CRÍTICA
por
David Garrido Bazán
El regreso del forjador de
historias
Todos los que nos declaramos amantes de ese tan raro como
apa-sionante creador de universos mági-cos que es
Tim Burton nos queda-mos un
poco descolocados ante el monumental fiasco, huérfano de ideas y
personalidad, que resultó ser "El
planeta de los simios", un aparatoso y hueco
remake del que sólo recuer-do como mérito que consiguiera, a
buen seguro con toda la intención, que Charlton Heston
apareciera en pantalla avisando de los peligros de las armas de
fuego, lo cual, aunque caracterizado como viejo simio
agonizante, no dejaba de tener su gracia. Burton siempre ha
tenido problemas para conciliar su muy personal manera de
entender el cine y la vida con las urgentes ne-cesidades de las
productoras que habitualmente financian sus deli-rios, y la
prueba de eso es que las películas que posiblemente me-jor
ajustan los objetivos perseguidos con los resultados obtenidos
(singularmente "Ed Wood" –su obra maestra para quien esto
escri-be–, "Eduardo Manostijeras", "Sleepy
Hollow" y la gamberrada titu-lada "Mars attacks!")
han obtenido mucha peor respuesta en taqui-lla que sus obras
–por así decirlo– más comerciales ("Batman", "Batman returns",
la mencionada "El planeta de los simios"), de-jando como
consecuencia al cineasta el eterno dilema de verse forzado a
elegir entre dos opciones opuestas: lo que consigue cier-ta
rentabilidad en taquilla y lo que verdaderamente le apetece
ofre-cer, ya que la síntesis de ambas parece cuanto menos algo
tan complicado de conseguir como la fórmula de la piedra
filosofal.
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Un catálogo de
los personajes, temas y fantasías de Tim Burton |
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Desde ese punto de vista
puede afirmarse con total rotundidad que "Big fish" es una
película que se in-clina más hacia la segunda opción, lo que nos
llena de alegría a todos los que nos sentimos genuinos
ad-miradores de este inimitable crea-dor de personales universos
que sabe mezclar la negrura con la lu-minosidad como nadie,
extraer cierto perverso humor de las situa-ciones más siniestras
y provocar el terror precisamente con la nor-malidad más
alienante, aquella que suele ser intransigente hasta la
intolerancia absoluta con el diferente, con el marginado, papel
en el que Burton se siente especialmente cómodo, aun dentro de
la in-dustria de Hollywood. Incluso podría entenderse esta obra
como un desafío evidente, una muestra rebelde de que prefiere
asentarse fir-memente en su particular manera de entender el
cine y, desde ahí, puede verse "Big fish" como una antología,
un catálogo de los personajes, temas y fantasías que siempre han
poblado las obsesiones del cineasta. Sólo desde ahí puede
comprenderse mejor la gran cantidad de freaks que pululan
por la pantalla; desde gigantes incomprendidos a poetas que se
convierten en atracado-res de bancos, de dueños de circos con
caras ocultas a siamesas con ganas de triunfar en el mundo del
espectáculo, de brujas con ojos en los que puede leerse el
futuro a seres que se convierten en enormes peces.
Y, sin embargo, hay algo más. Bur-ton usa la fuerza que tiene
una pelícu-la que, en el fondo, es una tan con-vencional como
potente –desde el punto de vista dramático– historia so-bre las
difíciles relaciones entre pa-dres e hijos para reivindicar
la im-portancia del fabulador, del cuen-tacuentos, del forjador
de historias y sueños que considera tan (o in-cluso más)
importante la forma de narrar la historia y cautivar la atención
del público como la ma-yor o menor verosimilitud de las mismas.
En una secuencia inicial magnífica, Burton plantea con una
economía de recursos encomia-ble el nudo dramático de la
película: Will niño escucha embelesado las historias que cuenta
su padre Edward, un fabulador que repite las mismas historias
una y otra vez para disfrute de sus oyentes... y la progresiva
desesperación del cada vez más adulto Will, que no acaba de
comprender por qué su padre se empeña en proseguir una costumbre
que él considera infantil y que, además, le impide conocer su
verdadera personalidad. La gota que colma el vaso ocu-rre el día
de su boda, ya que ni siquiera entonces puede restar
pro-tagonismo a su infatigable padre que seduce a todos los
invitados con su maravillosa forma de narrar historias
imposibles. Es enton-ces cuando Will corta la relación con él,
sólo para volver años des-pués a petición de su madre cuando su
padre está agonizante y a partir de ahí iniciar un proceso de
redescubrimiento del enigma que se oculta tras sus increíbles
historias. Todo eso en los cinco pri-meros minutos de película.
Impresionante.
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Un despliegue
visual que no se veía desde los tiempos de "Eduardo
Manostijeras" |
Por supuesto, esto dará lugar
a un nutrido surtido de flashbacks en los que
descubriremos la portentosa vi-da de Edward Bloom, llena de
acontecimientos imposibles que permiten a Burton jugar con lo
que más le gusta, saltar de uno a otro plano con una facilidad
pasmosa, hasta tal punto que desconcierta al espectador, que ya
no sabe a qué atenerse: la fluidez con la que Burton pasa de la
"realidad" al mun-do imaginario e imposible de Bloom provoca un
curioso efecto: por un lado, uno intuye que puede haber parte de
verdad en lo que cuenta; por otro, la parte racional ("normal"
diría con sorna Burton) se niega a aceptar hechos que son
imposibles. Burton juega cons-tantemente a dos barajas y teje
con habilidad una corriente entre los dos planos de la película,
alimentando la parte mágica con dile-mas que son muy reales
(Will está aterrorizado ante su próxima paternidad y la
posibilidad de que su hijo jamás le conozca o le comprenda, como
él no conoce a su propio padre). "Big fish" se convierte así en
una progresiva declaración de principios de Burton, a quien no
le cuesta nada ponerse en el lugar de Ed Bloom, héroe
burtoniano por excelencia.
