REPORTAJE
PREVIO por
Julio Rodríguez
Chico
Una película profundamente
religiosa
A nadie ha dejado
indiferente y des-de el comienzo de su preproducción las
posturas se han definido sin ambi-güedades para hablar de la
película de Mel Gibson,
incluso antes de ha-berla visto. ¿Qué tendrá para suscitar tanta
polémica y para dividir al público y a la crítica? ¿Se trata de
una cam-paña para beneficiarse en la taquilla o más bien estamos
ante un tema que levanta ampollas entre quienes no co-mulgan con
el modelo que el director representa? ¿Se ataca a la película en
sí misma o a lo que dice y signi-fica? Antes de emitir un juicio, es
necesario considerar que esta-mos ante una película religiosa, y
preguntarnos sobre lo que este tipo de films debe y puede
ofrecer a un público del siglo XXI. Porque está claro que no se
trata de "Titanic", "El
señor de los anillos" o "Matrix",
que no busca un espectador ávido de romanticismo, aventura o
efectos especiales. El perfil de quien ahora se siente en la
butaca es más bien el de alguien con inquietudes espi-rituales
–en el sentido más genérico– o el de quien aprecie los aspectos
más antropológicos y expresivos del cine, al margen del posible
interés que su calidad artística pueda suscitar.
En esa tesitura, hay que
reconocer que elegir el tema más veces llevado al cine, con unos
diálogos archiconocidos –además de mí-nimos, y en latín o
arameo–, y hacerlo en un momento donde las estadísticas hablan
de un decaimiento del sentimiento religioso –y más entre la
juventud, público mayoritario de las salas–, es al me-nos
arriesgado. Por eso, tenemos que preguntarnos por lo que el
director australiano persigue al actuar tan audaz o
temerariamente. Pues bien, si damos
crédito a las palabras de Gibson, habría que admitir que la
intención con que fue concebida, y lo que se busca –por encima
del negocio que le reporte, justo y an-te el que nada hay que
objetar– es mostrar algo que sucedió hace dos mil años, tal y
como fue, sin edulcorantes, senti-mentalismos ni mensajes
doctrinales. En ese contexto, lo que el director pretendería
es despertar al hombre actual de su aletar-gamiento vital,
hacerle reflexionar por el sinsentido de una vida ma-terialista y
encerrada en su propia soledad, ponerle delante de los ojos una
realidad de la que huye: el dolor y el sentido trascendente de
la vida y de la muerte, cuando media el sacrificio por amor;
para ello trae a colación el más sublime y modélico ejemplo que
hemos tenido, y que para millones de hombres ha supuesto un
espejo y un faro en sus vidas. Detrás de todo este planteamiento
existiría una voluntad de hacer el bien a través del cine,
instrumento al servi-cio –que no sólo entretenimiento– del
hombre; entraríamos aquí en un capítulo muy interesante –la
conexión del cine con la vida y su sentido como cauce para hacer
mejor al espectador–, pero que de-jo para mejor ocasión.
Dice el australiano que le
basta con que la película haga bien a unos cuantos para que haya
merecido la pena. ¿Debemos creerle? No esta-mos en disposición de
juzgar su con-ciencia, pero sí en condiciones de co-rroborar si
esa declaración es conse-cuente con su modo de pensar y vivir.
Vemos que Gibson ha sido "acusado" de pertenecer a la iglesia
católica tra-dicionalista australiana, condición que lleva a
pensar en un mayor compromi-so con su fe, en una implicación
per-sonal más profunda de lo que es habi-tual entre los creyentes.
Teniendo en cuenta que su credo lleva implícita una búsqueda de
la verdad fren-te a la mentira, que su supremo mandamiento
consiste en "querer al prójimo como a uno mismo", no parece
incoherente que se sirva de su trabajo –el cine– para acercar al
espectador a lo que consi-dera de más valor, su fe en Jesucristo.
Por eso, da la impresión que lo más sensato es aceptar sus
declaraciones y no buscar tres pies al gato: ayudar a vivir la
Pasión de Cristo como fue, partiendo de los Evangelios y otras
fuentes literarias, sería para este católico la mejor manera de
decir al mundo que existe otra manera de vivir, distinta a la
hedonista e individualista, que el dolor tiene un sentido y que
encontrarlo está en relación directa con la felicidad. Además,
no parece lógico que quien tiene como principal negocio salvar
su alma, vaya a llenar sus arcas de dólares a costa de vaciarse
por dentro: ¡menudo negocio habría hecho el bueno de Gibson!
