CRÍTICA
por
David Garrido Bazán
Ulises en la Guerra de
Secesión
La obra de Anthony Minghella
parece estar marcada por su gusto por las adaptaciones
literarias. Tras arrasar hace unos años con la exitosa "El
paciente inglés" y despertar cierta injusta indiferencia con "El
talento de Mr. Ripley" –películas ambas bastante más
personales de lo que muchos han querido reconocer por su
procedencia–, Minghella se ha embarcado de nuevo en una lujosa
adaptación de otro best seller, ambientado en la Gue-rra
de Secesión y en la que el novelista
Charles Frazier aprovechaba una anécdota familiar
real para, hermanándose con la clásica "La odisea" de Homero,
construir un relato que se centraba tanto en la peripecia del
Uli-ses que vuelve a su casa desde el frente sorteando mil
peligros como en la difícil tarea de supervivencia de una
Penélope superada por su obligación de mantener en pie su casa
en la retaguardia.
Con estos mimbres, un presupuesto más que holgado y un reparto
de lujo entre manos, Minghella reconoció con facilidad las
partes del relato que más se ajustaban a su visión particular
del cine y ha tratado de centrar su película en ellas, con
desi-gual fortuna. "Cold Mountain" es una pelícu-la que
reflexiona sobre aspectos más que in-teresantes sobre la
condición humana en tiempos de necesidad y guerra, sobre las
consecuencias de la violencia desatada o in-cluso sobre los
valores que a veces surgen de esos mismos tiempos convulsos,
pero por encima de todo, Minghella habla sobre el amor y la
necesidad del mismo como plante-amiento vital más allá de
cualquier otra consideración. Así evoluciona el personaje que
interpreta Jude Law, el
soldado confederado Inman que, como muchos antes que él,
reflexiona herido en la cama de un hospital –sobre el sinsentido
de una guerra que nunca ha sentido como suya, sobre sus
prioridades–, y que resuelve convertirse en un desertor,
atravesando cientos de kilómetros a pie para reunirse con su
amada, que le suplica de-sesperada que vuelva ante las múltiples
dificultades que atraviesa su situa-ción en la retaguardia.
El problema principal de
"Cold Mountain" es que su tema central es una relación tan
intensamente romántica como mal contada y perfilada por
Minghella, que en ningún momento consigue conven-cer a los
espectadores de la fuerza de los sentimientos de la pareja
protagonista, cuyo inicio de relación se muestra por medio
de unos desa-fortunados flashbacks que se traducen en una
frialdad inexplicable por par-te de un autor que desde luego ha
demostrado en el pasado más que so-bradamente su capacidad para
conmover o emocionar al espectador. La re-lación descrita entre
Inman y Ada (una desafortunada Nicole
Kidman que, quizás por la tortura emocional de su
rodaje anterior con Lars von Trier en "Dogville",
no acierta con el tono de su personaje y hace su peor
interpreta-ción en años), construida a partir de unos fugaces
instantes de intimidad, unas conversaciones de las que se pueden
contar las palabras que se in-tercambian y un apasionado beso de
despedida, no es que no resulte creí-ble, es que su frialdad es
tal que afecta a todo el desarrollo posterior del film. Quizás
si la construcción temporal de la misma fuera otra, la columna
central de la película no estaría compuesta de un material tan
frágil y el balance final de "Cold Mountain" no dejaría un
regusto tan amargo. Porque, a pesar de todo lo antedicho, la
película contiene apuntes de la notable obra que hubiera podido
ser y, afortunadamente, tiene otros elementos que hacen que se
vea con agrado y se siga con interés, más allá de su eviden-te
falla.
Por un lado tenemos el largo retorno del per-sonaje de Jude Law,
que interpreta desde la contención, expresando mucho más con la
mirada y sus elocuentes silencios el viaje es-piritual de un
hombre que comprende a tiem-po lo que resulta verdaderamente
importante. Minghella no está en absoluto interesado en hacer
una lectura personal de la Gue-rra Civil Americana y, de hecho,
pasa de puntillas por los motivos que llevaron a ella e incluso
se desentiende de los re-sultados de la misma, abandonando
las ba-tallas para centrarse siempre en el destino de Inman. En
realidad, Minghella se limita a mostrar un sangriento y brutal
pasaje de la misma más con la intención de hacernos comprender
el derrumbe de los valores de Inman, que comprende que nada de
lo que le ha sido enseñado para diferenciar el bien del mal
tiene sentido en una contienda en la que un bando no escatima
toneladas de pólvora para hacer saltar por los aires a sus
enemigos, sin diferenciar soldados y civiles, y el otro no duda
en per-petrar una salvaje matanza en cuanto tiene oportunidad:
esa primera se-cuencia llena de furia, barro, violencia brutal y
el caos más absoluto que, aunque confusamente narrada por
Minghella en un intento de provocar des-concierto, permite a
Inman tomar su decisión sin remordimiento alguno de conciencia y
convertirse en desertor por una causa mucho más noble. Co-mo ya
hiciera el Almassy de "El paciente inglés" vendiendo sus planos
a los nazis para tratar de salvar a su amada, Inman no duda en
abandonar a sus compañeros de armas en busca del amor que le
espera en casa. No es complicado encontrar los puntos de
contacto entre una película y otra, aunque no deje de resultar
sorprendente que, en estos tiempos en los que el patriotismo
está en auge y la política oficial de los USA va en sentido
opuesto, "Cold Mountain" se revele como una película
decididamente paci-fista y nada bélica, algo de lo más
estimulante.
