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MYSTIC RIVER


Dirección: Clint Eastwood.
País:
USA.
Año: 2003.
Duración: 137 min.
Interpretación: Sean Penn (Jimmy Markum), Tim Robbins (Dave Boyle), Kevin Bacon (Sean Devine), Laurence Fishburne (Whitey Powers), Marcia Gay Harden (Celeste Boyle), Laura Linney (Annabeth Markum), Kevin Chapman (Val Savage), Thomas Guiry (Brendan Harris), Emmy Rossum (KatieMarkum).
Guión: Brian Helgeland; basado en una novela de Dennis Lehane.
Producción: Robert Lorenz, Judie G. Hoyt y Clint Eastwood.
Música: Clint Eastwood.
Fotografía:
Tom Stern.
Montaje: Joel Cox.
Diseño de producción: Henry Bumstead.
Dirección artística: Jack G. Taylor Jr.
Vestuario: Deborah Hopper.
Estreno en USA: 8 Octubre 2003.
Estreno en España: 24 Octubre 2003.

 

CRÍTICA
por David Garrido

La inevitable fuerza de la fatalidad

  Hay raras ocasiones en las que comenzar a escribir una crítica sobre una película se convierte en un suplicio porque uno es perfec-tamente consciente de que necesitaría al menos tres veces el es-pacio habitual para hacer justicia a la rica complejidad y a lo mu-cho que hay que analizar de una de las mejores películas del año, tanto en el plano puramente formal como en la elabora-da construcción de los personajes o la pesimista metáfora de la sociedad americana que "Mystic River" propone. Por otra parte, uno escribe líneas con la constante sensación de que, diga lo que diga, tampoco conseguirá transmitir con la precisión que sin duda se merece las múltiples sensaciones que provoca la última película de Clint Eastwood, un director que ha alcanzado algo muy parecido a la plenitud creativa, pareja a su otra gran obra ma-estra, "Sin Perdón", con esta terrible y estremecedora película.

  A lo largo de su ya extensa filmogra-fía y muy especialmente a través de los títulos realizados en la década de los noventa, Eastwood ha conseguido dotar a sus películas de una serie de elementos perfectamente reconoci-bles, unas casi invisibles pero percep-tibles líneas que entrelazan unas pelí-culas con otras y permiten que todas ellas dialoguen entre sí y con el es-pectador con una especie de música interior que escapa a toda definición, pero que, como variaciones de esas piezas de jazz o blues que tanto gustan al realizador, consiguen que el espectador asista fascinado a una continua demostración de algo de lo que presumen demasiados directores y que en realidad sólo unos pocos poseen: una autoría y estilo propios inconfundi-bles.

  "Mystic River", como tantas otras obras de Eastwood, parte de una novela, en este caso un best seller de Dennis Lehane, adap-tado con brillantez por Brian Helgeland ("Deuda de Sangre", "L.A. Confidential"), que ha sabido estructurar dicha obra en un guión de enorme complejidad que consigue reflejar las muchas lecturas que pueden hacerse de la misma, algo a lo que Eastwood contribuye con una puesta en escena sutil, elaborada e igualmente compleja que le permite desarrollar todo su potencial dramático y metafórico. "Mystic River" es, entre otras muchas cosas, una película que nos habla principalmente de la pérdida de la inocencia y de la imposibilidad de evitar al destino, de cómo un hecho violento acaecido veinte años atrás marca indeleblemente las vidas de tres personajes y de aquellos que les rodean hasta tal punto que pese al tiempo transcurrido y el deseo por parte de todos ellos de con-tinuar con sus vidas, la fatalidad alcanza de nuevo con su larga ma-no las vidas de todos y, como en una tragedia griega contemporá-nea, vuelve a unir sus destinos en una cruel historia de violencia y sufrimiento.

