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LA PASIÓN DE CRISTO
(The Passion of the Christ)


Dirección: Mel Gibson.
País:
USA.
Año: 2004.
Interpretación: James Caviezel (Jesús de Nazaret), Monica Bellucci (María Magdalena), Mattia Sbragia (Caifás), Claudia Gerini (Claudia Procles), Maia Morgenstern (María), Sergio Rubini (Dimas), Toni Bertorelli (Anás), Roberto Bestazzoni (Malchus), Francesco Cabras (Gesmas), Giovanni Capalbo (Cassius), Rosalinda Celentano (Satán), Francesco De Vito (Pedro), Luca Lionello (Judas).
Guión: Mel Gibson y Benedict Fitzgerald.
Producción: Mel Gibson, Bruce Davey y Stephen McEveety.
Música: John Debney.
Fotografía:
Caleb Deschanel.
Montaje: John Wright.
Diseño de producción: Francesco Frigeri.
Vestuario: Mauricio Millenotti.
Estreno en USA: 25 Febrero 2004.
Estreno en España: 2 Abril 2004.

 

CRÍTICA
por David Garrido Bazán

Fundamentalismo

  No resulta fácil escribir esta crítica. Es más, creo que es uno de los trabajos más difíciles que he tenido que afrontar en los últimos años. A veces, uno siente esta ansiedad por intuir que el espacio disponible para la misma no va a resultar suficiente para expresar todo aquello que uno ha experimentado viendo una determinada obra. A veces cree que no va a saber encontrar las palabras apro-piadas para hacerlo con la exactitud que precisan temas tan delica-dos, que afectan a tantas y tantas sensibilidades. Con "La Pasión de Cristo" concurren ambas cosas, así como un dilema muy parti-cular que expresaré más adelante. Como ya ocurriera en su mo-mento con otras obras polémicas que han afrontado la figura de Cristo (singularmente en la versión de Martin Scorsese), parece casi obligado, antes de entrar al análisis de la última película de Mel Gibson, declarar la propia creencia personal de uno, en mi ca-so con el fin de demostrar que no se milita en ningún bando ni se tiene una adscripción a tal o cual fe y, por lo tanto, no hay en esta reseña mayor interés que comentar una película que, por más que nos queramos empeñar, no es como las demás. Así son las cosas hoy en día.

  Hasta donde alcanza mi memoria, siempre he sido ateo. Pero siempre me ha interesado singularmente el he-cho religioso, porque sería de necios negar la importancia y la trascenden-cia que la fe, sea la que sea, tiene pa-ra millones de seres humanos desde el principio de los tiempos y porque uno no puede simplemente ignorarlo sin más. Además, para la mayor par-te de los que no tenemos fe en una vida más allá de la terrenal y contra-riamente a lo que se piensa, resulta interesante tratar de comprender las motivaciones de los creyen-tes, los misteriosos mecanismos por los que se rigen tantos y tan-tos seres humanos con los que compartimos este mundo. Por eso siempre me han interesado las representaciones que del hecho reli-gioso y mucho más concretamente de la figura de Jesucristo se han hecho en el cine, desde las superproducciones de George Ste-vens, Nicholas Ray o Franco Zeffirelli hasta las aproximaciones me-nos oficiales como las de Pier Paolo Pasolini o Martin Scorsese que demostraban una saludable inquietud por la faceta más huma-na del Hijo de Dios y planteaban preguntas interesantes sobre có-mo se podía convivir con ese destino, esa terrible carga fijada des-de el mismo instante del nacimiento.

  La "Pasión de Cristo" de Mel Gibson ha llegado hasta nosotros rodeada de una enorme polémica que gira principalmente en torno a dos cuestiones esenciales: una es el supuesto antisemitismo que transpira la película; otra es la descarnada violencia con la que el director australiano muestra el terrible castigo infligido a Jesús durante sus doce últimas horas de vida, que es el periodo que abar-ca la película. No existe una forma válida de aparcar estas dos cuestiones antes de entrar a valorar los méritos estrictamente cine-matográficos de una película como ésta, así que no esquivaré nin-guna de ellas antes de seguir adelante y sin perjuicio de un mayor desarrollo posterior. Por un lado, las acusaciones de antisemitismo me parecen absolutamente infundadas y sacadas de contexto. Por otro, este crítico no acaba de comprender cúal es el objetivo que persigue Mel Gibson con un espectáculo tan sádico, in-soportable, sobrecogedor, morboso hasta la nausea y, por encima de todo, asquerosamente gratuito como mostrar con tal crudeza visual y brutal detenimiento la absoluta destrucción físi-ca de un hombre a manos de sus torturadores.

