CRÍTICA
por
Miguel Á. Refoyo
El reencuentro con la fantasía
"Big fish" supone la vuelta de
Tim Burton al mundo fantástico y es-tético que había relegado en
su deslucida y superflua nueva versión de "El planeta de los
simios"
La carrera de
Tim Burton, consoli-dado como
uno de los creadores más omniscientes del cine moderno debi-do en
gran parte a su involuntaria de-signación de emblema del cine
neo-barroco, supone una suerte de fanta-sía surreal donde la
estética desinhi-bida es su forma de entender y cons-truir la
cultura norteamericana con-temporánea. La excentricidad de sus
historias y personajes outsiders, el exceso mágico de su
reivindicación artesanal en su afán por evocar sub-géneros y su
asombroso logro de transitar y mezclar diversas influencias
genéricas como el comic, la literatura gótica, los cuentos de
hadas, la fantasía, el terror y la ani-mación le han convertido
en un director extravagante e inadaptado a las consignas
impuestas por la maquinaria hollywoodiense. De su infantil y
posmoderna imaginación han salido obras de culto co-mo
"Bitelchús", "Eduardo Manostijeras", "Ed Wood" o "Sleepy
Ho-llow", exhibiciones de un particular catálogo de
sorprendente y fiel estilo roto por ese incomprensible y fallido
remake de "El
planeta de los simios" que dejó entrever una mutación
impugnativa a un cambio que le costó la mala crítica y el miedo
a que su cine susti-tuyera su imaginación por erróneas nuevas
formas experimental-mente comerciales.
El reencuentro
con el mágico universo de
Tim Burton |
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"Big fish", adaptación de
la novela homónima de Daniel Wallace,
es el reencuentro con el mágico universo de Tim Burton como
concepción del cine y la fantasía, unidos esta vez en la
historia que aborda la relación pa-ternofilial entre Edward Bloom
–un cuentacuentos a punto de morir– y su hijo Will, quien trata
de des-cubrir qué se esconde detrás de su fabulista progenitor a
través de las distintas historias de su juventud contadas a lo
largo de su vida. A partir del deseo de su madre Sandra por
reunir al padre con el desencantado vástago, Will comienza a
comprender la debacle de su antecesor y a entender su fabulación
utilizada como fuente de esperanza. En sus relatos hay viajes
alrededor del mundo y ensue-ños que incluyen gigantes, pueblos
encantados, exóticos circos y terroríficas brujas adivinas. Así,
Will deberá aprender cómo separar la realidad de la ficción
mientras aprende a aceptar tanto los logros como los fracasos de
su padre. Una fábula, en su fondo dramática, que si bien no
responde a los patrones genéricos de la carrera de Burton sí
encaja en su particular evolución hacia historias donde la magia
y la fabulación inviten al cineasta de culto a desplegar
nueva-mente su desbordante fantasía visual, característica
primordial so-bre la que se sostiene su reputada fama como
fabricante de sue-ños.
Con esta premisa comienza
"Big fish", una irregular pero hermosa película que podría
interpretarse como una reformulación del cuento de Borges
"Animales de los espejos", donde los sueños, deseos y miedos del
hombre se aúnan en un mundo de fantasía y realidad donde un pez
mitológico es la clave de esta interacción. Sobre esa base de
zoología fantástica se inicia una leyenda planteada como una
oda a la libertad y a la imaginación en la cual el espíritu
libre y creador es visto como un auténtico privilegio vital
im-pregnado de optimismo y esperanza, de creación imaginativa
que debe y tiene que ser heredada para no perder la ilusión en
el mundo, significada en un pez incapturable que respira en un
hom-bre y que es la metáfora ideal de la autonomía de aquellos a
los que la ambición les lleva lejos de su lugar, empequeñecido
por la avidez de aventuras y que terminan, inexorablemente,
regresando a casa.
