CRÍTICA
por
José Luis Santos
A Allan Stewart Konigsberg
(más conocido por su seudónimo, Woody
Allen) ya no le basta con reservarse un papel en sus
pelí-culas para imprimir su personalidad y transmitir su
peculiar punto de vista sobre las cosas. Ahora necesita una
representación mayor aún en el guión, y por eso en esta ocasión
duplica y canaliza, de forma velada aunque evidente, su
presencia a través de dos perso-najes. Al modo de las
caricaturas clásicas, Allen muestra al angeli-to y al diablillo
de su conciencia. El primero lo encarna un
Jason Biggs que se convierte en
un alter ego retroactivo del genio de Manhattan, plasmado con
alevosía en los gestos, las expresiones y hasta el tartamudeo
como si se tratara de un intento del director y guionista de
meterse en una máquina del tiempo hasta recuperar una versión de
sí mismo más pura, más inocente (aunque igual-mente atormentada
por sus complejos, sus miedos y sus frustra-ciones), que le
permita aportar a la historia aspectos que como sí mismo ya no
podría plasmar. Y como contrapunto nos presenta a un segundo
personaje que interpreta él mismo en el que vuelca to-dos sus
demonios, para a través de él parodiarlos, humillarlos y
po-nerlos en evidencia sin ningún tipo de tapujos y con
generosas do-sis de profundo cinismo.
Así, “Todo lo Demás” sigue al joven e ingenuo aprendiz de
guionista Jerry Falk en sus tortuosas relaciones per-sonales,
tanto la amorosa con su exasperante pareja (una gélida,
anto-jadiza y egoísta Christina Ricci)
co-mo la terapéutica con su vegetativo psicoanalista, la
profesional con su inoperante agente (Danny
DeVito) y la de amistad con el guionista vete-rano y
obsesivo-existencialista David Dovel, cuyos encuentros sirven a
Allen como tribuna libre desde la que atacar con toda su
artillería más po-líticamente incorrecta. A través de to-da esta
estructura el director de “Annie Hall” no falla a su cita
ha-bitual con el psicoanálisis, la pareja (cuya visión en este
caso es especialmente pesimista e incluso misógina), el judaísmo
(si hace más de tres décadas escribía en un artículo para el New
Yorker co-sas como que “algunos estudiosos creen que la Tora
simplemente sugiere que no se debe comer cerdo en algunos
restaurantes”, en “Todo lo Demás” algunos de los gags más
divertidos toman como blanco la exageración del antisemitismo)
y, sobre todo, se ensaña con el estado de paranoia en el que
vive la sociedad norteameri-cana actual, esa desquiciada
sociedad del miedo armada hasta los dientes y amenazada por todo
lo que sea distinto o se mueva fuera de los cauces
preestablecidos que maravillosamente diagnosticaba Michael Moore
en su documental “Bowling
for Columbine” y que Allen tampoco ha querido dejar
escapar viva de su vitriólica mirada hasta evidenciar el camino
al que se dirige en el desenlace del per-sonaje de Dovel al
final de la cinta. Todo ello, cómo no, en un tra-yecto desde
Nueva York hasta Nueva York pasando por Nueva York: convirtiendo
Central Park en el corazón de sus reflexiones, Allen pasea una
vez más la cámara por múltiples rincones de su ciudad (en una
entrevista bromeaba incluso con lo baratas que re-sultan sus
películas en decorados y localizaciones), recreándose
curiosamente de manera especial en los puentes (en casi todos
los encuentros entre los dos personajes masculinos aparece uno,
la película bien podría haberse titulado, parafraseando a Clint
East-wood, “Los Puentes de Nueva York”) y destilando durante
todo el metraje, como siempre, el aroma de la gran manzana.
Nos encontramos, no obstante, con un Woody Allen que si bien no
renun-cia a sus paradigmas básicos, da la impresión de firmar
una obra de tran-sición, en la búsqueda de nuevos re-gistros
(aunque sea partiendo de nue-vos enfoques a los mismos temas)
sin acabar de encontrarlos por ahora. Eso hace que “Todo lo
Demás” resul-te un film algo irregular e incluso por momentos
confuso, que en ocasiones parece que quiere pero no quiere ser
una comedia y al que debilita un cierto egocentris-mo del
universo de su creador de forma que no se puede evitar una
cierta sensación de que en ella hay “más Woody pero menos cine”.
No quiere decir eso que no merezca la pena su visión, pues una
vez más el clarinetista de la New Orleans Jazz Band demuestra
que incluso sus obras menores se encuentran muy por encima en
cuanto a inteligencia y gracia de la práctica totalidad del
contenido de nuestras estupidiza-das carteleras (se disfruta de
algunos diálogos –especialmente en los delirantes
paseos/encuentros entre mentor y discípulo– franca-mente
brillantes y de chispazos de su inagotable e indiscutible
ta-lento cómico), haciéndole a uno plantearse lo aburrido que
será el mundo del cine cuando no podamos esperar el estreno
anual de Woody Allen. Aunque claro, probablemente a George Bush,
princi-pal valedor de esos histéricos Estados Unidos de América
repre-sentados por David Dovel, le pondría mucho más cachondo
que vié-ramos “S.W.A.T.
Los Hombres de Harrelson” o “Lágrimas
del Sol”. Yo le aconsejaría al sheriff de Texas que
nos deje a todos en paz y si quiere algo excitante siga el
ejemplo del Dovel y, a falta de beca-rias, se monte cualquier
noche un "rodaje" con las “físicamente pre-potentes” Monica
Bellucci, Catherine-Zeta Jones y Charlize Theron. Sería cuando
menos interesante y sorprendente... como todo lo de-más.
Calificación:
    
Imágenes de "Todo lo demás" - Copyright © 2003 DreamWorks
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