Además, sólo así se explica
el asesoramiento que el director se ha procurado entre expertos
teólogos, y sólo eso justifica –aunque hay quien ha visto un
elemento más de promoción– el laborioso plan de sesiones
privadas con público y dirigentes de las más dis-pares
religiones. Únicamente esa realidad permite soportar un roda-je
tan difícil, especialmente para Jim
Caviezel, quien se apoyó en su fe y en sus prácticas
religiosas para llevar a buen puerto tan ar-dua empresa.
Llegados a este punto, uno se
pue-de preguntar por el perfil de quien de-ba dirigir o
interpretar una película reli-giosa. Está claro que no es
ficción, que lo abordado encierra todo un mo-delo de vida, que la
problemática pre-sentada trasciende lo histórico para llegar a
implicar al mismo espectador hasta comprometerle con su misma
vida. Sin duda, un cineasta genial o un actor de probada calidad
pueden llevar a la pantalla una película religio-sa, pues
precisamente su trabajo consiste en eso, en ocupar el puesto de
otro y hacerlo creíble. Pero no deja de ser también evidente que
más fácil será esa tarea para quien ya tenga dentro de sí esa
realidad que se quiere reflejar. Y ahí está el mérito –o
demérito, según se mire– de Gibson y Caviezel, ambos católicos
practicantes, que aña-den su incuestionable trabajo artístico a
su fe en Jesucristo y al sentido salvador de su Pasión. Ese
es el reto que afrontan: tras-mitir una vida, no unos gestos ni
una historia vacía, que sería mera interpretación o recuerdo. Lo
que buscan es reflejar el rostro de un Cristo que camina al
Gólgota y se cae –con las licencias artísticas oportunas porque
las caídas, por ejemplo, se multiplican–, de un Hombre que mira
a su Madre la Virgen y siente el consuelo para seguir con su
misión, que asiste a la traición de su pueblo judío y trasciende
para ver detrás a los hombres de todo tiempo que nece-sitan del
perdón de sus pecados y que le conducen a la muerte. El
espectador –o crítico– que no entienda esto, no podrá apreciar
la película en toda su dimensión, no entenderá que con esas
imáge-nes no se acusa al pueblo judío; su juicio quedará
parcialmente in-validado y sus apreciaciones globales perderán
acierto y justicia; se quedará con un análisis –goce o crítica–
de los aspectos artísti-cos, que pueden ser interesantes pero que
sólo son una parte, la más superficial. Que Gibson consiga
reflejar la Pasión de Cristo, su amor y dolor, y su modelo de
vida, es algo que cada uno compro-baremos cuando la
película llegue a nuestras carteleras.
Hasta aquí, la postura o
impostura, los motivos y las intenciones del cató-lico Gibson. En
el otro lado de la ba-lanza quedan los detractores, que han
saltado con brío al escenario como si de todo un batallón se
tratase, dis-puestos a acabar con la criatura an-tes de que
naciese. Así ha sido: an-tes de haberla visto, ya han lanzado sus
dardos de tinta, espoleados, no se sabe bien si por una campaña
me-diática orquestada o por asuntos per-sonales de conciencia –de
todo ha-brá–. El caso es que no han faltado y que se han
presentado como adalides de la libertad, cuando en re-alidad
ofrecen más bien una imagen de intolerancia, porque ya se sabe,
en este comienzo de milenio se puede hablar de todo menos de
religión, que está prohibido porque con ello se invade el
terreno de lo privado. Hablaremos de éstos y de sus críticas, pero vaya por delante que aún existe en este
mundillo del cine quien busca el bien del espectador y no
engordar su ego cinematográfico o su bol-sillo, que la conciencia
personal sigue actuando en uno u otro sen-tido, y que conviene
ser más serios para criticar realidades no co-nocidas o no
vistas.
Una película controvertida
Una vez abordada La Pasión
bajo la perspectiva de cine religioso, valorando lo que como tal
debía aportar y a la óptica del director, ahora nos centraremos
en analizar las razones aducidas por sus detractores, que han
generado la conocida polémica; de esta ma-nera, el espectador
podrá sacar sus propias conclusiones. Des-pués, sólo restará una
crítica estrictamente cinematográfica, cen-trados ya en los
aspectos artísticos y narrativos.
Las voces críticas hacia la
película se han dirigido hacia tres aspectos, que le quitarían
todo el crédito por considerarla provocadora o inapropia-da.
