CRÍTICA
por
David Garrido Bazán
Gran guiñol
Quizás el último propósito de los hermanos
Coen con sus últimos films sea
desconcertar a sus más acérri-mos seguidores, entre los cuales
me encuentro. O quizás es que no tienen muchas ganas de buscar
fórmulas de riesgo como las que les dieron justa fama
internacional por sus originales propuestas si encuentran
fácilmente rebuscando en el pasado argumentos con los que dar
salida a su potencia visual. O a lo mejor, Billy Wilder no lo
quiera, es que se ha agotado el pozo de su inventiva. Sea como
sea, no de-ja de resultar algo preocupante que las dos últimas
obras de los Coen (dejando fuera "El
hombre que nunca estuvo allí", porque a pesar de que
era una evidente revisión de un género tan clásico como el negro
su propuesta dejaba bien patente la inconfundible marca de los
cineastas) sean una funcional y correcta comedia (pero sin duda
muy menor en su filmografía) sobre la guerra de sexos al estilo
clásico, "Crueldad
intolerable", que les proporcionó el mayor éxito
comercial de su carrera, y un remake de un clásico de 1955 como
"El quinteto de la muerte" de Alexander Mackendrick,
protagonizado por Alec Guinness y un en-tonces debutante cómico
bastante prometedor, un tal Peter Se-llers.
Si se conoce el original y se
está algo familiarizado con la filmo-grafía de los Coen, uno no
debería extrañarse de la elección, pues el estupendo
planteamiento del original inglés (un grupo de majade-ros que se
hace pasar por músicos para alojarse en casa de una adorable e
inofensiva viejecita con el fin de atracar un banco y des-pistar
a la policía) que los Coen copian a la perfección, estaba
pro-tagonizado por unos estrafalarios personajes que conectan a
la per-fección con las criaturas que paseaban por la pantalla de
"Arizona baby", "El gran salto", "O
brother!" o "El gran Lebowski", por poner algunos
ejemplos; seres dotados de una increíble estupidez y con
tendencia a la caricatura, pura arcilla en manos de los Coen,
que sabían sacar buen partido de sus deficiencias para
aplicarles su cínica y demoledora mirada, que siempre he pensado
que no debe andar muy lejos de su idea general del ser humano.
En "Ladykillers" Tom Hanks
lidera a ese grupo de caricaturescos aspiran-tes a ladrones de
altos vuelos entre los que se encuentran un inepto espe-cialista
en explosivos y ocasional do-mador de animales con una rara y
muy escatológica enfermedad llama-da ‘colón irritable’, un
chulesco negra-ta con tanta tendencia al pasotismo como a
provocar inútiles conflictos con el primero, un forzudo ex
jugador de fútbol americano de encefalograma plano y un
impasible asiático, fuma-dor compulsivo y especialista en
túne-les (fruto de su experiencia en el viet-cong);
interpretando al pedante, verborreico, relamido y a ratos
fran-camente insoportable profesor G.H. Dorr, presunto
especialista en lenguas muertas, que alquila una habitación en
la casa de Marva Munson (una espléndida
Irma P. Hall), descrita como
una viuda más bien inocentona, pero de armas tomar, poseída por
un indes-tructible fervor religioso y con cierta tendencia al
surrealismo, como se demuestra en la alargada escena de
presentación del personaje del inicio de la película, una
secuencia en la oficina del sheriff local que, como pasaba en la
obra original de Mackendrick, encuentra su justificación en la
última escena de la película. Con estos mim-bres, resulta un
tanto inevitable que "Ladykillers", apoyándose en la ya familiar
inventiva visual de los Coen, se deslice por la pendiente de la
comedia más bien física, rayana casi en el cartoon, que
los cineastas han probado dominar sobradamente en el pasado,
espe-cialmente en "Arizona baby".
