CRÍTICA
por
Manuel Márquez
Puede que los caminos del Señor sean insondables, pero
los del cine español con pretensiones de competitividad
comercialidad (lé-ase: dispuesto a plantar cara en la taquilla a
las megaproducciones estadounidenses) sí parecen estar muy bien
trazados: se trataría de transitar por las sendas abiertas por
el amiguete Segura con las
dos entregas de su simpar detective Torrente, y allá penas, que
todo lo demás llegará por añadidura. La fórmula puede tener una
apariencia tan sencilla como eficaz, pero será cuestión de
esperar y ver los resultados del tratamiento.
En
cualquier caso, Andrés Vicente Gómez,
una de las figuras señeras de la producción cinematográfica
española (terreno más asimilable a la estepa siberiana que a la
jungla amazónica), hasta el punto de firmar las películas que
produce –algo poco habitual en nuestro cine–, se ha liado la
manta a la cabeza y, arrancando des-de un guión de dos noveles –Joaquín
Górriz y Miguel Ángel
Her-nández– repleto de caspa, cutrerío y humor grueso
por sus cuatro costados, ha reunido al equipo de actores y
director que le ha pare-cido más competente para cuajar un
proyecto de esas mismas ca-racterísticas y ha puesto sus cartas
sobre el tapete. Hagamos, pues, juego y entremos en materia.
La idea de partida no tiene mucho de arriesgada: se trata de
coger a una pareja protagonista con suficiente gancho comercial
(en el caso de Se-gura, se trata de una opción más que
contrastada; y en cuanto a Florenti-no
Fernández, aun cuando se trate, formalmente hablando,
de un debutan-te, sus tablas en otros medios –televi-sión–, su
fama y su vis cómica le convierten en una elección también de
acierto garantizado), rodearlos de un elenco amplio y variado de
secunda-rios y colaboradores atractivos –en-tendiendo que,
cuando hablamos de atractivo, no lo hacemos necesariamente desde
la perspectiva de su calidad interpretativa: ahí cabe desde una
modelo renombrada por ser la esposa de un archiconocido cantante
hasta un pelotero con veleidades rocanroleras o un
cantautor de relumbrón, pasando (eso sí) por un buen puñado de
actores y cómicos de raza– y colo-carlos en el centro de una
trama lo más desmadrada y absurda po-sible (en este caso, se
trata de hacerle un centrifugado –heavy metal en sus
apariencias, y escatológico en sus formas– a lo que, en su
planteamiento, no dejaría de ser la típica historia de amor de
una comedia romántica al uso: chico conoce a chi-ca, chico
se enamora de chica, chica empieza a corresponder tími-damente a
chico, chica abandona a chico –tras un episodio fuerte– y,
finalmente, chico reconquista a chica –ma non troppo,
claro es-tá, que hay que introducir algún matiz
diferencial...–).
Y hay que
reconocer que el invento, dentro de su contexto y aten-diendo a
sus premisas, lo que es funcionar, funciona. El director,
Chema de la Peña, un hombre al
que se le nota que se desen-vuelve con comodidad en un estilo de
dirección bastante frenético y desenfadado, con una fuerte
presencia de elementos del pop y del rock, y con un uso (no
siempre bien medido ni dosificado) de for-mas y códigos del
lenguaje audiovisual publicitario (no en balde, es ahí donde ha
desarrollado buena parte de su quehacer profesional
anteriormente), acierta a dar con la tecla que mejor se aviene a
un guión de ese corte y genera un batiburrillo de imágenes –por
mo-mentos, un tanto aturulladas, todo hay que decirlo– con el
cual ter-mina contándonos, sin excesivos problemas, la historia
que quería contar.
Historia que, más allá de lo que arriba se apuntaba acerca de su
plan-teamiento, tampoco es excesivamen-te complicada, y se
observa con clari-dad cómo bebe de ciertas fuentes y
referentes de manera más o me-nos confesa: desde las
películas de los hermanos Farrelly (y muy espe-cialmente, de
"Algo pasa con Mary"), de las que toma los elementos más
escatológicos, a las primeras come-dias de Almodóvar (los
excursos pu-blicitarios nos retrotraen a esos co-mienzos del
director manchego, en que tan dado era a tal recurso) o esa
pieza de culto de Álex de la Iglesia que es "El día de la
bestia", de la cual adopta, sin ambages, buena parte de la
imaginería metalera que empapa toda la trama. Y, para terminar
de colmar el vaso del cutrerío, todo el gusto y solaz que por lo
más sórdido y repugnante físicamente hubiera podido mostrar el
ínclito Torrente creado por Santiago Segura en las dos películas
manufacturadas hasta la fe-cha. Que no es poco, desde luego...
Añádasele algún gag verbal in-genioso, y situémosla en un
entorno físico adecuado y ya tenemos en la coctelera todos los
ingredientes necesarios para cuajar un digno ejemplar de comedia
gamberra a la española.
En cuanto
a un somero repaso por el capítulo interpretativo, tam-bién
podemos considerar, sin echar mano de un rigor excesivo, que
todos los miembros del elenco, cada cual en su nivel y con-forme
a lo que se les demanda, cumplen con suficiencia. Los
protagonistas, según ya se apuntaba, se mueven dentro de las
ex-pectativas marcadas: Segura incide, y reincide, sin empacho
algu-no, y con todo descaro, en todos sus tics y modos
habituales, para conformar una especie de “bestia tierna” muy
cercana a la que cre-ara para Álex de la Iglesia en la también
antes citada "El día de la bestia"; y Florentino Fernández no
defrauda lo más mínimo al res-petable: aguanta perfectamente el
tirón de su compañero de andan-zas y termina por brindar un
personaje apto para engrosar la galería de frikis nacionales en
un puesto señero. Y el resto, pues un poqui-to de todo: a modo
de resumen, y espigando, habría que mencionar a
Jaydy Michel, la modelo
reconvertida en actriz –y objeto de los amores del desdichado
Isi–, que cumple, a secas –tampoco sus lí-neas de guión le
exigen mucho más que eso–; o a Miguel
Ángel Rodríguez, alias el Sevilla, francamente
desaprovechado y oscure-cido forzosamente ante la necesidad de
que no haga sombra a los que han de ser dueños absolutos de la
función.
En definitiva, "Isi/Disi: Amor a lo bestia" no pasará a
engrosar los listados de las grandes películas de la historia
del cine español, ni será recordada por la belleza de sus
imágenes, ni por su derroche de sensibilidad, ni –muy
probable-mente– siquiera por el humor de las ocurrencias de su
disparatado guión. Pero como tampoco es nin-guno de ellos su
objetivo, nunca se podrá considerar que, por no haberlos
alcanzado, la película haya sido un fracaso. Su éxito o fracaso
habrá que medirlo, obviamente, a la vista de sus cifras de
recaudación: algo legítimo, por supuesto, y por lo que tampoco
cabría hacerle repro-che alguno; cada cual es el dueño de sus
ambiciones y pretensio-nes. Además, andando el camino, seguro
que alguno que otro se echará unas risas. Y, por supuesto,
siempre nos quedará... Lega-nés (no es París, pero queda
bastante más cerca).
Calificación:
    
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