Tal vez lo más insólito de la
cinta, lo que más extraña de "Big fish", es el alejamiento del
sórdido enfoque gótico al más puro estilo Edward Gorey al que el
cineasta nos tenía acostumbra-dos. Porque esta nueva ilusión
imagi-nativa y fabulista es más adyacente a los propósitos
visuales cromáticos de "La gran aventura de Pee Wee" que a los
oscuros viajes a Gotham City o a "Sleepy Hollow". Una recuperada
per-cepción plástica para desglosar su particular universo
objetual de belleza propugnada en el diseño y puesta en escena
bajo un entorno visual mucho más naturalista. Una belleza que
en manos del director de fotografía
Philippe Rousselot proyecta un itinerario sensorial
definido en las bases de Ma-tisse y más cercano al Disney de sus
raíces que al oscurantis-mo del ilustrador Denslow o los grabados
de Doré utilizados para sus filmes más sombríos. Quizá una
de las carencias del rehabilitado mundo colorista y animado de
Burton sea precisamen-te la nostalgia de una poética más oscura,
delimitada aquí a los mejores momentos de la cinta (como el
descubrimiento de la bruja, la separación en el camino del
gigante Karl o la tormenta que ane-ga una región y sumerge un
coche en su fondo). Aun así, la historia de realidad y ficción
es ideal para que Burton no deje de lado ese estilo féeries
de exquisito barroco, difuminando en los descriptivos fotogramas
de "Big fish" su clara apuesta por la aventura fantástica. Por
eso no sólo hay que ver esta desbordante obra como un tributo de
ilusoria narración épica, sino también como una nueva
invita-ción, esta vez de forma colorista y lenitiva, a un cuento
cimentado en la clave del cine de Burton (sin el acostumbrado
fondo sujeto a la forma): una sorprendente reflexión acerca de
lo que mueve la per-sonalidad y la condición humana, con la
naturaleza de la heteroge-neidad de aquél que es diferente, con
el eterno freak que ha popu-larizado su cosmos visual y
cinematográfico. El director vuelve así a destacar como hacedor
de mundos y submundos habitados por personajes increíbles y
esperpénticos, propios de una imaginación nigromante e
incomparable.
"Big fish" es además, en su
interior, una apología de los buenos senti-mientos y el amor
eterno (aludido en la sirena esquiva que aguarda los mo-mentos
claves) en su estado más emocional. La cotidianidad de la
rela-ción del padre e hijo, melodramática por momentos (a veces
en exceso), recuerdan a la mejor tradición de la ficción yanqui
en su representación más clásica, en la que los cuentos son
transmitidos por generaciones posteriormente realzados como ecos
edulcorados. Tim Burton juega con el tono entrañable para
embellecer su introspección a lo que hay de verdad en lo
imaginado y cuánto aportan los sueños a quienes saben vivir en
ellos. De esta manera, "Big fish" de-muestra la insistencia
de su director por abrir los ojos en la equívo-ca búsqueda de la
verdad de los hechos que impide el descubri-miento de la verdad
emocional. La concepción de veracidad y rea-lidad es suplantada
por una percepción personal y novelera que en-cubre tras ella el
mundo ordinario y perceptiblemente aburrido que envuelve al
hombre. A través de la incredulidad del hijo frente al mundo
imaginario del padre, Burton está haciendo un panegírico a favor
de la imaginación, donde el espectador cae irremediablemente
rendido a la identificación, siendo partícipe de un mundo
irreal, don-de lo que fue y lo que se narra encuentran un punto
común en el que todo parece posible. La verdadera vida para
Burton está en la ficción. Y en ese difícil terreno es donde
realiza la mayor gesta de la película: intercalar la función
principal del cine como arte, en un equilibrio donde el cometido
es hacer soñar al público con un mun-do y una vida mejor.
"Big fish" es un regalo que
lleva al público a evocar aquellas historias que se conjeturan o
se escuchan y perduran como propias en el recuer-do. Historias
que se saben inventa-das, pero que suponen el reencuentro con la
fantasía, el alimento infantil que hace mantener la ilusión. Un
regalo que nos devuelve al esperado Tim Burton fabulador que
logra mediante una aventura irrepetible el encuentro consigo
mismo. Hay que resaltar un ajustado reparto encabezado por
Ewan McGregor y
Albert Finney en el mismo papel
de cuentacuentos, Jessica Lange
y el soseras Bi-lly Crudup
que plantean algunos momentos de destellos interpre-tativos,
aunque pasen desapercibidos ante el barroquismo de la puesta en
escena y de la siempre cómplice ayuda de las notas compuestas
por el genio de Danny Elfman
que aporta con su partitura la dosis necesaria de
fascinación para que "Big fish" se convierta en una sugerente y
mágica película definida en un hermo-so final de belleza eterna
(incluido su epílogo), lleno de signos filo-sóficos socráticos,
aludiendo a la muerte del padre como la última y más expiatoria
experiencia de una vida envidiable. Ya que, des-pués de todo,
Burton ejemplifica mediante la imaginación del hijo una muerte
imaginada. Nada más y nada menos que sumergirse en el río que le
conduzca nuevamente al lugar de donde vino: su propia fantasía.
Calificación:
    
Imágenes de "Big fish" - Copyright © 2003 Columbia Pictures,
The Zanuck Company y Jinks/Cohen Company. Distribuida en España
por Columbia TriStar Films. Todos los derechos
reservados.
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