CRÍTICA
por
Joaquín R. Fernández
Puntuación: 7.5
/ 10
Banda Sonora Original:
*****
De vez en cuando, y más de lo que algunos piensan,
Hollywood deja de contemplarse a sí misma y lanza su mirada
hacia otras culturas más mile-narias y ricas que la
estadounidense. Una de ellas es, sin duda, la japone-sa, una
sociedad que, como todas, acumula virtudes y defectos en su
de-venir histórico, pero que, desde luego, y a pesar de los
inevitables influjos de la globalización (que, sin embargo, no
ha de tratarse siempre como si fuera una denominación
peyorativa), man-tiene una carismática personalidad. La
introspección de algunas de sus gentes y sus formas a la hora de
hablar y gesticular me resultan muy atractivas, y ello es algo
que hemos podido ver en el cine nipón que, a lo largo de las
últi-mas décadas, ha llegado hasta Occidente. Kurosawa es, sin
lugar a dudas y con todo merecimiento, el cineasta de aquellas
lejanas tierras más reconocido por cualquiera de nosotros, pero
incluso au-tores en principio tan antagónicos a él, como Takeshi
Kitano, acu-mulan en su filmografía alguna obra –en este caso, "A
Scene At the Sea", por ejemplo– que incide en ese pausado y
relajante inti-mismo que algunos tanto admiramos.
No obstante, es el director de "La Fortaleza Escondida" una de
las mayores influencias que podemos encontrar en "El Último
Sa-murái", tal y como han declarado
Edward Zwick
y Tom Cruise,
verdaderos artífices de esta cinta, a diversos medios de
comunica-ción. La quietud y el desarrollo de los personajes nos
recuerdan a la obra de Kurosawa, convirtiéndose el filme en un
sincero home-naje a tan aclamado artista japonés y en una
agradable muestra de que, ante todo, nos hallamos en un mundo
formado por individuos que, si bien se acogen a distintas
tradiciones, han de aprender a respetarse a través de la
convivencia. No es de extrañar, pues, que esta película de
reconciliación esté triunfando en las carteleras del País del
Sol Naciente, aunque me apena que el público estadouni-dense no
haya acudido en masa a verla, provocando con ello que sus cifras
sean más discretas de lo esperado en dicho mercado.
"El Último Samurái" es
una notable mezcla de la cinematografía oriental y de la
occidental, to-mando de cada una de ellas sus mejores cualidades.
Su introduc-ción apenas dura diez minutos, mo-mento en el cual
Nathan Algren (Tom Cruise) arriba a las islas japonesas,
intuyendo el espectador los tormentos que anidan en su interior
sin necesi-dad de que éstos se plasmen explíci-tamente en la
pantalla. Durante los si-guientes veinte minutos del metraje su
personaje ha de entrenar a las tropas del emperador de una
na-ción que pretende modernizarse, comenzando ya entonces a
aflo-rar sólidos momentos dramáticos (Algren ordenando a un
soldado que le dispare para hacer ver a aquellos que ya quieren
enfrentarlos con los samuráis que esos amedrentados campesinos
todavía no están preparados para su misión). En media hora, el
protagonista de esta historia caerá en las garras de aquellos
que en principio son sus enemigos, quienes lo mantienen con vida
con la esperanza de aprender algo de sus artes bélicas.
