CRÍTICA
por
Mateo Sancho Cardiel
Ponerse delante del ordenador para escribir una crítica acerca
de “Mystic River” es todo un ejercicio de humil-dad, puesto que
hay que afrontar el hecho de que es sumamente ardua la tarea de
ser fiel a las emociones que la nueva película de
Clint Eastwood suscita, a la
intensa gama de senti-mientos que expresa. Uno tiene la
sensación de que, aun sacando sus mejores armas literarias, no
tiene la capacidad de hacer justicia a la película, porque no
se puede transmitir con exactitud lo que hace de “Mystic River”
una obra maestra. Ello sería sinónimo de analizar, desglosar en
un proceso lógico el término genialidad, cuando es su cali-dad
de don inexplicable, misterioso, único, divino donde en-cuentra
su carácter extraordinario. Indescriptible, pero sin duda
perceptible, tenemos la certeza de su existencia al ver “Mystic
River”, pues es la mano mágica de su director lo que
con-vierte esta película, sin contar con una historia
apasionante, sin un ápice de originalidad, en una cinta de
contundencia atronadora, en un pieza de arte puro.
Hay genialidad en el respeto con el que Eastwood ha sabido
filmar el do-lor, que le ha llevado a plasmarlo con un relieve,
con una cercanía que hiere también al espectador, con una
esté-tica que nos imbuye en un mundo de pesimismo y fatalidad.
Nos deja inde-fensos ante la narración que nos ofre-ce con una
firmeza, con una lírica y un sabor de exquisita dureza. “Mystic
River” posee la capacidad de captar unos ambientes que hablan
por sí solos con el empleo clásico de la cámara, de la
iluminación y de la fotografía y que empapan de intensidad todo
lo que en ellos suceda. Eastwood se despoja de to-do avance
técnico llamativo para componer, con vocación hermosa-mente
realista, la radiografía de una tragedia tan atroz en su
norma-lidad y su compatibilidad con nuestro mundo, que nos
destroza. Porque nos habla de cómo un solo momento de una vida
puede arruinarla para siempre. Nos plantea, sin adornos ni
esperanzas, ni más ni menos que la incapacidad del ser humano
para superar de-terminados reveses. Nos advierte de la
existencia de un punto de inflexión que nos exige renunciar a
nuestra esencia, a ser nosotros mismos, de nuestra
vulnerabilidad a ser unos miserables irreversi-blemente.
En este relato desesperado, des-corazonador, Eastwood,
apoyado de manera vital por el magnífico, reflexivo y brutal
guión de Brian Helgeland, mima
tanto cada per-sonaje, lo moldea con tanta preci-sión, con tal
matización, que el desarrollo de la historia queda su-peditado a
la evolución humana, o quizá inhumana, de sus protago-nistas,
y así, el convencionalismo de una rebuscada intriga criminal se
convierte en un elegante, estili-zado y magistral drama de
honduras psicológicas, filosóficas, en una poderosa y fascinante
interacción del destino, el pasado, el en-gaño, la duda, la
voluntad, el deber y el instinto. Así descubrimos cómo todos los
comportamientos, hasta los más insanos, encuen-tran una
explicación. Esos personajes se han convertido en seres reales,
porque el trabajo de Eastwood parece haber ascendido de la
calidad de arte a la categoría de vida. Y es que, a pesar de
haber contado con un reparto repleto de nombres sobresalientes,
queda contagiado por el virtuosismo del director y se mimetiza
con sus personajes con extraordinario talento. Y así, “Mystic
River” se in-crusta en nuestro cerebro más como una vivencia que
como una expresión cinematográfica. Tan sólo roba al Séptimo
Ar-te la licencia de ser, en su tremendo desgarro, enormemente
bella.
Calificación:
    
Imágenes de "Mystic River" - Copyright © 2003 Warner Bros
Pictures, Malpaso Productions, Village Roadshow Pictures y NPV
Entertainment. Distribuida en España por Warner Sogefilms. Todos los derechos
reservados.
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