  Una vez dicho lo cual, no tengo más remedio que ser honesto conmigo mismo y, aun reconociendo que la propuesta de Mel Gibson me parece moralmente condenable y una pelícu-la deleznable por muchos motivos, "La Pasión de Cristo" reúne muchos elementos de interés de los que sería injusto no hacerse eco en estas lí-neas. Pero hay que dejar muy claro desde ya que todos esos elementos están al servicio de una obra cuyos objetivos últimos se me escapan y cuya propuesta me resulta imposible compartir sin sentir cierta repugnancia moral. Para empezar, el tono inicial de la película es engañoso. Arropado con una maravillo-sa fotografía de Caleb Deschanel, la secuencia inicial de Jesús en el Huerto de los Olivos y su posterior apresamiento a manos del Sanedrín parece regirse más por los cánones de una película de cine fantástico o de terror que por una recreación histórica con cierto afán de realismo. No hay más que observar la primera e in-quietante aparición de ese Satán andrógino (la actriz Rosalinda Celentano), los niños que acosan al torturado Judas Iscariote o ese monstruo que acecha en la oscuridad a Pedro para compren-der que nos movemos por un territorio desconocido. Gibson alimen-ta con esos pequeños elementos sobrenaturales la sensación de creciente inquietud que rodea a los hechos que son verdaderamen-te terribles, como esa farsa de juicio que lleva a los miembros del Sanedrín a entregar a Jesús a Pilatos para que lo ejecute, donde se constata a las claras quienes son los villanos de la película.

  ¿Tienen rasgos judíos los fariseos o la turba que clama por la crucifixión de Cristo ante Poncio Pilatos? Por supuesto. Pero tam-bién los tienen los apóstoles, el mismo Jesús, Simón e incluso los pocos miembros del Sanedrín que se oponen a que Jesús sea juz-gado en tan extrañas circunstancias. No veo antisemitismo en la obra de Gibson, más allá de seguir al dictado los Evangelios en este punto: no hay motivo para pensar que Gibson haya queri-do atizar especialmente ese espantajo, por más que la famosa fra-se lapidaria de Caifás (“Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos”) haya sido convenientemente privada de subtitulado, lo que no evita que un espectador atento sepa exactamente cuándo y en qué circunstancias es pronunciada en una conversación a vo-ces entre Caifás y Pilatos, a la que sigue un conmocionado silen-cio de este último.

  Pero antes de eso Gibson ya ha dado sobradas muestras de por dónde va su propuesta: durante más de veinte minutos contempla-mos la terrorífica secuencia de la flagelación, donde la brutalidad complaciente de unos romanos tan inexplicablemente sádicos que resultan poco creíbles permite que asistamos al primer gran bloque de lacerante sufrimiento, de una intensidad y una crudeza tales que resulta tarea complicada no apartar la vista de la pantalla. Es una salvajada de tal naturaleza que marca todo el tono posterior de la película. Después de esto, uno ya puede esperar cualquier cosa... aunque aún queda mucho que aguantar.

  También aquí comienza Gibson a ju-gar las cartas que le van a permitir a lo largo de toda la proyección hacer algo soportable al espectador: cuando la crudeza de las imágenes parece re-sultar insoportable, Gibson busca una y otra vez el rostro de Maia Morgen-stern, que interpreta a María. Es en ese sufrimiento de una madre que asiste impotente al severo castigo al que es sometido su único hijo donde Gibson permite al espectador verter todo el sentimiento trágico que uno va acumulando en la insoportable des-cripción de esa tortura en la que Gib-son se recrea una y otra vez. A través de este simple artificio narra-tivo, apoyado con ocasionales flashbacks, que permite cambiar el punto de vista de la narración gracias a la inconmensurable mirada de una actriz que se come literalmente la pantalla y que se convier-te en el medio a través del cual nosotros reconducimos nuestra creciente angustia, Gibson descubre que puede seguir abusando impunemente de nuestra capacidad de aguante. Todo lo que viene después (la trabajosa ascensión al Gólgota, la ayuda de Simón pa-ra transportar la cruz, la insoportable secuencia del mecanismo de la crucifixión) es puntualmente aliviado por la sola presencia de una actriz (apoyada por Monica Bellucci y la perdida mirada de Hristo Jivkov, que interpreta al joven apóstol Juan) cuyo momento culmi-nante es la segunda caída de Jesús bajo el peso de la cruz, en la que María, tras un breve desfallecimiento y un momento de duda consigue llegar al lado de su hijo acompañada por una hermosa melodía de John Debney en una secuencia que puede conseguir hacer temblar al corazón más endurecido, si es que a esas alturas la indignación o la nausea no han podido ya con la paciencia del espectador.