  Tres niños de una barriada obrera de Boston matan el tiempo en la calle y, en uno de esos actos propios de la in-fancia, escriben sobre el cemento fresco de una acera sus nombres. Cuando el tercero de ellos, Dave, co-mienza a escribir el suyo, un coche aparece y dos hombres, que se iden-tifican como policías, se llevan a Dave dentro del coche porque, cruel desti-no, es el único que vive algo alejado de aquella calle. La metáfora del nom-bre incompleto de Dave en el cemento adquiere todo su terrible significado cuando asistimos con horror a la experiencia traumática del rapto y la posterior violación de Dave, una agresión que trunca la amistad de los tres chicos y cuyas consecuencias se van a extender desde el pasado hasta el presente, veinte años después. Dave ha sobrevi-vido a aquella experiencia, está casado y es padre de un niño al que adora y protege. El personaje, interpretado en una composición sobrecogedora por Tim Robbins, es no obstante un ser atormen-tado por el miedo, que se siente mucho más cómodo en la oscuri-dad y la soledad de la noche que a la luz del día. En una inteligente lectura del personaje, Eastwood visualiza cómo por un lado el per-sonaje se ve a sí mismo fragmentado en dos, incapaz de conciliar su yo actual con el de ese niño que no pudo escapar de sus cap-tores y al que ve como alguien lejano, distinto a él mismo. Como si fuera el portador de una enfermedad incurable, Dave se ve a sí mis-mo como uno de esos vampiros que mira en el televisor, como una bestia contaminada y marcada, enferma. Dave sabe que puede per-der el control, que nunca conseguirá huir del todo de lo que le atormenta pues está dentro, unido a él y que lo único que puede hacer es convivir con el miedo que tiene de sí mismo. Cuando una noche llega a su casa, envuelto en sangre, confuso y asustado, sa-bemos que ha cruzado la línea.

  Jimmy, un magistral Sean Penn que hace aquí una de sus interpreta-ciones más ricas y llenas de matices que se le han visto, ha caminado por senderos distintos. Antiguo delincuen-te que ha pasado por la cárcel y po-seedor de un pasado violento y oscu-ro, se ha redimido de su anterior vida gracias a su hija Katie, a la que tuvo que criar cuando su madre falleció mientras él estaba en la cárcel y a su mujer Annabeth, que le ha dado dos hijas más. Ahora lleva una tienda de comestibles y, como el personaje de Eastwood en "Sin Perdón", ha renunciado a la violencia y dejado atrás su antigua vida mientras ve a su familia crecer. Su hija Katie es su mayor tesoro, pues por ella enderezó su vida al salir de la cárcel, viudo y obligado a convivir con una hija que era lo único que le quedaba y con la que mantiene una relación de complicidad que se pone de manifiesto cuando ella le visita en la tienda antes de sa-lir una noche de marcha y en los reproches que Annabeth le hace sobre su favoritismo respecto a sus otras dos hijas pequeñas. Eastwood construye magníficamente el mecanismo dramáti-co de la tragedia: durante toda la primera hora de la pelícu-la, uno puede sentir el peso sombrío de que algo terrible va a suceder, se anticipa a los hechos que ocurren con la determina-ción de lo inevitable. Cuando Katie aparece asesinada a la mañana siguiente, el dolor y la furia que invaden al desesperado personaje de Jimmy es tal que uno puede sentir en toda su intensidad el peso de la tragedia que acaba de desencadenarse y que alcanzará a todos y cada uno de los personajes de la película.