El largo camino a casa de
Inman no hace sino confirmar lo que ya ha to-mado forma en su
mente: nada tiene sentido excepto volver a Ada. Sus su-cesivos
encuentros van desde lo patético a lo épico y salta con
facilidad del sinsentido de la violencia y el caos a los
momentos de ternura o la ayu-da desinteresada. En este
itinerario real que es más un viaje espiritual (tan obviamente
tomado de la vuelta de Ulises a Itaca narrada en "La odisea" que
hay hasta una divertida relectura del pasaje de las sirenas,
como ya ocurriera en "O
brother!" de los Coen), los encuentros de Inman con los
se-res humanos con los que se cruza son ejemplos constantes de
cómo las siempre difíciles relaciones humanas se degradan de una
u otro forma por algún vicio que la necesidad hace crecer. Entre
ellos destaca con luz pro-pia el episodio con la joven viuda
interpretada por Natalie Portman,
cuyo intimismo y hermosa ternura se ve bruscamente interrumpido
por la brutal irrupción de esa guerra siempre presente. La
mirada final desde el marco de la cabaña resulta tan
desalentadora como reveladora de los negros pen-samientos de
Inman sobre la condición humana.
Paralelamente, el otro punto de interés de la película se centra
en las penalidades de Ada para sacar adelante su granja. Al
igual que en el caso de Inman, aquí estamos ante otro proceso de
aprendizaje que no se detiene en las duras tareas de labranza
que la señorita bien educada que interpreta Kidman ha de
conocer, sino en la relación que se establece entre ésta y una
estupenda Renée Zellwe-ger
(de lejos, lo mejor de la función, pese a un doblaje cuanto
menos dudoso) que inter-preta a una descarada y maleducada mujer
de campo que se revela como lo más opues-to a Ada, y a la vez,
justamente lo que nece-sita en ese momento. En manos de otro
realizador menos hábil, la presen-cia del personaje de
Zellweger, que aparece casi como contrapunto humo-rístico entre
tanta miseria, no adquiriría la notable capacidad de conmover
que tiene tanto la evolución de la fuerte amistad que surge
entre ellas co-mo la relación de Ruby con su padre (un estupendo
Brendan Gleeson), otro
desertor en busca de recuperar relaciones largo tiempo perdidas.
La lucha de estas mujeres por
sobrevivir tanto al hambre como a la brutal injusticia con la
que se manejan los pocos hombres que quedan en la reta-guardia
ofrece, por un lado, un tono más equilibrado a la película, que
res-pira y descansa ocasionalmente de tanta tragedia gracias a
su ligero senti-do humorístico y, por otro –y mucho más
importante–, ofrece una intere-sante reflexión sobre el papel de
las mujeres en la retaguardia no ya de la Guerra de Secesión,
sino de cualquier guerra, acertadamente resumida por Ruby en la
frase “Los hombres provocan la tormenta y luego se quejan de
estar mojándose por la lluvia”: Mientras los hombres se matan
unos a otros en guerras de dudoso sentido, son las mujeres las
que aprenden, crecen y construyen. Decididamente, en "Cold
Mountain" Penélope dista mucho de permanecer ociosa en su telar
mientras espera el regreso de Ulises.
"Cold Mountain" no es en absoluto una pelí-cula desdeñable,
aunque la ya mencionada debilidad de la historia de amor que
debiera ser la columna vertebral de la película provo-que que su
resolución no sólo provoque indi-ferencia, sino que posea un
aire entre forzado y oportunista que genera bastante
insatisfac-ción y un regusto muy amargo al salir de la sala, ese
conocido sabor de la diferencia en-tre la película que se
prometía por las imáge-nes de la misma y la que finalmente
resulta. Pero, dejando esto aparte, "Cold Mountain" tiene sus
puntos fuertes en los pequeños detalles, en la minuciosa
reconstrucción de una época y una atmósfera (algo a lo que
contribuye tanto el excelente trabajo de dirección artística de
Dante Ferretti como la fotografía
de John Seale o la por momentos
espléndida banda sonora original de
Gabriel Yared) y en la evolución de algunos de sus
personajes. Quizás su afán por seguir las reglas del ci-ne de
gran presupuesto y espectáculo (algo perceptible en las escenas
de batalla y en los abundantes planos paisajísticos) no comulgue
bien con lo que mejor se recuerda de la película: los pequeños
pero intensos detalles de intimismo de algunos de los episodios
de Inman o de la relación entre Ruby y Ada, que tienen mucha más
fuerza que aquellos a los que se pre-tende infructuosamente
otorgar una mayor trascendencia.
Calificación:
    
Imágenes de "Cold Mountain" - Copyright © 2003 Miramax Films, Mirage
Enterprises y Bona Fide Productions. Distribuida en España por
Buena Vista International. Todos los derechos
reservados.
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