  Mel Gibson defiende que pretende hacer pasar al espectador por una experiencia emocional de gran calado. Pero a mi se me esca-pa su motivación última. No entiendo en qué puede ayudar esta pe-lícula a un católico o a un evangélico a refirmarse en su fe. No veo forma en la que esta película, que obvia casi por completo gran par-te de las enseñanzas básicas del cristianismo, por más que se ver-balicen a unas alturas en las que casi estorban, puede ayudar a creyentes o no creyentes a comprender más la figura de Jesús y lo que representó su sacrificio. "La Pasión de Cristo" parece más una película construida desde la ira, el dolor y la culpa que desde la redención, el perdón o el amor al verdugo. Si no, no se entiende su constante maniqueísmo, que presenta a los roma-nos, con la sola excepción de Pilatos (un convincente Hristo Nau-mov) y su esposa (Claudia Guerini), como unas alimañas que disfrutan hasta el paroxismo su desagradable tarea o un Barrabás presentado de un modo tan repugnante que hace inexplicable la de-cisión del pueblo de liberarle o a un mal ladrón al que su falta de respeto le cuesta un inmediato y sangriento castigo en la línea del más elemental ojo por ojo.

  Muy atrás queda la convincente in-terpretación de Jim Caviezel, que encarna a uno de los Jesús más creíbles que se recuerdan, siem-pre desde la humildad; las tres ne-gaciones consecutivas del atribulado Pedro en el Templo, debatiéndose en-tre su amor por Cristo y su instinto de supervivencia o el emocionante mo-mento en que María limpia la sangre de su hijo en el patio vacío donde ha sido flagelado. Muy atrás queda el buen uso del recurso a las lenguas muertas que permiten que diálogos que hemos escuchado miles de veces suenen nuevos en nuestros oídos y no pierdan un ápice de fuerza. Muy atrás queda el a ratos magnífico trabajo de realización de Mel Gibson, que consigue en muchos momentos narrar la historia olvidándose del recurso a la palabra, volviendo al cine más elemental y puro, usando la fuerza de esas miradas que los personajes se intercambian entre sí y que Jesús lanza constantemente a la platea desde su único ojo o in-cluso la elegante secuencia final de la Resurrección.

  Y es que todos estos momentos de buen cine, de emoción contenida en la mirada apabullante de dolor de Maia Mor-genstern que sirve de espejo al espectador, quedan sepulta-dos bajo el degradante espectáculo de ese Cristo desollado y reducido a un guiñapo sanguinolento con el que Mel Gibson, en su tenebrosa ecuación "a mayor sufrimiento, mayor redención", nos hace comulgar en esta tenebrosa experiencia que, parodiando el tí-tulo de otra de las recreaciones de la vida de Jesús, bien podría haberse llamado "La historia más gore jamás contada". Yo no pue-do aceptar, como parecen pensar muchos, que la intención última de esta película sea generar tal grado de polémica que se refleje en las taquillas y menos de un actor que cobra veinte millones de dó-lares por película y que no necesita de generar tales ingresos. No, no es esa la motivación de Gibson. Su innegable capacidad como narrador de historias (por más que a veces caiga, como ya le ocu-rriera en "Braveheart", en la tentación del detalle burdo y poco sutil) está al servicio de un interés bastante más preocupante: transmitir a cualquier precio su muy extrema visión de la fe que profesa, con ese punto de férreo convencimiento que le hace no detenerse en considerar las implicaciones morales de lo que muestra o si su despiadada visión de los hechos puede herir la sensibilidad de otros. Es esa determinación fundamentalista la que verdaderamen-te me provoca escalofríos.

Calificación:


Imágenes de "La Pasión de Cristo" - Copyright © 2004 Marquis Films e Icon Entertainment International. Distribuida en España por Aurum. Todos los derechos reservados.

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