CRÍTICA
por
Manuel Márquez
Ya tocaba, ya. Después de algunos años y varias películas que no
se pue-den calificar sino de menores si las situamos en su
ámbito propio (el de la filmografía de un autor capaz de
mara-villas del calibre de "Bird" o "Los puentes de Madison",
consagrado co-mo maestro absoluto aun cuando sólo fuera por una
obra de las dimensiones míticas de "Sin perdón"), se esperaba
con expectación el último producto de esta rara avis,
este hombre capaz de descolocar al “etiquetador” más cons-picuo
a base de conjugar como pocos (quizá como ninguno) la con-dición
de estrella icónica (en el país de las estrellas... y las
barras) y de creador insobornable e íntegro. Hablamos, cómo no,
de Clint Eastwood.
Y la espera no ha sido en
vano, vaya que no. "Mystic River" es una película tremenda,
excepcional, todo un ejercicio de magisterio cinematográfico a
la altura de las más grandes piezas que este noble arte –al que
algunos se empeñan en colocar en un inexplicado séptimo lugar–
haya podido dar hasta la fecha. Y no sólo por sus innegables
calidades técnicas y narrativas, sino, sobre todo y muy
especialmente, porque, como to-da gran obra –que de tal
se precie– tiene que hacer, nos ofrece mu-cho, muchísimo
más que una historia: un retrato de la condición humana
verdaderamente demoledor, tripas fuera y a ras de entra-ñas, en
el que podemos apreciar con toda claridad (nada reñida con la
complejidad que el empeño requiere) todo aquello que nos define
y nos dota de nuestra condición.
Ahí están la desorientación, la pérdi-da, el dolor, el
estrechamiento de las perspectivas vitales a golpe de
cir-cunstancia. Y, por encima de todo ello, sobrevolándolo y
marcándolo es-trechamente, un personaje tan imper-ceptible como
implacable: el tiempo, ese destructor que, con su mero pa-so,
hace su trabajo de demolición de forma metódica y sistemática,
exhi-biendo impúdicamente su capacidad disolutoria, marcando las
pautas y de-terminando las circunstancias de las gentes que
pueblan el devenir argumental de film. Al respecto, sobrecoge la
constatación, que constantemente se nos recuerda e ilustra, de
que los tres amigos de la infancia ya no son amigos, y no es eso
así por ningún episo-dio concreto (que sí que ha ocurrido), sino
porque el tiempo ha pa-sado...
Aun así, no estamos ante una
película de situación, o de tesis, sino ante una historia con
un recorrido argumental provisto de un material de enorme
calado, con situaciones de un dra-matismo al límite, desde
el punto y la hora en que los dos suce-sos que apuntalan la
historia se pueden catalogar como paradig-mas del dolor supremo:
¿cabe algo más duro que los abusos se-xuales a un menor, o que
la pérdida de una hija en la flor de la vida como fruto de una
muerte violenta? Probablemente no. Y con ese material, el que
ofrece la novela de Dennis Lehane,
podría haber surgido un guión sangrante y lacrimógeno, una
película despeñada por los precipicios del drama desbarrado.
Peligro cierto y evidente, pero magistralmente conjurado por la
unión de dos genios aplica-dos a la tarea: un guionista de
grandes capacidades (Brian Helge-land)
y un director cuya sobriedad y maestría quedan en esta pelí-cula
más allá de cualquier duda razonable (Clint Eastwood).
Brilla el trabajo de elaboración del guión de un hombre de la
solvencia de Brian Helgeland (ya hizo un auténtico tour de
force en "L.A. Confidential"), que cuaja una verdadera
filigrana, una tarea de orfebre consagrado a la alqui-mia de
amalgamar drama y suspense de una manera natural y fluida, pese
a contar con material tan denso y tenso (y no son densidad y
tensión elemen-tos que falten en la película). Lo hace
respetando los cánones más estrictos de la narración
convencional y de es-tructura clásica (desde el salto tem-poral,
de la infancia a la edad adulta, en una elipsis que nos remite a
referentes bien conocidos –"Érase una vez en América" de
Ser-gio Leone o la más reciente "Sleepers" de Barry Levinson
[también ahí estaba Kevin Bacon
dando vida a otro Sean...]–, hasta su de-sarrollo lineal,
o su sorprendente y brillante resolución final, con un montaje
en paralelo perfectamente trabado). Y lo hace, también, dando un
peso importante a lo que no vemos, tanto si sabemos de ello por
lo que cuentan los personajes (es el caso de Marita, la primera
mujer de Jimmy Markum, una influencia poderosa en su proceso de
socialización, de imbricación en la comunidad), como si no lo
sabemos (el íter de los protagonistas desde su infancia hasta su
edad adulta, cómo llegaron a ser lo que hoy son: esta incógnita
sólo se nos desvela en el caso de Jimmy, de cuya vida y andanzas
tenemos nutrida cuenta, pero no en cuanto a Dave Boyle y Sean
Devine, cuya trayectoria vital hasta el punto en que arranca el
episodio central de la trama permanece en la más absoluta de las
oscuridades –en el caso de este último, se extiende hasta sus
circunstancias presentes, todo un enigma–): esa
ignorancia, lejos de privarnos de claves, dota al film de una
mayor complejidad, una mayor sutileza, y nos permite ahondar en
el mismo a la búsqueda de esas claves que el autor no ha querido
revelarnos.