Durante estos maravillosos sesenta minutos, sin duda lo mejor de
la película junto con su media hora final, los ojos curiosos de
Al-gren se desplazan sobre la aldea en la que residirá durante
los si-guientes meses, conociendo una forma de vida distinta a la
que hasta ahora había llevado. También los guerreros que lo
acogen le observan, aunque en este caso con una agresividad nada
disimu-lada y tan sólo mitigada a causa de la lenidad con la que
le trata Katsumoto, su líder; por contra, los niños esbozan
alguna que otra sonrisa gracias a su maravillosa inocencia. No
obstante, éstos también desean llegar a ser grandes samuráis
como sus padres, algo que provoca escenas tan intensas como
aquella en la que un menor, y a pesar de su corta edad, simula
un combate bajo la lluvia con el extranjero, utilizando para
ello unos palos de madera. Algu-nos hombres, furiosos porque su
rival porte un arma en su propia casa, le dan una injusta paliza
a Algren, sucediéndose entonces una serie de miradas y silencios
entre aquellos personajes que co-mienzan a sentir cierta empatía
por él. Son fragmentos de la histo-ria en los que predomina el
intimismo y la emotividad (Algren pi-diendo disculpas a la esposa
de Hirotaro, a quien mató para defen-derse), una excelente
muestra de cómo puede cambiar el carácter de un hombre amargado
por las miserias de la guerra.
Todo ello lo atisbamos
a través de un preciosista conjunto
técnico, destacando su diseño artístico y ambientación, su
fotografía
–debi-da a
John Toll
y que permite que contemplemos
una fastuosa visualiza-ción de los paisajes– y una espléndi-da
utilización de las masas. El trabajo del director, Edward Zwick,
es igual de meritorio, y ello a pesar de que no me convencen los
típicos «flash-backs» que inciden en el tortuoso pa-sado del
protagonista. A pesar de ello, merecen ser destacados mo-mentos
tan brillantes como las esce-nas que reflejan la intranquilidad
de los soldados de Algren cuando escuchan a través de la niebla
los gritos de los samuráis o el pri-mer encuentro de aquél con
Katsumoto, que contempla con admi-ración la resistencia del
estadounidense frente a las acometidas de varios de sus hombres.
Respecto a la acción, me gusta que Zwick realce los componentes
dramáticos (el ataque nocturno a la aldea o Algren siendo
ayudado por uno de los hijos de Taka, lo que im-plica que el niño
ya siente cierto afecto por el extranjero). La media hora final,
la de la contienda, está muy bien filmada, y el realizador
nuevamente recurre a la tragedia para darle así algo más de
con-tenido (por ejemplo, samuráis que defienden la vida del
americano o la desolada imagen de sus adversarios, que sienten
la deshonra de tener que usar ametralladoras contra unos
enemigos que tan sólo blanden espadas mientras cabalgan hacia
ellos).
Aunque
Tom Cruise quizás cae un poco en la exageración durante la
descripción inicial de su personaje, refleja muy bien en su faz
y en su voz el cambio que se produce en su personaje,
que se torna más calmado y relajado durante su estan-cia en la
aldea. El reparto de actores secundarios es espléndido, en
especial en lo referente a aquellos que dan vida a los
japoneses, pues se identifican pronto sus rostros y
personalidades.
Ken Wa-tanabe
aporta nobleza, compasión y crudeza en una misma ac-tuación,
como si Katsumoto se deslindara en varias personas de-pendiendo
de las circunstancias que lo rodean. Destacar en espe-cial la
interpretación del niño que da vida al hijo de Taka, realmente
sorprendente.
Por último, aclarar que la música de
Hans Zimmer
es, ante todo,
muy in-timista, siendo estos fragmentos de su banda sonora lo
mejor de la mis-ma, aunque es cierto que muchos de sus habituales
seguidores apreciarán con mayor entusiasmo los temas más
contundentes de la partitura, con esas notas heroicas y repletas
de co-raje que se convierten en una digna representación de la
sonoridad japo-nesa. Destacar también su energía en los pasajes
de acción, como cuando los samuráis parten a caballo hacia la
batalla, utilizando adecua-damente el compositor alemán unas
voces guerreras que también se convierten en un auténtico efecto
sonoro dentro del filme. Es sin duda un hermoso trabajo que
contribuye a otorgarle a la película la honorabilidad que sin
duda merece.
Imágenes de "El último samurái" - Copyright © 2003 Warner Bros
Pictures, Radar Pictures, Bedford Falls Company y Cruise-Wagner
Productions. Distribuida en España por Warner Sogefilms. Todos los derechos
reservados.
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