CRÍTICA
por
Miguel Á. Refoyo
La efectista violencia de un
calvario
"La Pasión de Cristo" no es más
que un producto de calculada trascendencia comercial que
removerá el corazón de los fácilmente impresionables
En nuestra cultura occidental, desde Giotto –hacia finales del
1200– hasta la magnífica era de los grandes pinto-res seculares
holandeses del Siglo XVII, las imágenes de Jesucristo y su
Pasión han sido imprescindibles en el entendimiento del Arte. En
el cine (sobre todo en el épico) también ha habido una
predilección histórico-bíblica hacia el sufrimiento y
muerte de Cristo. En una época dominada por los grandes
blockbusters comer-ciales, los remakes, el cine
repleto de sangre y las películas de efectos es-peciales,
Mel Gibson ha tenido a bien
acopiar todos estos elemen-tos y fusionarlos con el siempre
controvertible y comercial argu-mento de la religión, aderezado
además con una suficiente canti-dad de escándalo que persigan su
nuevo filme al proponer esta es-perada y propagada "La Pasión de
Cristo". Para su salmo cinema-tográfico-religioso, Gibson
ha tomado como referente las revelacio-nes que aparecen en el
libro "La dolorosa Pasión de nuestro Señor Jesucristo", de la
mística alemana Ana Catalina Emmerich. La pelí-cula comienza con
Jesús de Nazaret orando en el Monte de los Olivos en Getsemaní.
Allí, Satanás tienta a Jesús para convencerle de que abandone su
misión redentora. Los soldados romanos se llevan al Mesías
debido a la denuncia de Judas. Cuando Poncio Pi-latos dicta su
destino secundando la petición de los judíos, el Hijo de Dios
tiene doce horas antes de que fenezca en la Cruz sobre el
Gólgota. Éste es el comienzo de la polémica visión de Gibson,
del último medio día de Jesús. Un argumento que consiste,
básica-mente, en la selección de tres o cuatro capítulos de cada
Evangelio (en Mateo, 26-28; en Marco, 14-16; en Lucas, 22-24; y
en Juan, 18-21) para narrar, con todo lujo de detalles, el
calvario que sufrió el Profeta antes de su muerte.
Mucho se ha hablado de la explícita violencia de "La Pasión de
Cristo". Y no es difícil apoyar esta abusiva direc-triz a la
hora de hablar del filme de Gibson. Transcurridos unos minutos,
la extrema rudeza del contenido vio-lento comienza tras la
captura de Je-sús, dramatizada instantáneamente con un recital
de abusivos golpes por parte de los soldados romanos que le
descuelgan por un puente. Es la pri-mera acción cruenta de un
amplio ca-tálogo de golpes (con un variado in-ventario de armas
de tortura), latiga-zos, guantazos, pateos, heridas, esputos,
sangre y brusquedad con la que se condimenta una película
mantenida en la fuerza san-grienta de su imagen. A lo largo
de las más de dos horas que dura este espectáculo ultragore,
el espectador es flagelado con el rebuscado efecto de la imagen
sádica y de la angustia atroz que produce un sobredimensionado
sensacionalismo en busca del estremecimiento. Tras esa
hosquedad, Gibson oculta su obstinada búsqueda de lo comercial,
lo polémico y lo ven-dible. Sin embargo, y a pesar de situarse
cerca del splatter de las películas más sangrientas del
subgénero (recreándose en el efec-tismo absurdo de cada golpe
para provocar unas reacciones que harán efecto en aquellas
personas desacostumbradas al cine de te-rror contemporáneo y que
altere a las que van a ver la cinta como un evento puntual), "La
Pasión de Cristo" no es más que un pro-ducto de calculada
trascendencia comercial y emocional, de estéti-ca acentuada e
indigesta, que removerá el corazón de los fácilmen-te
impresionables y a los que no sepan ver más allá de los más
ob-vios recursos cinematográficos utilizados por Gibson.
Más allá de esta polémica, la terce-ra película del cineasta no
cuenta na-da nuevo. De su supuesta literalidad del fondo
pasional del calvario deviene uno de los mayores problemas de
"La Pasión de Cristo". El mismo de todo filme literario: su
total previsibilidad, la sensación de haber visto lo narrado
muchas veces. Algo que se deja ver tras frases, escenas y
parábolas por todos conocidas y sabidas. Para in-tentar camuflar
este gran problema medular, Gibson se centra básica-mente en un
detallismo que ambicio-na la crudeza del documental y hace
minuciosa la tortura y muerte de Cristo en la Cruz. Todo un
error que absorbe por completo cualquier rasgo estilístico de un
Gibson que falta a su coherencia como director dejando que el
impulso de sus imágenes resulte evangélico y épico. De ahí que
el realizador asfixie a la platea con una reiterativa y
plomiza cámara lenta para exaltar gestos y momentos de una
solemnidad y drama-tismo a veces inexistentes y que quedan
totalmente desluci-dos por ese ímpetu de aproximar al espectador
al sufrimien-to y a la barbarie en un simulado epicismo del que
sin duda carece el filme. Hay por tanto un impulso por
contar cómo fueron las cosas hace dos mil años, abusando de
artificiosos recursos pa-ra dar verosimilitud a la historia.
Algo que no sucede en un guión que adolece muchas veces de falta
de coherencia.
