CRÍTICA
por
Miguel Á. Refoyo
Curioso duplicado original
Los hermanos Coen vuelven al cinismo crítico de sus mejores
obras y se alejan del fácil recurso del ‘remake’ imbuyendo la
cinta de su exclusivo y reconocible universo fílmico
Alexander Mackendrick,
Penrose Tennyson, Robert Hamer o Charles Crichton fueron algunos
de los pre-ceptores de la comedia Ealing, famo-sa compañía de
Basil Dean que nació para ofrecer un tipo de comedia que
mezclara psicología, humor negro, re-alismo y discreto
nacionalismo y ofreciera retratos corrosivos y vitrióli-cos de
una Inglaterra en crisis. Pelí-culas que describieron Gran
Bretaña y el carácter británico y que tiene co-mo estandarte más
reconocido "El quinteto de la muerte", de Macken-drick.
Curiosamente, la más americana de entre todas las produc-ciones
de la famosa productora inglesa. Esta nueva "Ladykillers" no
pretende caer en el vicio del plagio legal, el llamado remake,
si-no que, como no podía ser de otra manera, la sociedad hyphenate formada por
Ethan y
Joel Coen lleva la historia a su
universo de revisión y puesta al día de los viejos géneros
clásicos. Algo que ya viene siendo una marca de fábrica.
Los Coen siempre se han
caracterizado por su elegancia y pul-critud visual, moral y
formal que les aparta aparentemente de la pa-rodia,
permitiéndoles desarrollar el género sin cuestionarlo y lograr
así sus míticas y sutiles estilizaciones de los formatos más
ortodo-xos: ya sea el thriller, el drama, el cine (bowling) noir o la
screwball comedy. En "Ladykillers" recuperan ese
tono cínico que habían per-dido en su anterior e infumable cinta
"Crueldad
intolerable", cuya in-discutible posmodernidad
artística propia de los Coen se impuso como reclamo de qualité
en contraposición de su habitual sinceri-dad. Es cierto también
que esta nueva versión del clásico de Mackendrick no aguanta una
exhaustiva comparación, pero "Ladykillers" no deja de ser por
ello un fresco renovado del espíritu de estos hermanos
imprescindibles en el cine moder-no. Lo Coen han logrado fabricar
una pequeña cinta que, aunque no tenga la capacidad de
sugerencia o la finura en el retrato de los personajes del filme
de la Ealing, sí encuentra su portentosa narra-tiva en el fondo
visual, en el preciosismo estético de calculada exactitud que
amplifica la ambición creativa, muy miniaturista, de la
historia. Aspecto éste del que carecía el clásico de la
productora británica. También se sustituye el decorado de
vetusto sabor gótico por una escenografía con tonalidades
coloristas de inequívoco re-gusto de cómic. Una delimitación del
espacio, donde el escenario, Mississippi, sirve a los Coen para
desplegar sus más conocidas excentricidades.
Es, por tanto, el regreso de
los Coen al territorio sureño, a la América pro-funda, el entorno
ideal para situar allí, a ritmo de gospel espiritual y hip
hop, la desordenada y humorística aventu-ra de un inverosímil
quinteto formado por un pedante profesor, un 'topo', un experto
en demoliciones, un general especializado en túneles y un
forzudo medio subnormal que planean robar el Bandit Queen, un
casino flotante del Mississippi. Tras alquilar un cuarto como
base de operaciones, el grupo se hará pasar equipo por una banda
musical. Pero antes tendrán que en-frentarse a una venerable y
oronda abuelita de férrea voluntad y fiel a la memoria de su
marido fallecido. La historia apenas ha cambia-do respecto a la
de Mackendrick, pero es curioso de qué manera encaja el
argumento en el delirante cosmos de los Coen. "Ladyki-llers"
rescata las mejores y más aplaudidas directrices de su cine.
Como por ejemplo, la añorada ridiculización de sus personajes,
la imagen icónica de unos roles que se mueven en esa cáustica y
pe-culiar propensión a la estupidez que hace cuestionar la lógica
que les mueve a sus acciones. Una característica basada en la
ambi-güedad moral y la imbecilidad inconsciente de la perversidad
de unos antihéroes que traspasan el límite de la maldad para
mostrar-se entrañables. Y no es la única pauta que se echaba de
menos en el cine de los Coen. Aquí también hay espacio en ese
aire satírico para emplazar la trama en el cartoon, en el más
puro slapstick de los Avery, Clampett o Freleng, aprovechando
el final de "El quinteto de la muerte" para sazonar las muertes
con el más absurdo y ridí-culo tópico del cinismo, dotándolas de
una violencia oscura y gro-tesca que sigue siendo el motor de la
acción coeniana, subvertida en el odio y la envidia, en la
moralidad de doble fondo que es expli-citada desde un punto de
vista sarcástico y caricaturesco y en la antítesis de la bondad
y la maldad envueltas en el dislate. De ahí que uno de los
mejores logros de esta cinta sea el duelo in-terpretativo de un
Tom Hanks histriónico y desmelenado (ho-menaje al Alec Guiness
del original) y la maravillosa Irma P. Hall, que protagonizan los
mejores momentos de esplendor, de gran farsa guiñolesca.
