CRÍTICA
por
David Garrido
La inevitable
fuerza de la fatalidad
Hay raras ocasiones en las que comenzar a escribir una crítica
sobre una película se convierte en un suplicio porque uno es
perfec-tamente consciente de que necesitaría al menos tres veces
el es-pacio habitual para hacer justicia a la rica complejidad y
a lo mu-cho que hay que analizar de una de las mejores
películas del año, tanto en el plano puramente formal como en la
elabora-da construcción de los personajes o la pesimista
metáfora de la sociedad americana que "Mystic River" propone.
Por otra parte, uno escribe líneas con la constante sensación de
que, diga lo que diga, tampoco conseguirá transmitir con la
precisión que sin duda se merece las múltiples sensaciones que
provoca la última película de Clint
Eastwood, un director que ha alcanzado algo muy
parecido a la plenitud creativa, pareja a su otra gran obra
ma-estra, "Sin Perdón", con esta terrible y estremecedora
película.
A lo largo de su ya extensa filmogra-fía y muy especialmente a
través de los títulos realizados en la década de los noventa,
Eastwood ha conseguido dotar a sus películas de una serie de
elementos perfectamente reconoci-bles, unas casi invisibles pero
percep-tibles líneas que entrelazan unas pelí-culas con otras y
permiten que todas ellas dialoguen entre sí y con el es-pectador
con una especie de música interior que escapa a toda definición,
pero que, como variaciones de esas piezas de jazz o blues que
tanto gustan al realizador, consiguen que el espectador asista
fascinado a una continua demostración de algo de lo que presumen
demasiados directores y que en realidad sólo unos pocos poseen:
una autoría y estilo propios inconfundi-bles.
"Mystic River", como tantas
otras obras de Eastwood, parte de una novela, en este caso un
best seller de Dennis Lehane,
adap-tado con brillantez por Brian
Helgeland ("Deuda
de Sangre", "L.A. Confidential"), que ha sabido
estructurar dicha obra en un guión de enorme complejidad que
consigue reflejar las muchas lecturas que pueden hacerse de la
misma, algo a lo que Eastwood contribuye con una puesta en
escena sutil, elaborada e igualmente compleja que le permite
desarrollar todo su potencial dramático y metafórico. "Mystic
River" es, entre otras muchas cosas, una película que nos habla
principalmente de la pérdida de la inocencia y de la
imposibilidad de evitar al destino, de cómo un hecho
violento acaecido veinte años atrás marca indeleblemente las
vidas de tres personajes y de aquellos que les rodean hasta tal
punto que pese al tiempo transcurrido y el deseo por parte de
todos ellos de con-tinuar con sus vidas, la fatalidad alcanza de
nuevo con su larga ma-no las vidas de todos y, como en una
tragedia griega contemporá-nea, vuelve a unir sus destinos en
una cruel historia de violencia y sufrimiento.
Tres niños de una barriada obrera de Boston matan el tiempo en
la calle y, en uno de esos actos propios de la in-fancia,
escriben sobre el cemento fresco de una acera sus nombres.
Cuando el tercero de ellos, Dave, co-mienza a escribir el suyo,
un coche aparece y dos hombres, que se iden-tifican como
policías, se llevan a Dave dentro del coche porque, cruel
desti-no, es el único que vive algo alejado de aquella calle. La
metáfora del nom-bre incompleto de Dave en el cemento adquiere
todo su terrible significado cuando asistimos con horror a la
experiencia traumática del rapto y la posterior violación de
Dave, una agresión que trunca la amistad de los tres chicos y
cuyas consecuencias se van a extender desde el pasado hasta el
presente, veinte años después. Dave ha sobrevi-vido a aquella
experiencia, está casado y es padre de un niño al que adora y
protege. El personaje, interpretado en una composición
sobrecogedora por Tim Robbins,
es no obstante un ser atormen-tado por el miedo, que se siente
mucho más cómodo en la oscuri-dad y la soledad de la noche que a
la luz del día. En una inteligente lectura del personaje,
Eastwood visualiza cómo por un lado el per-sonaje se ve a sí
mismo fragmentado en dos, incapaz de conciliar su yo actual con
el de ese niño que no pudo escapar de sus cap-tores y al que ve
como alguien lejano, distinto a él mismo. Como si fuera el
portador de una enfermedad incurable, Dave se ve a sí mis-mo
como uno de esos vampiros que mira en el televisor, como una
bestia contaminada y marcada, enferma. Dave sabe que puede
per-der el control, que nunca conseguirá huir del todo de lo que
le atormenta pues está dentro, unido a él y que lo único que
puede hacer es convivir con el miedo que tiene de sí mismo.
Cuando una noche llega a su casa, envuelto en sangre, confuso y
asustado, sa-bemos que ha cruzado la línea.
Jimmy, un magistral Sean Penn
que hace aquí una de sus interpreta-ciones más ricas y llenas de
matices que se le han visto, ha caminado por senderos distintos.
