CRÍTICA
por
David Garrido Bazán
Fundamentalismo
No resulta fácil escribir
esta crítica. Es más, creo que es uno de los trabajos más
difíciles que he tenido que afrontar en los últimos años. A
veces, uno siente esta ansiedad por intuir que el espacio
disponible para la misma no va a resultar suficiente para
expresar todo aquello que uno ha experimentado viendo una
determinada obra. A veces cree que no va a saber encontrar las
palabras apro-piadas para hacerlo con la exactitud que precisan
temas tan delica-dos, que afectan a tantas y tantas
sensibilidades. Con "La Pasión de Cristo" concurren ambas cosas,
así como un dilema muy parti-cular que expresaré más adelante.
Como ya ocurriera en su mo-mento con otras obras polémicas que
han afrontado la figura de Cristo (singularmente en la versión
de Martin Scorsese), parece casi obligado, antes de entrar al
análisis de la última película de Mel
Gibson, declarar la propia creencia personal de uno,
en mi ca-so con el fin de demostrar que no se milita en ningún
bando ni se tiene una adscripción a tal o cual fe y, por lo
tanto, no hay en esta reseña mayor interés que comentar una
película que, por más que nos queramos empeñar, no es como las
demás. Así son las cosas hoy en día.
Hasta donde alcanza mi memoria, siempre he sido ateo. Pero
siempre me ha interesado singularmente el he-cho religioso,
porque sería de necios negar la importancia y la trascenden-cia
que la fe, sea la que sea, tiene pa-ra millones de seres humanos
desde el principio de los tiempos y porque uno no puede
simplemente ignorarlo sin más. Además, para la mayor par-te de
los que no tenemos fe en una vida más allá de la terrenal y
contra-riamente a lo que se piensa, resulta interesante tratar de
comprender las motivaciones de los creyen-tes, los misteriosos
mecanismos por los que se rigen tantos y tan-tos seres humanos
con los que compartimos este mundo. Por eso siempre me han
interesado las representaciones que del hecho reli-gioso y mucho
más concretamente de la figura de Jesucristo se han hecho en el
cine, desde las superproducciones de George Ste-vens, Nicholas
Ray o Franco Zeffirelli hasta las aproximaciones me-nos
oficiales como las de Pier Paolo Pasolini o Martin Scorsese
que demostraban una saludable inquietud por la faceta más huma-na
del Hijo de Dios y planteaban preguntas interesantes sobre có-mo
se podía convivir con ese destino, esa terrible carga fijada
des-de el mismo instante del nacimiento.
La "Pasión de Cristo" de Mel
Gibson ha llegado hasta nosotros rodeada de una enorme polémica
que gira principalmente en torno a dos cuestiones esenciales:
una es el supuesto antisemitismo que transpira la película; otra
es la descarnada violencia con la que el director australiano
muestra el terrible castigo infligido a Jesús durante sus doce
últimas horas de vida, que es el periodo que abar-ca la película.
No existe una forma válida de aparcar estas dos cuestiones antes
de entrar a valorar los méritos estrictamente cine-matográficos
de una película como ésta, así que no esquivaré nin-guna de ellas
antes de seguir adelante y sin perjuicio de un mayor desarrollo
posterior. Por un lado, las acusaciones de antisemitismo me
parecen absolutamente infundadas y sacadas de contexto. Por
otro, este crítico no acaba de comprender cúal es el objetivo
que persigue Mel Gibson con un espectáculo tan sádico,
in-soportable, sobrecogedor, morboso hasta la nausea y, por
encima de todo, asquerosamente gratuito como mostrar con tal
crudeza visual y brutal detenimiento la absoluta destrucción
físi-ca de un hombre a manos de sus torturadores.
Una vez dicho lo cual, no tengo más remedio que ser honesto
conmigo mismo y, aun reconociendo que la propuesta de Mel Gibson
me parece moralmente condenable y una pelícu-la deleznable por
muchos motivos, "La Pasión de Cristo" reúne muchos elementos de
interés de los que sería injusto no hacerse eco en estas lí-neas.