El espectador se encuentra
ante una película puramente Coen, donde su clave ha sido
transformar un british film en lo que mejor saben hacer: una
americanada de banalidad extrema, plagada de referentes
infraculturales elevados por su precisión estética a la
categoría de modelos. Un factor que es clave en sus mejores
obras. Se nota mucho la influencia confesa de gente como John
Waters, Paul Bartel y David Lynch, al que rinden homena-je con el
gato Piñones que sale co-rriendo con un dedo recién amputado en
la boca. "Ladykillers" restablece la metatextualidad que estaban
perdiendo los Coen, regresando para ello a su universo de
feísmo, a la apoteosis del horterismo excéntrico que no es más
que una des-tructiva visión de la mediocridad yanqui, llena de
contradicciones y burlas a una nación de profundidades
insoldables. Pero no sólo eso, sino que han vuelto a la
intrascendencia de la situación y de los diálogos que dan un
cariz de locura determinante en su filmo-grafía y que aquí tiene
su cúlmen en imprescindibles gags de cruel-dad identificativa
en el cine de los Coen, como un perro que muere asfixiado con
una máscara de gas, el cuadro del difunto marido de la
protagonista y sus gestos ante las situaciones o las disputas
entre sus protagonistas. Y sobre todo, ese detallismo irónico de
si-tuaciones aburridas de un entorno en el que nunca pasa nada.
"Ladykillers" es una película
excesiva, con un irrefrenable ritmo, de contundencia visual e
hilaridad narrativa que so-porta sus pilares en lo hiperbólico de
sus situaciones al borde del colapso y que encuentra en esa
celeridad la mejor virtud en una cinta que si bien adolece de la
contundencia de anteriores trabajos, reaviva la integridad de
los Coen al ofrecer su sincretismo a la hora de amoldar
cualquier género a su exclusiva visión cinematográfica. La
pregunta es: ¿se trata sólo de una divagación estética y una
pretendida búsqueda de nuevas formas narrativas y visuales o
esta-mos ante una conversión radical hacia un nuevo tipo de
genialidad ‘autoparódica’ del propio cine de estos hermanos
revolucionarios? Lo cierto es que viendo "Ladykillers" surge una
sensación de un autohomenaje a su impecable filmografía, con
situaciones grotes-cas, personajes tremendamente freaks y una
alteración de la lógi-ca argumental, reconocible exclusivamente
en el cine de los Coen.
A todo esto se unen las
constantes y novedosas referencias a Edgar A. Poe, presente en
los estudiados y malévolos planos contrapicados que evocan un
anunciado anatema, siem-pre constante sobre las cabezas del grupo
de ladrones en una narración circular que impone su metáfora en
los cuervos, en la lobreguez moral de sus protagonistas y que
termina, co-mo no podía ser de otra forma, en el vertedero que
muestra el destino de los inquilinos de la pobre anciana que,
inocente y religiosa, acaba por llevar-se el suculento botín
robado por los incompetentes ladrones. A pe-sar de ser una
película que habla sobre la codicia, la ambición y la
incapacidad para llevar un delito a buen puerto, un viaje a un
lodo moral que acabará por engullirlos a todos, "Ladykillers" es
sencilla-mente, al igual que su antecesora, un cuento moral
bastante su-rreal y absurdo sobre la imperfección del ser humano.
Para la carrera de los Coen
"Ladykillers" no es, como todo el mundo viene diciendo, un
trabajo menor en su filmografía. Tan sólo es una película
inesperada, que contiene en sus líneas la misma apoteosis de
transgresión genérica con una soterrada militancia ideológica
que permanece incorrupta y que contiene, como en sus mejores
cintas (no está tan lejos como parece de "El gran Lebow-ski" o
"Fargo"), un delimitado y conocido universo estético y crítico.
Calificación:
    
Imágenes de "Ladykillers" - Copyright © 2004 Touchstone
Pictures y Jacobson Company. Distribuida en España por Buena
Vista International. Todos los derechos
reservados.
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