  “¿Qué le digo a Jimmy? ¿Que Dios tenía una deuda pendiente y que se le ha cobrado?” El autor de esta frase tan elocuente es Sean, un sobrio Ke-vin Bacon, tercer vértice del triángulo perfecto que Eastwood construye. Sean es el tercer chico que jugaba en aquella calle, ahora convertido en de-tective de homicidios abandonado por su esposa al que el destino convierte, junto a su compañero Whitey (Law-rence Fishburne, un necesario con-trapunto a los tres protagonistas de la historia, el único que observa "desde fuera", como el espectador, la complejidad de la situación) en el encargado de llevar a cabo la investigación del asesinato de la hija de su antiguo amigo. Eastwood ya tiene todos los elementos en juego y comienza entonces a desarrollar lentamente el alma de la película. Con la excusa de la investigación policial, ahonda de ma-nera exquisita en los recovecos de la compleja personalidad de to-dos y cada uno de sus personajes. Junto a los tres protagonistas coloca a dos maravillosas actrices, esenciales para la película. Ce-leste (Marcia Gay Harden) es la prima de Annabeth, la mujer de Jimmy, y está casada con Dave. Sabe que su marido le miente, que algo terrible sucedió aquella noche pero, como le sucede al propio Dave, es incapaz de afrontar sus propios temores y vive en un constante desconsuelo, destrozada por la culpabilidad y atrapa-da por la desconfianza que siente hacia Dave. Annabeth (una estu-penda Laura Linney), por su parte, mantiene una lealtad absoluta hacia Jimmy y se mueve siempre en un segundo plano hasta el fi-nal de la película, siendo su contribución a la obra tan demoledora como imprescindible.

  El dispositivo secuencial de "Mystic River" camina parejo a la introspección que Eastwood hace de sus personajes. Según avanza la película comprendemos más y más las motivaciones y el alma de cada uno de ellos. Y nos parece ló-gico que, llevado por su desespera-ción, Jimmy reasuma su ira incontro-lable y su antiguo pasado en su bús-queda de la venganza (como le suce-día, una vez más, al protagonista de "Sin Perdón") mientras que Sean se sitúe entre sus dos antiguos amigos y se niegue a admitir las evidencias que apuntan a Dave y éste se hunda más y más en sí mismo, perdido entre sus recuerdos de la tragedia que marcó su vida y la incapacidad de asumir los hechos recientes. El poder de sugerencia de la vigorosa puesta en escena de Eastwood es tal que uno absorbe los hechos uno tras otro como una esponja, sin asumir del todo la complejidad de los mismos hasta que se reflexiona sobre ellos. Un buen ejemplo de ello es la secuencia en el balcón durante el funeral de Katie en el que Dave y Jimmy son encuadrados en el plano con un suave contrapicado y según Jimmy comienza a abrirse a su amigo de infancia y a asumir la irreparable pérdida que para él supone la muerte de Katie, East-wood se acerca más y más a ambos, de tal forma que uno entra de lleno tanto en el enorme dolor de un Sean Penn espléndido como en la comprensión que Dave siente hacia su dolor. Es sólo un ejemplo, pero hay cientos más (el plano de Jimmy y Sean ya adul-tos, viendo alejarse de nuevo en la misma calle el coche que veinte años antes se llevó al verdadero Dave de sus vidas) en una película que cuida de forma especial su ambientación de tal forma que uno entra hasta el fondo de esas vidas y esa historia sin apenas notarlo pero sin pausa.

  Eastwood juega constantemente con esos dos recursos narrativos: grandes planos generales en tomas aéreas sobre el barrio, el enorme río que cruza la ciudad de Boston (“El río que lava y entierra nuestros pecados”) o los espacios cerrados de tal forma que podamos obtener una contínua vi-sión del conjunto mientras el director toma distancia con los hechos y, a la vez, acercamientos suaves y elegan-tes a los rostros de los actores cuan-do quiere que sintamos lo que ellos sienten, cuando quiere que compren-damos sus motivaciones y nos acerquemos más y más a su inte-rior. Por supuesto, Clint filma con su aliento clásico habitual, se to-ma su tiempo para desarrollar pacientemente la historia de ese pe-queño microcosmos que tiene entre las manos y demuestra una maestría en el encuadre y el montaje (mérito de Joel Cox, su cola-borador habitual) que permite que lo que en realidad menos intere-sa a Eastwood, que es la resolución de la trama criminal de la pe-lícula, camine parejo a los gritos de angustia de esos personajes atrapados en un destino, en una fatalidad que, como les sucedía a los protagonistas de las tragedias griegas, apenas pueden contro-lar.