Usando la capacidad de contar his-torias de Bloom como excusa,
Burton se permite un despliegue visual deli-rante que no se veía
desde los tiem-pos de "Eduardo Manostijeras", film al que se
asemeja en más de una oca-sión: relumbrantes campos de
ama-polas, idílicos pueblos cuya perfec-ción resulta de lo más
inquietante, cir-cos mágicos y seductores, bosques malignos y
perturbadores, el tiempo que se detiene cuando se encuentra el
amor de una vida... Todo en "Big fish" respira Burton por los
cuatro costados, pero aquí también hay algo ligeramente
distinto, que po-siblemente tiene que ver con la evolución
personal del director y el momento por el que atraviesa, pues
hay dos hechos que marcan profundamente la película. Uno es el
fallecimiento reciente del pro-pio padre de Burton (con el que,
como le pasa a Will en la película, no se entendía demasiado
bien), que hace que la película se con-vierta de forma
voluntaria en un canto a la reconciliación de dos for-mas de
entender el mundo, aunque invirtiendo los papeles: en la
película Will es el serio y pragmático y el padre el fabulador.
Por otro lado, Burton vive al
parecer un momento feliz con su pareja
Helena Bonham Carter (que aparece en la película en
un doble papel, de bruja horripilante y de tierna enamorada del
prota-gonista) que le acaba de dar su primer hijo. Eso deja una
huella muy evidente en la manera en que Burton retrata el
apasionado –rayando en el desvarío– romanticismo de la historia
de amor de la pareja protagonista, que a ratos proporciona
momentos maravillo-sos como la secuencia de la bañera (de lejos,
lo mejor de la pelí-cula: muestra cómo se crea la más absoluta
magia con un instante de intimidad real entre
Albert Finney y una espléndida
Jessica Lange) y a ratos puede
llegar a cargar por su exceso de azúcar en una película ya de
por sí especialmente "pastelosa" que no se re-cata lo más mínimo
a la hora de mostrar el amor como único motor esencial de la
vida.
Sería injusto no decir que, pese a multitud de momentos
maravillosos, hay un par de defectos que impiden a "Big fish"
alcanzar el nivel de obra grande que sí tienen otras películas
de Burton. En primer lugar, es una película decididamente
irregular y desequilibrada, pues si bien los saltos constantes
entre realidad y ficción permiten al espectador es-tablecer una
continuidad entre una y otra que las enriquece mu-tuamente, no
todas las historias poseen la misma capacidad de se-ducción
(por poner un ejemplo, no es comparable la historia de Spectro
en dos partes que el episodio bélico en Corea) y una mayor
síntesis de las mismas evitaría cierto agotamiento al
espectador, por más que ese final tan previsible co-mo
emocionante (por cierto, con una idea brillante tomada
directa-mente de una película de Woody Allen sobre otro
fabulador que vive mejor a través de sus historias y personajes
que en la realidad: el escritor protagonista de "Desmontando
a Harry") consiga transmitir bien el mensaje que
Burton pretende desde el primer fotograma: reivindicar el papel
del forjador de historias como alguien necesario para hacer
mucho mejor la existencia, para mejorar nuestras mise-rables
vidas.
En segundo lugar, y esto ya
es a título mucho más personal, un servidor echa en falta uno
de los elementos más característi-cos de Burton como es su
negrura. Aunque uno de los mensa-jes encubiertos de la
película es que los cuentos pueden acabar por hacer daño o
volverse crueles con el paso del tiempo, no hay en "Big fish"
apenas rastro del componente gótico, del humor negro que siempre
ha cultivado; si me apuran, incluso de esa especie de desgracia
continua que parece perseguir a sus protagonistas. A es-te
magnífico Albert Finney (mejor que McGregor, aunque éste lidie
con la parte más difícil) que compone su personaje con enormes
dosis de humor y sorna, teñida de una irresistible ternura; a
esta especie de Juan Sin Miedo empeñado en ser feliz y hacer
feliz a los que le rodean, le falta ese halo trágico de
incomprensión que hacía tan irresistibles a personajes como "Ed
Wood" o "Eduardo Manostijeras" con los que todos nos enamoramos
del cine mágico, peculiar y fabuloso de Tim Burton. Con todo, es
maravilloso tenerle de vuelta, rodeado de la mayoría de sus
marcas de fábrica (como esa estupenda –una vez más– y mágica
banda sonora de Danny Elfman),
seduciéndonos de nuevo desde la pantalla de cine.
Calificación:
    
Imágenes de "Big fish" - Copyright © 2003 Columbia Pictures,
The Zanuck Company y Jinks/Cohen Company. Distribuida en España
por Columbia TriStar Films. Todos los derechos
reservados.
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