CRÍTICA
por
Mateo Sancho Cardiel
¿Qué es menos profesional? ¿Que un crítico de cine se
deje lle-var por sus emociones a la hora de juzgar una película o
que tache de incompetente un producto que arremete contra todo
control de calidad pero que, a pesar de ello, le ha hecho
enternecerse y dis-frutar? Sobre este dilema intentaré construir
las reflexiones de una película tan fácil pero tan resultona
como “Planta 4ª”, sobre la elec-ción de poner en entredicho mi
capacidad de análisis para respon-der a todos los cánones de un
especialista serio o la integridad de, sin tapujos, describir
fielmente lo que la película me sugirió durante su proyección,
sin poses ni pretensiones.
Efectivamente, las intenciones de
Antonio Mercero al abordar este proyecto han sido las de
escoger una temática que prácticamente funciona sola, que
engancha al espectador por su impacto social y que arrastra
consigo una serie de va-lores sociales implícitos que otorgan
muchos puntos en la parrilla de sali-da. Si a ello sumamos que
Mercero plaga de efectismos el desarrollo de la trama, la
historia de unos niños afectados por el cáncer en su ingreso en
el hospital, los niveles la-crimógenos alcanzan cotas del
melodrama más folletinesco. Y es que el responsable de “Farmacia
de guardia” conoce a la perfección los trucos y trampas para
convertir la platea en un auténtico rebaño maleable y dispuesto
a lanzarse por el primer barranco que se le ponga por delante.
Con la sensación algo inquietante de haber for-mado parte de esa
masa borreguil, el que suscribe dejó, entre lágri-ma y lágrima,
su criterio borroso y diluido, y se rindió a los pies de los
avatares de estos niños que, pese a todo, tratan de practicar
sus derechos como tales. No es que sus defectos queden
disi-mulados o escondidos, sino más bien todo lo contrario, son
notorios, pero lo más curioso es que, a pesar de ello, parece
que no importan, se perdonan sin esfuerzo.
Porque la trama de “Planta
4ª” se desarrolla, en todo momento, en los cauces de la
normalidad más absolu-ta, sin sorpresa, en la línea de lo que uno
espera cuando escucha levemen-te su sinopsis. Entre aquellos
niños tenemos todas las causas que pue-den hacerlos más
vulnerables: la or-fandad, la enfermedad, la separación, la
anorexia... El escenario del hospital da mucho juego para reunir
un sinfín de desgracias que, aunque no resul-tan excesivas para
lo que realmente son, no dejan de ser un abuso del director, un
ataque frontal a la verosimilitud. Y, sin embargo, hay algo que
consigue, contra todo pronóstico y desafiando todas las leyes de
la construcción de un guión cinematográfico, que aquello
funcione estupendamente. Qui-zá sea el sentido del humor de los
niños que, al fin y al cabo, hace que aquello parezca más un
patio de recreo que una planta de en-fermos casi terminales, o
las relaciones naturales que entre ellos establecen, tal vez la
magnífica interpretación de Juan José
Ballesta, que una vez más interioriza de forma insólita
su personaje, o simplemente que un servidor se está
reblandeciendo por momentos, pero la entrega a la historia de
coraje y superación es casi total, el interés no decae en ningún
momento y, salvo por alguna secuencia de un sensacionalismo tan
descarado que te despierta de la tolerancia al almíbar, la
sensación final es de satis-facción por volver a ser un
espectador ingenuo y desprejuiciado, sensible a la emoción
directa y transigente con la trampa. Contra-dicciones de la vida.
Calificación:
    
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