En cuanto al trabajo del
maestro Eastwood, es de auténtico sombrerazo; preciso y
precioso, y desprovisto de cualquier alarde efectista, utiliza y
exprime, hasta su última gota, los elementos con los que juega:
una trama solida y brillante, sobre la que ya se hizo suficiente
comentario; un entorno físico enorme-mente apropiado (ese Boston
tan ordenado, tan europeo, con su sol en sordina, como envuelto
en plástico traslúcido, y la conse-cuente luz mortecina, captada
de manera sublime), que se con-vierte, ya no en una localización
o un terreno de juego, sino en un personaje más; y el descomunal
talento interpretativo de su cuadro de actores y actrices.
Entre los protagonistas, casi huelga dedicar mayores comentarios
a dos hombres tan contrastados como
Sean Penn y Tim Robbins:
angus-tia, sufrimiento, rabia o desorientación cobran categoría
casi alegórica cuan-do se ven encarnados en sus rostros, en sus
movimientos. Pero el que constituye una (gratísima) sorpresa es
el tercero en discordia, ese Kevin Bacon al que le toca,
posiblemente, “bailar con la fea”: su personaje, ese detective
Sean Devine de traza fría e indolente, bastante hierático y poco
expresivo, y que es, de los tres, el que se ve sometido a las
tensiones emocionales menos po-tentes, tiene bastantes menos
opciones para el lucimiento, y, aun así, este antaño “enfant
terrible” siempre prometedor y al borde de su explosión
definitiva, consigue dotarle de un verismo y una con-sistencia
muy respetables, a base de miradas sutiles, rictus poco
perceptibles y movimientos pausados y medidos. Decir que no
des-merece en lo más mínimo respecto a sus dos partenaires creo
que ya supone un elogio suficientemente expresivo de hasta dónde
lle-gan sus prestaciones a las órdenes de Eastwood.
Pero no son ellos los únicos
que rayan a gran altura, ¿qué decir de ellas? El contrapunto
perfecto a la tarea de sus compañeros de reparto, tanto
Laura Linney –con un papel
bastante limitado en cuanto a presencia física, que no en cuanto
a importancia– como Marcia Gay
Harden –imponente: el reflejo de la angustia y el
mie-do en su rostro, casi siempre presentes, alcanza un nivel de
cali-dad altísimo–, las dos “falsas secundarias”, se
destapan como dos actrices de capacidad portentosa para encarnar
unos personajes difíciles, en los que es mucho más fácil
evaporarse que descollar. Complétese el cuadro con la presencia
de un bloque de secunda-rios tan completo como adecuado, en el
cual sobresale un discreto y eficiente
Laurence Fishburne, y ya tendremos una explicación
completa a cómo poner en pie, con bastante más que la mera
sol-vencia, una historia densa hasta la espesura y desasosegante
has-ta la angustia sin que la densidad y el desasosiego nos
impidan vernos engullidos y subyugados por sus meandros y
recovecos, tan logrados, tan sustanciosos.
"Mystic River" nos ofrece, como la gran película que es, con
una riqueza y una complejidad fuera de lo común, una ración de
cine del mejor, de cine de muchísimos quilates: ése que te
reconcilia con el sano hábito de ver películas y te de-vuelve el
orgullo de pertenecer a la co-fradía de la sala oscura –esa
misma sobre cuya pertenencia empiezas a cavilar cuando te
encuentras con mu-chos de los productos que se exhiben en ellas–.
Y, sobre todo, te devuelve un hálito de esperanza, y la
constatación de que ese mismo Holly-wood que manufactura a todo
trapo bodrios execrables con los que atiborra los cines de medio
mundo, haciendo ostentación de una desvergonzada prepotencia –la
que le confiere su dominio comer-cial, omnímodo e incontestable–,
también da cobijo, no se sabe muy bien si en su trastienda o en
sus entresijos perdidos, a todos estos monstruos (Eastwood,
Penn, Robins...). Paradojas e incohe-rencias, como la vida
misma...
Calificación:
    
Imágenes de "Mystic River" - Copyright © 2003 Warner Bros
Pictures, Malpaso Productions, Village Roadshow Pictures y NPV
Entertainment. Distribuida en España por Warner Sogefilms. Todos los derechos
reservados.
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