  El pesimismo que invade toda la película es tal que resulta inevita-ble no hacer una lectura de "Mys-tic River" como certera imagen de una sociedad que, como hacen los personajes de la película, esconde y entierra sus pecados donde na-die pueda verlos, con las terribles consecuencias que ello conlleva. Una sociedad carcomida por la violen-cia que sin duda ha ayudado a cons-truirla, una violencia que no agota sus efectos en los hechos puntuales que suceden en su momento sino que ex-tiende sus ramificaciones a lo largo del espacio y el tiempo, atra-pando por igual en su espesa e inevitable telaraña tanto a los que ejercen esa violencia como a los que son víctimas de ella. Esa me-táfora cobra toda su fuerza en la secuencia final de la película, am-bientada con certera precisión en las celebraciones del cuatro de julio, que conmemora los orígenes de la nación y que reúne a todos los protagonistas de la película en una contundente y escalofriante consecuencia que va desde el silencio cómplice que oculta que siempre quedan cosas pendientes de resolver y sacar a la luz, al aislamiento y soledad de uno de los personajes contrapuesto a la reafirmación del apoyo familiar como manera de encubrir los he-chos y evitar que el cáncer salga a la luz y, sobre todo, el rostro de un niño tan perdido en medio de esas celebraciones y con un futuro tan incierto como el que se abría ante esos tres personajes veinte años atrás.

  Si bien "Sin Perdón", "Un Mundo Perfecto" o "Medianoche en el Jardín del Bien y del Mal" ya reflexionaban sobre la violencia como recurrente forma de encubrir los defectos de una sociedad y su fal-ta de castigo como un mal necesario para asegurar la convivencia y la persistencia de la misma, "Mystic River" lleva aún un paso más adelante esa acertada disección, levantando acta de forma tan lúci-da como descarnada de los males que la corroen por dentro como un cáncer. Tratar de poner solución a esos males usando las mis-mas viejas y corrompidas armas no lleva sino a una perpetua repe-tición de los mismos errores en un proceso cíclico que parece no tener fin.

  Dentro de su infinita negrura, East-wood ha construido una película lumi-nosa, consiguiendo extraer grandeza de una historia que se sustenta en los entresijos de dos actos de extrema violencia –la violación de un niño y el asesinato de una adolescente– que el realizador trata con sutileza e infinito respeto, sin hurgar ni por un segundo en la sordidez de los mismos y fijan-do su atención en las consecuencias que deparan, como los círculos con-céntricos que se extienden de una piedra arrojada al agua y que no dejan de crecer aun cuando ya no podemos percibirlos. Resulta casi increíble comprobar la sinto-nía que hay entre la sórdida, durísima historia que se nos cuenta y la casi impecable factura visual con la que se repre-senta en la pantalla, apoyada con un maravilloso trabajo de unos actores (todos, sin excepciones) en perpetuo estado de gracia que se hunden en el abismo de sus personajes y nos los presentan en toda su complejidad, mostrando a las claras sus infi-nitas debilidades, tan propias, parece decir el director, de la condi-ción humana.

  Si "Mystic River", indiscutible obra maestra personalísima de un autor en su mejor momento, (posiblemente el último de los grandes directores clásicos del cine que nos quedan hoy en día) no es lo mejor que hasta ahora nos ha ofrecido este 2003, ha puesto el lis-tón endiabladamente alto para cualquier obra posterior que aspire a esa condición, pues esto es Cine con mayúsculas, cine de gran alcance que toca con facilidad el alma del espectador, poseí-do por un raro aliento a la vez profundamente trágico y poético que tiene en sus múltiples y complejas lecturas el sello de la grandeza que se reserva a las películas destinadas a ser obras clave de este arte.

Calificación:


Imágenes de "Mystic River" - Copyright © 2003 Warner Bros Pictures, Malpaso Productions, Village Roadshow Pictures y NPV Entertainment. Distribuida en España por Warner Sogefilms. Todos los derechos reservados.

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