Antiguo delincuen-te que ha pasado por la cárcel y po-seedor de
un pasado violento y oscu-ro, se ha redimido de su anterior vida
gracias a su hija Katie, a la que tuvo que criar cuando su madre
falleció mientras él estaba en la cárcel y a su mujer Annabeth,
que le ha dado dos hijas más. Ahora lleva una tienda de
comestibles y, como el personaje de Eastwood en "Sin Perdón", ha
renunciado a la violencia y dejado atrás su antigua vida
mientras ve a su familia crecer. Su hija Katie es su mayor
tesoro, pues por ella enderezó su vida al salir de la cárcel,
viudo y obligado a convivir con una hija que era lo único que le
quedaba y con la que mantiene una relación de complicidad que se
pone de manifiesto cuando ella le visita en la tienda antes de
sa-lir una noche de marcha y en los reproches que Annabeth le
hace sobre su favoritismo respecto a sus otras dos hijas
pequeñas. Eastwood construye magníficamente el mecanismo
dramáti-co de la tragedia: durante toda la primera hora de la
pelícu-la, uno puede sentir el peso sombrío de que algo terrible
va a suceder, se anticipa a los hechos que ocurren con la
determina-ción de lo inevitable. Cuando Katie aparece asesinada
a la mañana siguiente, el dolor y la furia que invaden al
desesperado personaje de Jimmy es tal que uno puede sentir en
toda su intensidad el peso de la tragedia que acaba de
desencadenarse y que alcanzará a todos y cada uno de los
personajes de la película.
“¿Qué le digo a Jimmy? ¿Que Dios tenía una deuda pendiente y que
se le ha cobrado?” El autor de esta frase tan elocuente es Sean,
un sobrio Ke-vin Bacon,
tercer vértice del triángulo perfecto que Eastwood construye.
Sean es el tercer chico que jugaba en aquella calle, ahora
convertido en de-tective de homicidios abandonado por su esposa
al que el destino convierte, junto a su compañero Whitey (Law-rence
Fishburne, un necesario con-trapunto a los tres
protagonistas de la historia, el único que observa "desde
fuera", como el espectador, la complejidad de la situación) en
el encargado de llevar a cabo la investigación del asesinato de
la hija de su antiguo amigo. Eastwood ya tiene todos los
elementos en juego y comienza entonces a desarrollar lentamente
el alma de la película. Con la excusa de la investigación
policial, ahonda de ma-nera exquisita en los recovecos de la
compleja personalidad de to-dos y cada uno de sus personajes.
Junto a los tres protagonistas coloca a dos maravillosas
actrices, esenciales para la película. Ce-leste (Marcia
Gay Harden) es la prima de Annabeth, la mujer de
Jimmy, y está casada con Dave. Sabe que su marido le miente, que
algo terrible sucedió aquella noche pero, como le sucede al
propio Dave, es incapaz de afrontar sus propios temores y vive
en un constante desconsuelo, destrozada por la culpabilidad y
atrapa-da por la desconfianza que siente hacia Dave. Annabeth
(una estu-penda Laura Linney),
por su parte, mantiene una lealtad absoluta hacia Jimmy y se
mueve siempre en un segundo plano hasta el fi-nal de la
película, siendo su contribución a la obra tan demoledora como
imprescindible.
El dispositivo secuencial de "Mystic River" camina parejo a
la introspección que Eastwood hace de sus personajes. Según
avanza la película comprendemos más y más las motivaciones y el
alma de cada uno de ellos. Y nos parece ló-gico que, llevado
por su desespera-ción, Jimmy reasuma su ira incontro-lable y su
antiguo pasado en su bús-queda de la venganza (como le suce-día,
una vez más, al protagonista de "Sin Perdón") mientras que Sean
se sitúe entre sus dos antiguos amigos y se niegue a admitir las
evidencias que apuntan a Dave y éste se hunda más y más en sí
mismo, perdido entre sus recuerdos de la tragedia que marcó su
vida y la incapacidad de asumir los hechos recientes. El poder
de sugerencia de la vigorosa puesta en escena de Eastwood es tal
que uno absorbe los hechos uno tras otro como una esponja, sin
asumir del todo la complejidad de los mismos hasta que se
reflexiona sobre ellos. Un buen ejemplo de ello es la secuencia
en el balcón durante el funeral de Katie en el que Dave y Jimmy
son encuadrados en el plano con un suave contrapicado y según
Jimmy comienza a abrirse a su amigo de infancia y a asumir la
irreparable pérdida que para él supone la muerte de Katie,
East-wood se acerca más y más a ambos, de tal forma que uno
entra de lleno tanto en el enorme dolor de un Sean Penn
espléndido como en la comprensión que Dave siente hacia su
dolor. Es sólo un ejemplo, pero hay cientos más (el plano de
Jimmy y Sean ya adul-tos, viendo alejarse de nuevo en la misma
calle el coche que veinte años antes se llevó al verdadero Dave
de sus vidas) en una película que cuida de forma especial su
ambientación de tal forma que uno entra hasta el fondo de esas
vidas y esa historia sin apenas notarlo pero sin pausa.
