CRÍTICA
por
José Luis Santos
Después de pases previos en el Va-ticano, de que
Mel Gibson tuviera que poner
casi 24 millones de dólares de su bolsillo (ya amortizados, todo
sea dicho), de las dificultades para llevar a las salas
comerciales una pe-lícula en V.O.S. en latín y arameo, y de que
se hable de prohibir su estreno en Israel por antisemita (no les
tomo el pelo aunque lo parezca), definitiva-mente nos llega “La
Pasión de Cris-to”, la obsesión del oscarizado reali-zador de
“Braveheart” por dar rienda suelta a la fusión entre sus dos
grandes pasiones: el cine y su fer-viente catolicismo. Y lo
hace, como casi siempre que un macropro-yecto de estas
características aborda nuestras pantallas, sometida a juicios
diametralmente opuestos, que la califican desde la obra maestra
(algunos de los críticos más reconocidos de USA así la
describen) hasta los notoriamente divergentes términos de
delezna-ble, profana o incluso gore.
Si algo hay que
reconocerle a Gibson como punto de parti-da, es que en un campo
tan sobresaturado como el de las adaptaciones del Nuevo
Testamento, si bien no aporta prácti-camente nada
argumentalmente, al menos encuentra su lu-gar, su enfoque.
Su Jesucristo no es el atormentado por las du-das de “La última
tentación de Cristo”, ni el solemne y casi político de “El
Evangelio según San Mateo”, ni tampoco el épico-místico de “Rey
de reyes” o “La historia más grande jamás contada”, exponen-tes
de la tendencia más clásica del cine religioso. Se centra para
contar su historia en la fragilidad humana de su Mesías, no una
fra-gilidad espiritual como la del interpretado por Willem
Dafoe, sino su vulnerabilidad corporal y el pavoroso calvario
físico a que es someti-do, su extremo dolor y sufrimiento, al
que trata de arrastrar al es-pectador pie a tierra, llevando su
crónica de sucesos hasta las últi-mas consecuencias, haciendo
casi una autopsia forense de su asesinato como arriesgado
trampolín para el ensalzamiento del va-lor de su sacrificio.
Partiendo de un arranque enigmáti-co, con una visión del Monte
de los Olivos entre lo fantasmal y lo irreal, “La Pasión de
Cristo” va descendien-do desde ese ambiente sobrenatural (que
parece responder más a razones cinematográficas) deslizado a
través de los remordimientos de Judas o de las apariciones
fugaces pero con vo-cación de presencia permanente de Satanás
(un aspecto que salvo en su estudiada estética no es en absoluto
novedoso, ya lo utilizó brevemente Pasolini y Scorsese lo llevó
hasta sus últimas consecuencias), hasta el pla-no anatómico y
humano que es donde verdaderamente quiere cen-trar su historia.
La visión de partida tenebrista (con una fotografía inspirada en
Caravaggio) unida a la espléndida puesta en escena, al enorme
acierto de la V.O.S. que aporta realismo, y la apropiada banda
sonora de John Debney, hacen
que se vaya superando la sensación de pasajes mil veces vistos,
demostrando el director de “El hombre sin rostro” su dominio
visual para contar lo que quiere de la forma que quiere, y
destilando, por momentos, aroma a cine. Pero detrás de todo eso,
también hay defectos: si bien la realiza-ción es sin duda
eficaz, se apoya en ocasiones en exceso en el efectismo
(multiplicación de las caídas, cierto abuso de la cámara
lenta...) y la visión centrada en lo extremo de la tor-tura
física sobrecoge pero no emociona, golpea pero no hiere, y
deja una cierta sensación de frialdad, de un enfoque en algunos
momentos en exceso quirúrgico, al que si bien no le achaco la
in-soportable violencia de la que tanto se está hablando (en mi
opinión de forma exagerada), sí le añoro una mayor capacidad
para sugerir en ocasiones en vez de mostrar, lo que podría haber
resultado in-cluso más doloroso, si bien cabe reconocer que no
se debe a falta de pericia sino a la expresa intención, acertada
o no, del director.
Cabría por tanto situarse en un plano intermedio entre la
“profanación” y la “obra maestra”, hablando de un filme
interesante aunque irregular, del que destacan sobre todo
determinados aspectos positivos: Gibson enriquece el cuadro con
breves pero acertados flashbacks (en los que
Jim Caviezel hace la verdadera
construcción de su personaje) que nos remiten a pasajes bíblicos
que recuerdan al espectador quién está siendo martirizado, trata
bien a sus secundarios (Pilatos y su mujer, Simón, Verónica...)
y sobre todo aprovecha de forma hábil la relación madre-hijo
entre Jesús y María (extraordinaria
Maia Mor-genstern). Entre ellos, con la complicidad
también de María Mag-dalena (acertada
Monica Bellucci) se establece un hermoso juego de
miradas y silencios que paradójicamente plasman los momen-tos
más intensos de cine (como la bellísima escena en que María y
María Magdalena limpian la sangre del patio tras la flagelación)
por encima de todas las cámaras lentas y latigazos, apareciendo
siem-pre para catalizar y enfatizar los momentos clave de la
cinta.
Me aterroriza la estrechez
de miras de quienes dicen que “La Pasión de Cristo” es
antisemita en vez de ver más allá el mensaje universal que
podría extraérsele al margen de sus limitaciones, contraponiendo
el amor y el sacrificio a la crueldad, el odio y la ciega
soberbia. Puedo tratar de acercar-me a los planteamientos de
las mentes más peculiares que puedan ocurrírseles, pero me
confieso de toda parte incompetente para im-buirme en los
entresijos del retorcimiento/imbecilidad de quien es-grime con
indignación que una película que muestra que a Cristo se le
detuvo, mal juzgó, agredió, flageló, humilló y crucificó hasta
la muerte, acusa injustamente al pueblo judío de deicidio con
segun-das intenciones. Tal vez es sólo cuestión de talante e
idiosincrasia: seguro que hoy en día Sharon firmaría el
certificado de defunción in-dicando que Jesús de Nazaret murió
de un paro cardíaco. Palabra de Dios.
Calificación:
    
Imágenes de "La Pasión de Cristo" - Copyright © 2004 Marquis
Films e Icon Entertainment International. Distribuida en España
por Aurum. Todos los derechos
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