En este desabrido terreno destaca la concesión licenciosa a
introducir una subtrama del Diablo a lo largo de la historia.
Antagonismo que, a partir de su primera aparición, se manifiesta
en miradas malignas y en una inexplica-ble utilización de
efectos especiales de maquillaje (hay que destacar la ve-racidad
de la sangre en la labor de Greg Cannom
y Kelley Mitchell) más
propios de una película de terror slasher que de una
cinta teológica co-mo la que pretende otorgar Gibson a los
fieles creyentes. Una errónea for-ma de mostrar la dicotomía
entre el Bien y el Mal que se materiali-za en ese final
condenatorio del Diablo en contraposición a un epí-logo a lo
"Terminator" de Jesús de Nazaret, resucitando con un gol-pe de
efecto musical más descifrable en una película de acción que en
esta equívoca muestra de aparente realismo. La excedida
heroi-cidad sobrehumana que convierte a Jesús en un impertérrito
super-héroe capaz de soportar la inclemencia de unas palizas
físicas im-posibles de concebir o la caricaturización de algunos
personajes como un Herodes extremadamente gay o un
Barrabás transformado en ogro fabulesco son algunos de los
ejemplos de la sátira licencio-sa de un Gibson que desperdicia
la ocasión para indagar en la si-tuación de aquellos judíos que
no comprendieron el mensaje de Je-sús y de cómo éste reaccionó
por ello, dejándolo en algo insinua-do, velado, desdibujado.
El director de "Braveheart" prefiere mostrar la historia con un
desmesurado maniqueísmo donde los asesinos son todos y donde
sólo hay una víctima: Jesús. Judas Iscariote le traicionó,
las autoridades judías le enjuiciaron, los apóstoles le
abandonaron (Pedro le negó), el rey Herodes se río de él,
Pilatos le condenó, la masa pública pidió su muerte, los
sol-dados del imperio romano le azotaron y crucificaron… Todo
ello ha-ce que "La Pasión de Cristo" sea vista tan sólo como una
flagela-ción paroxística en su goce culpable, como una vacua,
violenta-mente efectista muestra de carencia de efusión de la
que se supo-ne que habla. Una efusión emotiva que alcanza su
gran fuerza en la sugerencia de los mejores y más valiosos
momentos de la película, aquéllos en los que se aprecia la
Pasión a través de los ojos de María y María Magdalena, papeles
fundamentales reducidos aquí a simples espectadoras
horrorizadas.
Para evitar caer en un
aburrimiento que se apodera del ci-néfilo desde sus primeros
compases, Gibson recurre a peque-ños flashbacks de
relleno bíblico para no acusar la lentitud del evento que es
este indolente suplicio. Es la paupérrima for-ma que tiene
la película de mostrar la conexión entre la Pasión de Jesús y
los Sacramentos (en siete momentos se refiere a los re-cuerdos a
la Última Cena). Esto y algunos momentos evangélicos, como la
presentación de líderes religiosos como Nicodemo y José de
Arimatea forzados peligrosamente a defender al hijo de Dios,
Simón y su forzosa ayuda a Jesús con la Cruz y el hermoso
mo-mento (posiblemente uno de los únicos en los que Gibson haya
acertado dilatando la prorrogable e insistente partitura de
John Debney) en que Verónica se
acerca a Jesús para limpiar su cara, hacen que la historia tenga
algo de interés.
En cuanto al reparto, Jim Cavie-zel
compone uno de los papeles más fáciles que un actor haya
de-sarrollado últimamente al inter-pretar a un Cristo sin
pasión, abu-rrido y que debido al énfasis vio-lento de Gibson
sólo permite ver en su registro quejidos entrecorta-dos y gritos
de sufrimiento. Todo lo contrario que un maravilloso reparto
ecuménico de actores desconocidos a los que se suman una
admirable Monica Bellucci y,
sobre todo, la prodigiosidad de una intensa y ator-mentada
Maia Morgenstern. Otra de las
pocas virtudes que encuentra "La Pasión de Cristo" es el riesgo
de jugar con el historicismo llevado al exceso, percibido en las
len-guas del Israel del Siglo I (el latín para los personajes
del Imperio Romano, el arameo para los hebreos no cultos) que se
utilizan en la película. Un hecho intrascendente que tendría su
importancia si se viera el concepto de sacrificio diluido y
olvidado para ahondar en su valor propiciatorio, lo que
permitiría comprender, en un corte transcultural, el significado
del sacrificio humano en el conjunto de nuestras culturas. Pero
esto no es así en el filme de Gibson. El re-sultado de todo ello
es una película pretenciosa, por momentos monótona, que apoya
sus mejores valores artísticos en el re-dundante tratamiento
fotográfico de Caleb Deschanel
inspira-dos en el tenebrismo de las pinturas de Caravaggio.
Una pe-lícula que ha provocado una reacción que va más allá de
la misma cinta y de su director, incluidos en la comercialidad
de una más que excelente campaña de marketing. Eso y simplemente
eso es "La Pasión de Cristo", vista por Mel Gibson.
Calificación:
    
Imágenes de "La Pasión de Cristo" - Copyright © 2004 Marquis
Films e Icon Entertainment International. Distribuida en España
por Aurum. Todos los derechos
reservados.
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