CRÍTICA
por
Juan Beiro Martínez
Desde hace
ya bastante tiempo, la salvaguardia de la comedia clásica
americana se encuentra en las series de televisión y, de manera
aún más clara y purista, en el cine de animación. En la co-media
contemporánea, centrada exclusivamente en personajes que no ven
más allá de sus hormonas, y tan preocupada por el humor
escatológico, por las autoparodias y por el metalenguaje (todo
son referencias a otras películas que a la vez parodiaban a
otras pelí-culas), no se reconocen ya las formas que tan
magistralmente ha-bían establecido directores como Howard Hawks,
Billy Wilder o Blake Edwards. Paradójicamente, si hoy en día se
quiere ver en pantalla grande a unos personajes ingeniosos
envueltos en una aventura de estructura cómica sólida y ritmo
endiablado, lo mejor es coger a hijos, sobrinos, vecinitos, lo
que sea… por banda, y lle-varlos a la sala de proyección más
cercana. El cine de animación norteamericano ha dado últimamente
claras muestras de inteligen-cia, y más ahora que se han subido
al carro productoras como
DreamWorks o Pixar, en eterna
disputa por ser los más ocurrentes e innovadores del momento.
El año pasado, Pixar nos sorprendía con "Buscando
a Nemo", otro clásico instantáneo de los suyos, que
de nue-vo ponía la barrera bien alta para todo aquel que
quisiese superar en sabidu-ría y buen hacer el trabajo del
equipo de John Lasseter. Pues bien, pocos meses después, la
compañía rival ca-pitaneada por el mismísimo Spielberg estrena
"El espantatiburones", que casualmente (¿casualmente?) coinci-de
con la de Pixar en escenario y pro-tagonistas: pececillos
encantadores que viven en las profundidades del océano. En un
paralelismo que ya se había vivido con los estrenos casi
simultáneos de "Antz
(Hormi-gaz)" y "Bichos", la DreamWorks no ha querido
ser la perjudicada por el simple hecho de ser la última en
mostrar su producto a la audiencia, y para no quedarse atrás se
ha hecho con un reparto bien lustroso. Ya quisiera cualquier
otra compañía de Hollywood, de las que hacen películas de imagen
real, tener el presupuesto capaz de convencer a actores como
Will Smith,
Robert de Niro,
Angelina Jolie o
Renée Zellweger, para trabajar
todos juntos en un mismo proyecto. De hecho "El
espantatiburones" es la primera película de animación que yo
recuerde que comience con títulos de crédito al uso, en los que
se nos anuncia a los actores que van a intervenir… como si los
fuéramos a ver, no únicamente escuchar. Y no, sólo vemos peces…
y si la película está doblada, escuchamos otras voces: no hay
Will, no hay Renée, no hay Angelina…
Como
espectadores, nosotros hemos aprendido ya bastantes ve-ces una
lección que Hollywood parece no querer ni escuchar: los fuegos
artificiales sólo dejan humo tras de sí. En una rígida
estrate-gia comercial, DreamWorks ha recopilado todos aquellos
elemen-tos que habían brillado con luz propia en los últimos
éxitos de la animación (voces conocidas, humor para todos los
públicos, guiños y homenajes cinematográficos), confeccionando
así una historieta de lo más aparente y resultona, que
funciona mientras es contemplada, pero que se desvanece en las
retinas una vez desviada la mirada de ella. Todo resulta frío y
prefabricado, una película-fórmula constante en la que cada
elemento está tan medido y calculado que carece de vida propia.
Como si siguiese a rajatabla las enseñanzas de un manual para
guionistas, "El espa-ntatiburones" ofrece una serie de
personajes estereotipados (el hé-roe pillo pero buena gente, el
tontuelo cándido, la secreta enamora-da, la femme fatale…)
que cumplen estrictamente con lo que se espera de ellos, en un
guión de estructura previsible del que, si pu-siéramos atención
durante la proyección, podríamos escuchar el chirriar de las
bisagras que separan el primer acto del segundo, el nudo de la
conclusión, un punto de giro del siguiente…
Aun así,
dentro de todos estos lugares comunes, de gags resulto-nes pero
olvidables, de humor gamberro que se queda a medio camino… "El
espantatiburones" destaca por la interpretación para-lela que de
su trama se puede llevar a cabo. No hay que tener mu-chas luces
para vislumbrar una doble lectura en la historia de ese
tiburón bonachón y amanerado, que debe ocultar ante su familia
su verdadera identidad por miedo al rechazo, y que incluso llega
a trasvestirse de delfín (uno de los gags re-sultones) para
sentirse cómodo con su verdadera personalidad. De manera
inteligente y para todos los públicos se aborda un tema que,
aunque nunca llega a nombrarse, era hasta el momento im-pensable
en una película de animación con visos comerciales. Al fin, en
ese mundo de bienestar perpetuo como es el de los dibujos
animados, todos tienen el derecho a ser felices y respetados,
sea cual sea su verdadera identidad.
"El espantatiburones", con su extra-ña moraleja final (renuncia
a tus sue-ños y resígnate a vivir tu triste vida), pasará sin
duda a la historia de la ani-mación, ya no tanto por sus propios
méritos, sino por sus tres grandes re-velaciones. La primera de
ellas es po-ner de manifiesto que el cine de ani-mación puede
tener tanto o más pro-duct placement que cualquier otra
pe-lícula, estando aquí enmascarado tras el tamiz de lo cómico
que resulta ver todas esas marcas conocidas camu-fladas en un
mundo de peces creado bajo el océano. La segunda, es de-mostrar
lo que sus apariciones secun-darias en sus propias películas
como director ya anunciaban: que Martin
Scorsese es un gran actor cómico a descubrir. Por
último, la tercera y más importante de las revelaciones de "El
espantatibu-rones" es la que resulta de poner en evidencia las
fisuras que ya mostraban algunos de los últimos filmes de
animación que le pre-cedían: el humor para todos los públicos
es uno de los géne-ros más difíciles de acometer. Muchas veces
nos venden di-bujos animados como supuesto entretenimiento para
adultos por poseer dos chistes y tres guiños metalingüísticos,
perdi-dos entre una marea de ñoñería y buenas intenciones
infan-tiles. ¿A quién están dirigidas estas películas? ¿A
adultos de alma naif o a niños resabiados? Esta es la
lección que Hollywood sí se sabe a las mil maravillas: quedarse
a medio camino nunca ha sido una buena opción en el mundo del
arte… pero sí en el del comer-cio.
Calificación:
    
Imágenes de "El espantatiburones" - Copyright © 2004 DreamWorks
Animation y
Pacific Data Images. Distribuida en España por UIP. Todos los derechos
reservados.
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