Eastwood juega constantemente con esos dos recursos narrativos:
grandes planos generales en tomas aéreas sobre el barrio, el
enorme río que cruza la ciudad de Boston (“El río que lava y
entierra nuestros pecados”) o los espacios cerrados de tal forma
que podamos obtener una contínua vi-sión del conjunto mientras
el director toma distancia con los hechos y, a la vez,
acercamientos suaves y elegan-tes a los rostros de los actores
cuan-do quiere que sintamos lo que ellos sienten, cuando quiere
que compren-damos sus motivaciones y nos acerquemos más y más a
su inte-rior. Por supuesto, Clint filma con su aliento clásico
habitual, se to-ma su tiempo para desarrollar pacientemente la
historia de ese pe-queño microcosmos que tiene entre las manos y
demuestra una maestría en el encuadre y el montaje (mérito de
Joel Cox, su cola-borador
habitual) que permite que lo que en realidad menos intere-sa a
Eastwood, que es la resolución de la trama criminal de la
pe-lícula, camine parejo a los gritos de angustia de esos
personajes atrapados en un destino, en una fatalidad que, como
les sucedía a los protagonistas de las tragedias griegas, apenas
pueden contro-lar.
El pesimismo que invade toda la película es tal que resulta
inevita-ble no hacer una lectura de "Mys-tic River" como certera
imagen de una sociedad que, como hacen los personajes de la
película, esconde y entierra sus pecados donde na-die pueda
verlos, con las terribles consecuencias que ello conlleva.
Una sociedad carcomida por la violen-cia que sin duda ha ayudado
a cons-truirla, una violencia que no agota sus efectos en los
hechos puntuales que suceden en su momento sino que ex-tiende
sus ramificaciones a lo largo del espacio y el tiempo,
atra-pando por igual en su espesa e inevitable telaraña tanto a
los que ejercen esa violencia como a los que son víctimas de
ella. Esa me-táfora cobra toda su fuerza en la secuencia final
de la película, am-bientada con certera precisión en las
celebraciones del cuatro de julio, que conmemora los orígenes de
la nación y que reúne a todos los protagonistas de la película
en una contundente y escalofriante consecuencia que va desde el
silencio cómplice que oculta que siempre quedan cosas pendientes
de resolver y sacar a la luz, al aislamiento y soledad de uno de
los personajes contrapuesto a la reafirmación del apoyo familiar
como manera de encubrir los he-chos y evitar que el cáncer salga
a la luz y, sobre todo, el rostro de un niño tan perdido en
medio de esas celebraciones y con un futuro tan incierto como el
que se abría ante esos tres personajes veinte años atrás.
Si bien "Sin Perdón", "Un
Mundo Perfecto" o "Medianoche en el Jardín del Bien y del Mal"
ya reflexionaban sobre la violencia como recurrente forma de
encubrir los defectos de una sociedad y su fal-ta de castigo
como un mal necesario para asegurar la convivencia y la
persistencia de la misma, "Mystic River" lleva aún un paso más
adelante esa acertada disección, levantando acta de forma tan
lúci-da como descarnada de los males que la corroen por dentro
como un cáncer. Tratar de poner solución a esos males usando las
mis-mas viejas y corrompidas armas no lleva sino a una perpetua
repe-tición de los mismos errores en un proceso cíclico que
parece no tener fin.
Dentro de su infinita negrura, East-wood ha construido una
película lumi-nosa, consiguiendo extraer grandeza de una
historia que se sustenta en los entresijos de dos actos de
extrema violencia –la violación de un niño y el asesinato de una
adolescente– que el realizador trata con sutileza e infinito
respeto, sin hurgar ni por un segundo en la sordidez de los
mismos y fijan-do su atención en las consecuencias que deparan,
como los círculos con-céntricos que se extienden de una piedra
arrojada al agua y que no dejan de crecer aun cuando ya no
podemos percibirlos. Resulta casi increíble comprobar la
sinto-nía que hay entre la sórdida, durísima historia que se nos
cuenta y la casi impecable factura visual con la que se
repre-senta en la pantalla, apoyada con un maravilloso trabajo
de unos actores (todos, sin excepciones) en perpetuo estado de
gracia que se hunden en el abismo de sus personajes y nos
los presentan en toda su complejidad, mostrando a las claras sus
infi-nitas debilidades, tan propias, parece decir el director,
de la condi-ción humana.
Si "Mystic River",
indiscutible obra maestra personalísima de un autor en su mejor
momento, (posiblemente el último de los grandes directores
clásicos del cine que nos quedan hoy en día) no es lo mejor que
hasta ahora nos ha ofrecido este 2003, ha puesto el lis-tón
endiabladamente alto para cualquier obra posterior que aspire a
esa condición, pues esto es Cine con mayúsculas, cine de gran
alcance que toca con facilidad el alma del espectador,
poseí-do por un raro aliento a la vez profundamente trágico y
poético que tiene en sus múltiples y complejas lecturas el sello
de la grandeza que se reserva a las películas destinadas a ser
obras clave de este arte.
Calificación:
    
Imágenes de "Mystic River" - Copyright © 2003 Warner Bros
Pictures, Malpaso Productions, Village Roadshow Pictures y NPV
Entertainment. Distribuida en España por Warner Sogefilms. Todos los derechos
reservados.
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