CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Sangre y espíritu a borbotones
Tras una larga y polémica espera, se estrena "La Pasión de
Cris-to" dirigida por Mel Gibson
("El hombre sin rostro", "Braveheart"). Viene de arrasar en las
taquillas americanas, de provocar opiniones encontradas y de
demostrar que ningún género –ni siquiera el reli-gioso– está
muerto cuando se hace una buena película.
El director australiano ha pretendido mostrar los hechos tal y
como suce-dieron, llegar al espectador para sus-citar emociones
y sentimientos reli-giosos, y mover a la reflexión sobre una
realidad –la necesidad de mirar a Dios– que considera que sigue
siendo actual en el interior de cada persona. Para ello, entre
las muchas opciones que se le presentaban, ha querido
de-sarrollar una estética hiperrealista, donde la crudeza de
las situacio-nes y lo explícito de la puesta en escena hacen que
se nos ofrezcan momentos de mucha violencia, sangre y dolor.
Alguno ha visto en ello un exceso de crueldad cuando no un
sadismo que se regodeaba en cada latigazo, golpe o humillación.
Son los mismos que no han entendido el trasfondo de la Pasión,
algo con lo que el mismo demonio tienta a Cristo al de-cirle que
«los pecados son un peso demasiado grande para que un solo
hombre lo lleve». La sobria y portentosa interpretación de
Jim Caviezel, sus miradas
llenas de humanidad y de perdón, dejan ver ese sufrimiento
excesivo como algo asumido voluntariamente y co-mo muestra de
otra realidad superior, el amor por el hombre; de es-ta manera,
la violencia deja de ser gratuita y el extremo dolor en-cuentra
su sentido.
La historia es conocida por
todos, y eso podría convertirse en un lastre para el director.
Sin embargo, consigue mantener la atención gracias a una puesta
en escena vigorosa con la que dota de alma a sus personajes
hasta convertirles en personas que sufren soledad y dolor,
padecen dudas y remordimientos, o experimentan la con-versión de
sus vidas. Con ello, demuestra una buena dirección de actores y
también saber trascender la tortura o muerte de un indi-viduo
hasta encontrar su sentido espiritual y atemporal. Piensa
Gib-son que el hombre del siglo XXI necesita de un Dios humano y
pró-ximo, como de una pauta con la que conducirse, y por eso la
pelí-cula habla a la conciencia del espectador creyente y
también al materialista, al político oportunista y a la masa que
es manipulada, al dirigente orgulloso y al frívolo...,
arquetipos que tienen su correla-to en la historia contada.
El director consigue captar ese espíritu humano y espiritual
gra-cias a una atmósfera muy cuida-da, que se apoya en una
rigurosa y profunda documentación históri-ca y teológica, y
a la que contribuye su exhibición en versión original en arameo,
hebreo y latín, como una ma-nera más de meter al espectador en
la misma realidad de hace dos mil años. Sin embargo, esa
búsqueda de la veracidad no le impide recurrir a símbolos –la
muerte o el demonio adoptan figuras humanas– o a una fo-tografía
inspirada directamente en el tenebrismo caravaggiano y a
la que dota de un significado preciso para reflejar cómo la luz
–Cris-to– se abre camino entre las tinieblas. De la misma
manera, la mú-sica se convierte, en manos de
John Debney, en elemento
funda-mental que envuelve al espectador para llevarle de la
violencia del sacrificio al amor que lo justifica, de lo humano
a lo divino. También el montaje sirve de contrapunto a tanto
drama para oxigenar y dar sentido a esos padecimientos, con
abundantes y breves flash-backs llenos de recuerdos y
lirismo, introducidos por unos oportu-nos encadenados.
Pero lo que Gibson busca por
encima de todo es mostrar nuestra humanidad –unas veces
ensalzada por el amor o por el sentido di-vino de la existencia,
y otras embrutecida por la hipocresía, la en-vidia o la
soberbia–, así como su conexión con lo espiritual. Por eso son
frecuentes los primeros planos de rostros que dejan ver un
espíritu lleno de compasión que es piedad, de dolor que supone
el amor, de remordimiento que lleva a la desesperación o al
arrepenti-miento, o de soberbia que acaba en sadismo. Abundan
personajes como el de Pilatos –excelente
Hristo Naumov Shopov–, que con
pocos planos quedan perfectamente retratados en sus matices,
gracias a soberbias interpretaciones. Entre todas ellas, aparte
de Caviezel, destaca el protagonismo que coge
Maia Morgenstern en el papel de
la Virgen: la contención de su semblante en tan doloro-sas
circunstancias, su carácter sufriente en lo humano, su amor y
respeto por los planes divinos o su sentido maternal alcanzan el
punto álgido en la escena del encuentro con su Hijo camino del
Calvario, con un flash-back que nos lleva a una infancia
llena de ternura y afecto.
Como se ha dicho, la estética elegi-da por Gibson busca
mostrarlo todo y no prescindir de nada, por duro que sea. Sólo
en los flash-back apunta recuerdos presentados de manera
su-gerente, para retomar enseguida la senda de lo explícito. Es
la dirección que ha estimado idónea para su pre-tensión de
despertar sentimientos. Un mayor talento artístico o un espíritu
innovador en el lenguaje podrían haber conducido al director por
otros derro-teros no tan efectistas y trillados, pe-ro no hay
que negarle que consigue golpear al espectador, y que su cine se
halla perfectamente engra-nado en la modernidad cinematográfica.
En definitiva, una gran película religiosa y humana, bien
construida y que llega al espectador, con mucho fondo y buena
ambientación artísti-ca, que parte de la fisicidad para llegar a
lo espiritual. Cine de miradas y de silencios elocuentes que
hablan de otra vida y de otras realidades distintas a la del
odio y el poder. Gustará a todos, no sólo a creyentes, aunque a
algunos pueda molestarles tanta crudeza en algunas imágenes como
las de la flagelación.
Calificación:
    
Imágenes de "La Pasión de Cristo" - Copyright © 2004 Marquis
Films e Icon Entertainment International. Distribuida en España
por Aurum. Todos los derechos
reservados.
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