Pero hay que dejar muy claro desde ya que todos esos elementos
están al servicio de una obra cuyos objetivos últimos se me
escapan y cuya propuesta me resulta imposible compartir sin
sentir cierta repugnancia moral. Para empezar, el tono inicial
de la película es engañoso. Arropado con una maravillo-sa
fotografía de Caleb Deschanel,
la secuencia inicial de Jesús en el Huerto de los Olivos y su
posterior apresamiento a manos del Sanedrín parece regirse más
por los cánones de una película de cine fantástico o de terror
que por una recreación histórica con cierto afán de realismo. No
hay más que observar la primera e in-quietante aparición de ese
Satán andrógino (la actriz Rosalinda
Celentano), los niños que acosan al torturado Judas
Iscariote o ese monstruo que acecha en la oscuridad a Pedro para
compren-der que nos movemos por un territorio desconocido. Gibson
alimen-ta con esos pequeños elementos sobrenaturales la sensación
de creciente inquietud que rodea a los hechos que son
verdaderamen-te terribles, como esa farsa de juicio que lleva a
los miembros del Sanedrín a entregar a Jesús a Pilatos para que
lo ejecute, donde se constata a las claras quienes son los
villanos de la película.
¿Tienen rasgos judíos los
fariseos o la turba que clama por la crucifixión de Cristo ante
Poncio Pilatos? Por supuesto. Pero tam-bién los tienen los
apóstoles, el mismo Jesús, Simón e incluso los pocos miembros
del Sanedrín que se oponen a que Jesús sea juz-gado en tan
extrañas circunstancias. No veo antisemitismo en la obra de
Gibson, más allá de seguir al dictado los Evangelios en este
punto: no hay motivo para pensar que Gibson haya queri-do
atizar especialmente ese espantajo, por más que la famosa fra-se
lapidaria de Caifás (“Caiga su sangre sobre nosotros y sobre
nuestros hijos”) haya sido convenientemente privada de
subtitulado, lo que no evita que un espectador atento sepa
exactamente cuándo y en qué circunstancias es pronunciada en una
conversación a vo-ces entre Caifás y Pilatos, a la que sigue un
conmocionado silen-cio de este último.
Pero antes de eso Gibson ya
ha dado sobradas muestras de por dónde va su propuesta: durante
más de veinte minutos contempla-mos la terrorífica secuencia de
la flagelación, donde la brutalidad complaciente de unos romanos
tan inexplicablemente sádicos que resultan poco creíbles permite
que asistamos al primer gran bloque de lacerante sufrimiento, de
una intensidad y una crudeza tales que resulta tarea complicada
no apartar la vista de la pantalla. Es una salvajada de tal
naturaleza que marca todo el tono posterior de la película.
Después de esto, uno ya puede esperar cualquier cosa... aunque
aún queda mucho que aguantar.
También aquí comienza Gibson a ju-gar las cartas que le van a
permitir a lo largo de toda la proyección hacer algo soportable
al espectador: cuando la crudeza de las imágenes parece re-sultar
insoportable, Gibson busca una y otra vez el rostro de
Maia Morgen-stern, que interpreta a María. Es en ese
sufrimiento de una madre que asiste impotente al severo castigo
al que es sometido su único hijo donde Gibson permite al
espectador verter todo el sentimiento trágico que uno va
acumulando en la insoportable des-cripción de esa tortura en la
que Gib-son se recrea una y otra vez. A través de este simple
artificio narra-tivo, apoyado con ocasionales flashbacks,
que permite cambiar el punto de vista de la narración gracias a
la inconmensurable mirada de una actriz que se come literalmente
la pantalla y que se convier-te en el medio a través del cual
nosotros reconducimos nuestra creciente angustia, Gibson
descubre que puede seguir abusando impunemente de nuestra
capacidad de aguante. Todo lo que viene después (la trabajosa
ascensión al Gólgota, la ayuda de Simón pa-ra transportar la
cruz, la insoportable secuencia del mecanismo de la crucifixión)
es puntualmente aliviado por la sola presencia de una actriz
(apoyada por Monica Bellucci
y la perdida mirada de Hristo
Jivkov, que interpreta al joven apóstol Juan) cuyo
momento culmi-nante es la segunda caída de Jesús bajo el peso de
la cruz, en la que María, tras un breve desfallecimiento y un
momento de duda consigue llegar al lado de su hijo acompañada
por una hermosa melodía de John Debney
en una secuencia que puede conseguir hacer temblar al corazón
más endurecido, si es que a esas alturas la indignación o la
nausea no han podido ya con la paciencia del espectador.
