CRÍTICA
por
Rubén Corral
Más humano que humano
A las películas sobre la vida
de Jesucristo hay que llegar con muchas precauciones. Una vez
despojado al personaje de su aura divinizada –precaución nada
baladí si se pretende una película algo más verosímil que
algunos de los Evangelios– y llevado a Jesús de Nazaret hacia su
lado más humano –si, como la película de Gibson pretende, se
busca una identificación de los padecimientos del pro-tagonista
con los del espectador–, la competencia que puede ha-berse llevado
por delante un director –y persona, según leo en algu-nas de sus
declaraciones– al que tan poca estima tenía como
Mel Gibson es
mucha: toda una serie de películas que tratan a Jesu-cristo como
si de un sacerdote se tratara, engoladas ilustraciones de época
con túnicas inmaculadas y largas melenas y barbas re-cién lavadas
y recortadas (desde la incomprensiblemente influyente nadería
firmada por Franco Zeffirelli en su miniserie televisiva de 1977
hasta “La historia más grande jamás contada” por George Stevens
de 1965, pasando por la versión de Cecil B. DeMille de “Rey de
reyes”, o el “Jesucristo Superstar” de Andrew Lloyd Web-ber o
Norman Jewison).
No obstante, “La
Pasión de
Cristo” también
deja entrever los mismos achaques en algunos flash-backs en los
que Jesús, a lo largo de su Via Crucis, recuerda momentos de su
vi-da, y también momentos de los tres años que empleó para
explicar su mensaje. Sobre todo en estos segun-dos, en los que
Jim Caviezel (cris-tiano de pro, según se ha encargado la
promoción de la película de recal-car) actúa de manera
exactamente contraria a como lo hace en los crue-les, casi
insoportables, planos en los que Gibson detalla el martirio y
cruci-fixión de Cristo. Es decir, mientras su actuación en la
fase de “la pasión” es humana, muy humana, en los flash-backs
tien-de a ser caricaturesco: de nuevo el Jesucristo episcopal,
que pa-rece haber vivido dos mil años a la sombra de la iglesia,
y al que han borrado toda seña de humanidad. En este sentido, no
nos ex-traña que Caviezel haya dicho en varias entrevistas que se
basó en el trabajo de Robert Powell, que en los 270 minutos que
duraba la miniserie dirigida por Zeffirelli limitaba sus
registros a expresar con el rostro y el tono de voz
“trascendentalidad”.
Aun así, no hay que dejar que
caigan en saco roto muchos de los aciertos mostrados por Gibson,
un director que, a diferencia de su rendición ante el mensaje
demagogo de una película aparentemen-te intocable (por el fervor
de sus defensores) como “Braveheart” (1996) o de la pretendida
gravedad de “El hombre sin rostro” (The man without a face,
1993), aquí consigue imágenes que mantener en el recuerdo. Son
secuencias memorables, como aquella en la que la madre de Jesús,
con las toallas que le da la mujer de Pon-cio Pilatos, limpia la
sangre de su hijo en el patio de torturas en el que ha sido
azotado; o aquella en la que, tras caer Jesús con la cruz por
segunda vez (inciso: la película, que no se libra de mu-chas
constantes folklóricas, sí que evita hacer caer a Jesucristo
sólo tres veces), María corre a socorrerlo tal y como lo hiciera
cuando era pequeño. Quizá porque Maia Morgenstern esté más
adecuada que ninguno en su papel, quizá porque Mel Gibson le
otorga una tarea fundamental a la hora de conseguir la
humaniza-ción de Jesucristo, son los momentos de más hondo calado
senti-mental para el espectador.
En el balance de la película
también hay que mencionar el tratamiento dis-pensado a dos de los
personajes más interesantes de “La Pasión de Cristo”: Judas y
Poncio Pilatos. Teniendo en cuenta que la misma tradición (la
le-yenda) que ha terminado por convertir a Jesús en una suerte de
sacerdote ha llevado a lo más profundo de los in-fiernos a estos
otros dos personajes, Mel Gibson logra presentar de manera
acertada a Pilatos (el actor de ascen-dencia búlgara
Hristo
Naumov Sho-pov), un hombre cabal pero indolente, víctima de su
propia desidia, de su rencor hacia un sistema que lo ha llevado
a ocupar el cargo de go-bernador en una de las provincias menos
deseadas y más proble-máticas, indolente y aun así sabedor de
que resulta más peligroso para el propio pueblo que pide la
crucifixión de Cristo dejar en liber-tad al asesino Barrabás. Con
Judas, la cosa es diferente: hay ges-tos mucho más de voluntad
que de descripción con el fin de no sa-car a Judas Iscariote de
su rol tradicional, acrítico y acartonado. Me estoy refiriendo a
gestos como que los fariseos le lancen abier-ta la bolsa con las
treinta monedas de plata, para que éste tenga que agacharse a
recogerlas una por una; o su cobardía manifiesta a la hora de
intentar huir de la presencia de su maestro cuando tie-ne que
entregarlo. Si de una película con presunta vocación huma-nística
estamos hablando –nada más humano que el martirio y la
crucifixión de Cristo–, aquí Gibson yerra.
Llegado a este punto el
espectador, enfrentado a tantos ires y venires, le asalta la
duda de si Gibson pretendía una visión humanista de Jesús o si,
por el contrario, ha sido todo un em-peño caprichoso por ilustrar
la parte más terrible de los Evangelios. Lo único que queda es
una película polémica, estimu-lante, que incita al debate del
mismo modo que en su día hicieran “El Evangelio según San Mateo”
de Pier Paolo Pasolini o “La última tentación de Cristo” de
Martin Scorsese. Películas ambas –dirigida la primera por un
comunista ateo y homosexual, pero la segunda por un católico– que fueron criticadas por instancias eclesiásticas por fariseas
razones. No ha ocurrido lo mismo con “La Pasión de Cristo”.
Otra de las lecturas
aplicables al film es el estudio que este mar-tirio y crucifixión
es sobre la crueldad humana, sobre ocupaciones, sobre asesinatos
preventivos y sobre los miedos que nos empeña-mos en construir: a
los blasfemos o a los integristas.
Calificación:
    
Imágenes de "La Pasión de Cristo" - Copyright © 2004 Marquis
Films e Icon Entertainment International. Distribuida en España
por Aurum. Todos los derechos
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