Y es que con ese grupo de
personajes y la levedad del plantea-miento argumental de la
película, no podía ser de otra forma. Los Coen se limitan a
explotar sin disimulo la mayor parte de los aciertos de la
película de Mackendrick, cuya fuerza perma-nece intacta, apenas
con sutiles variaciones. Desde ese punto de vista, gran
parte de la comicidad de la película reside en el duelo
interpretativo que mantienen en numerosas ocasiones un Tom Hanks
que parece esforzarse en huir de la sombra de Alec Guin-ness por
el camino del más desatado histrionismo y una Irma P. Hall que,
ésta si, resulta bastante distinta al personaje original, aunque
mantenga intacta su insobornable tozudez y su cándida inocencia,
por cierto, subrayada en un gag recurrente que pasará
desapercibido a aquellos espectadores que no conozcan el hecho
de que la Universidad Bob Jones es una de las instituciones
‘cris-tianas’ más reaccionarias, racistas y homofóbicas de los
EE.UU.
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Los hermanos
Coen ya no tienen muchas ganas de riesgo o bien se les ha
agotado ya la inventiva |
"Ladykillers" funciona bien
por-que es, sencillamente, una gran farsa bien llevada en la que
basta con juntar a ese grupo de estram-bóticos personajes unos
con otros y ver cómo reaccionan ante las distintas fases de
preparación del golpe, su ejecución y el pro-blema creciente en
el que se con-vierte esa casera que puede dela-tarles y que se
ven incapaces de eliminar, todo ello ambientado en ese Sur de
los EE.UU que tan buenos resultados les proporcionó a los Coen
en su anterior "O brother!". La banda sonora de inspira-ción
genuinamente country de ésta última es aquí sustituida
por otra en la que domina el gospel, que funciona con idéntica
eficacia. Tanto que algunas de las secuencias parecen diseñadas
exclusiva-mente en función de dejar que las canciones se
apoderen de la pe-lícula, casi como unos gozosos interludios
musicales, más que por su importancia desde el punto de vista de
la progresión de la his-toria. Los Coen son tan conscientes de
la facilidad con la que pue-den extraer situaciones hilarantes
de la débil excusa argumental de la película, que ni siquiera se
esfuerzan demasiado al visualizar el golpe (resistiendo la
tentación de parodiar el género de las pelícu-las sobre atracos
perfectos con un plan tan simple como efectivo) casi como si no
se sintieran muy cómodos cada vez que han de salir de ese
escenario prácticamente único que es la mansión de Marva Munson.
Pero lo que provoca desazón en el seguidor de los Coen es
que, precisamente, tratándose de una película de estos
cineastas, "Lady-killers" sea seguramente la obra en la que
menos se nota la aporta-ción de ambos. Aunque su estilo siga
siendo inconfundible, es descora-zonador pensar que la mayor
parte de los mejores gags de la película pro-vengan de la obra
original de Macken-drick y, lo que es aun más grave, que
"Ladykillers" haya rebajado notable-mente el tono oscuro y
decididamente perverso de aquélla. Debajo del gran guiñol que
los Coen han construido para hacer pasar un rato agra-dable al
espectador con este divertimento, no hay mucho rastro (salvo
alguna excepción) del delicioso humor negro que impregnaba la
obra original y la película se mueve más por el terreno del
slap-stick o del humor salvaje que por el de la sutilidad o
la ironía. A pesar de la indudable eficacia de muchos momentos,
la película se alarga demasiado y no son muchas las novedades
que funcionan (un curioso homenaje a David Lynch en la figura de
un gato espe-cialmente inquietante, el cuadro del esposo
fallecido de Marva que preside el salón o algunas de las
presentaciones de los persona-jes, además del ya mencionado gag
de la Universidad Bob Jones) pero, claro está, todo esto resulta
irrelevante (y los Coen son plena-mente conscientes de ello)
ante el hecho de que la inmensa ma-yoría que va a ver
"Ladykillers" no ha visto (ni, por desgracia, verá jamás) "El
quinteto de la muerte" y eso les permitirá disfrutar
infi-nitamente más de la película de lo que lo hizo un servidor.
Calificación:
    
Imágenes de "Ladykillers" - Copyright © 2004 Touchstone
Pictures y Jacobson Company. Distribuida en España por Buena
Vista International. Todos los derechos
reservados.
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