Mel Gibson defiende que
pretende hacer pasar al espectador por una experiencia emocional
de gran calado. Pero a mi se me esca-pa su motivación última. No
entiendo en qué puede ayudar esta pe-lícula a un católico o a un
evangélico a refirmarse en su fe. No veo forma en la que esta
película, que obvia casi por completo gran par-te de las
enseñanzas básicas del cristianismo, por más que se ver-balicen a
unas alturas en las que casi estorban, puede ayudar a creyentes
o no creyentes a comprender más la figura de Jesús y lo que
representó su sacrificio. "La Pasión de Cristo" parece más
una película construida desde la ira, el dolor y la culpa que
desde la redención, el perdón o el amor al verdugo. Si no,
no se entiende su constante maniqueísmo, que presenta a los
roma-nos, con la sola excepción de Pilatos (un convincente
Hristo Nau-mov) y su esposa (Claudia
Guerini), como unas alimañas que disfrutan hasta el
paroxismo su desagradable tarea o un Barrabás presentado de un
modo tan repugnante que hace inexplicable la de-cisión del pueblo
de liberarle o a un mal ladrón al que su falta de respeto le
cuesta un inmediato y sangriento castigo en la línea del más
elemental ojo por ojo.
Muy atrás queda la convincente in-terpretación de
Jim Caviezel, que encarna a uno de
los Jesús más creíbles que se recuerdan, siem-pre desde la
humildad; las tres ne-gaciones consecutivas del atribulado
Pedro en el Templo, debatiéndose en-tre su amor por Cristo y su
instinto de supervivencia o el emocionante mo-mento en que María
limpia la sangre de su hijo en el patio vacío donde ha sido
flagelado. Muy atrás queda el buen uso del recurso a las lenguas
muertas que permiten que diálogos que hemos escuchado miles de
veces suenen nuevos en nuestros oídos y no pierdan un ápice de
fuerza. Muy atrás queda el a ratos magnífico trabajo de
realización de Mel Gibson, que consigue en muchos momentos
narrar la historia olvidándose del recurso a la palabra,
volviendo al cine más elemental y puro, usando la fuerza de esas
miradas que los personajes se intercambian entre sí y que Jesús
lanza constantemente a la platea desde su único ojo o in-cluso la
elegante secuencia final de la Resurrección.
Y es que todos estos
momentos de buen cine, de emoción contenida en la mirada
apabullante de dolor de Maia Mor-genstern que sirve de espejo al
espectador, quedan sepulta-dos bajo el degradante espectáculo de
ese Cristo desollado y reducido a un guiñapo sanguinolento
con el que Mel Gibson, en su tenebrosa ecuación "a mayor
sufrimiento, mayor redención", nos hace comulgar en esta
tenebrosa experiencia que, parodiando el tí-tulo de otra de las
recreaciones de la vida de Jesús, bien podría haberse llamado
"La historia más gore jamás contada". Yo no pue-do aceptar, como
parecen pensar muchos, que la intención última de esta película
sea generar tal grado de polémica que se refleje en las
taquillas y menos de un actor que cobra veinte millones de
dó-lares por película y que no necesita de generar tales
ingresos. No, no es esa la motivación de Gibson. Su innegable
capacidad como narrador de historias (por más que a veces caiga,
como ya le ocu-rriera en "Braveheart", en la tentación del
detalle burdo y poco sutil) está al servicio de un interés
bastante más preocupante: transmitir a cualquier precio su muy
extrema visión de la fe que profesa, con ese punto de férreo
convencimiento que le hace no detenerse en considerar las
implicaciones morales de lo que muestra o si su despiadada
visión de los hechos puede herir la sensibilidad de otros. Es
esa determinación fundamentalista la que verdaderamen-te me
provoca escalofríos.
Calificación:
    
Imágenes de "La Pasión de Cristo" - Copyright © 2004 Marquis
Films e Icon Entertainment International. Distribuida en España
por Aurum. Todos los derechos
reservados.
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