong Kar Wai, 2000); pero películas todas ellas en las
que se parte del argumento más elemental del mundo, (un hombre,
una mujer y la relación que se establece entre ellos) para
reflexionar sobre lo que muchos consideramos como la parte más
esencial de la vida, ese universo tan maravilloso y apasionante
como fugaz y frágil al que todos aspiramos a vivir con toda su
intensidad al me-nos una vez a lo largo de nuestra existencia. No
existe aspiración más humana y universal que esa necesidad de
compartir, de crear, de sentir y abandonarse en el que está a tu
lado, más allá de su condición de pareja, amante, esposo, objeto
del deseo o casual coincidencia en tu vida.
Bob es un actor maduro que ha
so-brepasado la cincuentena. Su presen-cia en Tokio tiene que ver
con un su-culento contrato publicitario para pro-mocionar una
marca de whisky, pero se percibe con facilidad que huye de un
cierto naufragio existencial (“¿Ten-go que preocuparme, Bob?”, le
dice su esposa al móvil, “Sólo si tú quie-res”, contesta él).
Charlotte es una veinteañera recién casada con un fo-tógrafo
demasiado ocupado con sus obligaciones laborales al que ha
acompañado a la misma ciudad y en la que rápidamente se
encuentra sola, intentando comprender ese vacío que empieza a
sentir en su inte-rior (“Hoy he estado en un templo budista,
había monjes rezando en voz alta y no he sentido nada”, confiesa
entre lágrimas de impo-tencia a una amiga al teléfono) y que la
hace sentirse más y más perdida. Ambos comparten un espacio
común, un aséptico e im-personal hotel que, en cierto modo, les
protege del otro gran prota-gonista de la historia: la misma
ciudad de Tokio, una urbe alieníge-na que no llega a ser hostil,
pero está llena de luz de neón, ruido y de una cultura extraña
que aumenta aún más su confusión interior, esa indefinible
sensación de vacío y de pérdida. Están destinados a encontrarse
y a entenderse.
Sofia Coppola, que ya nos sorprendió agradablemente
en su momento con esa película tan personal, atrevida y
extrañamente poética que era "Las vírgenes suicidas", aborda la
peripecia de es-tos náufragos existenciales a la deriva,
desplazados tanto física co-mo emocionalmente, desde una
perspectiva tan brillante como sen-sible. En un tiempo en el
que el cine parece depender como nunca del diálogo como medio de
expresión, ella busca constantemente la imagen, el silencio y
las miradas cómpli-ces para recrear una de las historias de amor
más fascinan-tes y hermosas de los últimos tiempos. Más allá
de que domine ese equilibrio siempre difícil de conseguir entre
drama y comedia (administrando hábilmente las dosis de humor que
provoca la mira-da entre irónica y desconcertada de un
Bill Murray inmerso en la
incomprensible cultura nipona con la amarga sensación de
incómo-da soledad que desprende Scarlett
Johansson en la habitación de su hotel, mientras
contempla desde su ventana la ciudad), Coppola consigue que el
proceso de acercamiento entre dos seres tan apa-rentemente
opuestos sea tan natural como inevitable. Dos perso-nas que no
saben nada el uno acerca del otro, que están de paso en esa
ciudad inescrutable, pero que disponen del tiempo suficien-te
para compartir sus soledades y cruzarse de forma silenciosa,
casi imperceptible, intimidades que ocultan a sus seres queridos
y hasta a sí mismos.
La comunicación de estos dos
per-sonajes está construida por esas mi-radas de comprensión de
dos perso-nas que, mucho más allá de sus evi-dentes diferencias,
reconocen el uno en el otro la misma necesidad de compartir
parte de ese vacío que no son capaces de definir, mucho menos de
expresar. Coppola crea un ambien-te mágico en el que una copa
noctur-na en el deprimente bar del hotel, una película compartida
en una habitación para combatir el insomnio, un alocado paseo
por esa ciudad que parece fruto de una alucinación, una car-ta
deslizada debajo de una puerta o una caricia furtiva se
convierten a ojos del espectador en momentos de enorme fuerza en
los que se respira una complicidad que supera cualquier barrera
y que, len-ta pero inexorablemente, crean unos profundos lazos de
afecto en-tre ambos.
Los protagonistas de "Lost in
translation" saben de sobra que el tiempo que van a estar juntos
es pasajero. Su relación es, qué du-da cabe, una forma de
romance, pero va mucho más allá de eso: la intimidad que Bob y
Charlotte comparten no entiende de etiquetas fáciles. Decir que
eso tan complicado de definir como lo que se suele llamar
química existe entre los dos actores sería desde luego
insuficiente ante la intensidad de la emoción que produce el
con-tinuo diálogo de gestos, roces, miradas y sentimientos que se
es-tablece como un torrente entre ambos (la maravillosa secuencia
de la conversación en la cama, coronada con un sublime detalle
de sensibilidad o la conmovedora secuencia del karaoke son sólo
dos ejemplos entre todo un océano de momentos memorables), un
ma-pa de los muy distintos estados de ánimo que conforman el alma
de la película.
Más allá de la exquisita
fotografía de Lance Acord,
de la compleja y ajus-tada banda sonora, del inteligente tra-bajo
de puesta en escena de Coppola de su propio guión o la
impresionante interpretación de dos actores entrega-dos y
sublimes, "Lost in translation" siempre perdurará en la
memoria por un final apoteósico, de una belleza tal que provoca
que bro-ten con facilidad esas lágrimas que sólo pueden surgir de
la emoción pura y nunca manipu-lada, un final tan inmejorable
como inolvidable. No se extra-ñe si al terminar la proyección
algo le duele y no sabe exactamente dónde: esta es una de esas
películas que apuntan al interior de uno y remueven lo más
profundo. Como esas palabras que, con suerte, a veces nos han
susurrado al oído sin que nadie más las escuche.
Calificación:
    
Imágenes de "Lost in translation" - Copyright © 2003 Focus
Features, American Zoetrope, Elemental Films y Tohokashinsha
Film. Distribuida en España por UIP. Todos los derechos
reservados.
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