En primer lugar, se la ha acu-sado de antisemitismo por culpar a
los judíos de la muerte de Jesu-cristo, y cargar las tintas
morbosa-mente en su responsabilidad histó-rica. Sin embargo,
cualquier persona con un mínimo de formación cultural sabe que
hace dos mil años fueron éstos los que crucificaron a uno de los
suyos, ante el desconsuelo de unos seguidores que eran también
judíos. Y si el espectador cono-ce mínimamente la doctrina
cristiana, sabrá también que el pueblo judío no fue más que el
brazo ejecutor –sin que ello les justifique– de una necesidad
que el mismo Jesucristo había asumido: liberar
al hombre de su esclavitud del pecado, auténtica causa de su
Pa-sión y Muerte. Así lo entiende la Iglesia, y en ese mismo
sentido se ha manifestado Mel Gibson, quien en un gesto
elocuente ha querido aparecer únicamente en la película
interpretando al soldado que clava la mano de Cristo a la cruz.
No en vano, siempre se ha hablado de “muerte” de Jesucristo y no
de “asesinato”… por algo será. Si lo anterior fuera insuficiente
para aclarar lo infundado de esa etiqueta de antisemitismo, el
director acaba de anunciar su de-seo de rodar una película sobre
la gesta heroica de Matatías, líder hebreo que liberó a
Jerusalén de la tiranía del rey sirio Antioco IV en el año 165
antes de Cristo: aunque él no lo haya dicho así, todo apunta a
que se trata de una manera más de reconciliarse con el pueblo
judío, en el caso de que se haya sentido agraviado con La
Pasión.
También se le ha acusado
de re-coger escenas de una violencia brutal, sin límites ni
retacos. Al pa-recer, es verdad: hay momentos de crueldad, y
la película no es apta para menores ni gentes de alta
sensibili-dad. Pero sorprende que argumenten así quienes
defienden películas de Ta-rantino, Kitano, Iñárritu, Cherau o
Mei-relles… por citar algunos de los direc-tores más alabados en
nuestros días: la violencia y dureza –interior y exte-rior– es de
grado máximo, destinada en muchos casos a mostrar el estado de
soledad, tensión interior o hastío vital a que el hombre ha sido
conducido por la civilización moderna. Pues bien, Gibson
participa aquí de esa misma estética y corriente cinematográfica
actual, se adentra en el hiperrealismo visual para no escatimar
nada de lo que debió suceder aquella noche en Jerusalén; lo hace
de manera ne-cesaria, sin que un solo latigazo se convierta en
gratuito, buscando la cruda verdad del ajusticiamiento de un
hombre por sus contem-poráneos y el motivo que le llevó a
soportarlo y aceptarlo sin rabia ni rencor. Es una visión de la
Pasión nada complaciente, sino radi-cal, nada conciliadora: esa
ha sido la propuesta que nos hace, que a unos puede gustar y a
otro no por la óptica sufriente que adopta, pero legítima y
veraz. Por eso, uno se pregunta por el porqué de esa crítica,
cuando lo mostrado es lo que sucedió realmente (recor-demos que,
a diferencia de las obras de los anteriores cineastas, no
estamos ante una película de ficción), y la finalidad no es otra
que la de mover a la reflexión y meditación.
Una tercera acusación se
ha apo-yado en el “ultracatolicismo” de Gibson, por el hecho
de pertenecer –y hacer gala de ello, sin ocultarlo– a la iglesia
tradicionalista australiana y tomarse en serio su fe. Quieren
los detractores identificar esa postura con la del integrismo
religioso, con la irra-cionalidad e intolerancia agresiva. Es
quizá la razón que más estupor y tris-teza causa: quienes
esgrimen esa condición como elemento de discor-dia no hacen otra
cosa que mostrar sus prejuicios y una verdadera intole-rancia
encubierta, que les lleva a no aceptar otro modos de vivir o el
derecho a expresar las propias ideas; A éstos les gustaría que
los católicos permaneciesen en las catacumbas para vivir su fe,
pero con esta argumentación se descalifican a sí mismos, y todo
lleva a pensar si no habrá razones personales para su rechazo.
Lo que está claro que estamos ante una película que a nadie deja
indife-rente, que obliga a tomar partido: no es una historia
inventada sino la historia de la vida de cada uno, y eso es otro
cantar.
Imágenes de "La Pasión de Cristo" - Copyright © 2004 Marquis
Films e Icon Entertainment International. Distribuida en España
por Aurum. Todos los derechos
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