CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
La negrura de la tierra y del
alma
Después de varios trabajos de carácter más esteticista,
vuelve Carlos Saura –como ya
hiciera en "La caza"– a ahondar en los impulsos más primarios de
la condición humana, y a buscar la raíz de la violencia en la
defensa de lo personal frente al agresor. Ahora lo hace
sirviéndose de la historia real sucedida en el pueblo extre-meño
de Puerto Hurraco en 1990, cuando una escalada de vengan-zas
entre dos familias concluyó con una sangrienta matanza en la que
perdieron la vida nueve personas y otras doce fueron heridas.
Con los nombres y lugares cambia-dos e introduciendo una trama
román-tica entre adolescentes, el guionista
Ray Loriga recrea ese penoso
episo-dio a través de los recuerdos de Isa-bel, la joven
superviviente que poco después abandonó el pueblo con su madre.
Mirando a la cámara –que ge-nera un distanciamiento en el
espec-tador y le empuja a la reflexión–, co-mienza relatando el
origen de esas rencillas ancestrales que se convirtie-ron en
odio visceral cuando la joven Luciana Jiménez fue rechazada por
uno de los Fuentes, para de-sencadenarse a continuación el
primer acto de venganza y toda una espiral de violencia. Desde
entonces, todo apunta a un desen-lace preparado con todo el
detalle que el odio, la enfermedad y la incultura pueden
concitar en las mentes de unos pobres locos que viven en la
soledad y oscuridad de su inexistencia.
El director pretende
explorar el alma humana para descu-brir las razones que pueden
empujarla a esa violencia y au-todestrucción. Se adentra en
lo más profundo de un pueblo cual-quiera de España para
hablarnos de la lucha por defender la tierra, de la herida del
amor no correspondido y de la inclinación a tomar-se la justicia
por cuenta propia en defensa de los intereses particu-lares. Nos
deja ver la fuerza de la tierra –causa del primer litigio en-tre
las familias– y la reducción de los horizontes vitales que
simbo-lizan las cuatro paredes del pueblo frente a la apertura
ofrecida por ese plano final del litoral mediterráneo, el rencor
y el encerramiento en uno mismo como resultado del rechazo del
amor superador de diferencias. Saura habla del hombre y también
de la sociedad, y lo hace con metáforas de la guerra civil y
también de una cultura –más bien de una falta de cultura–
endogámica que tradicionalmente encontramos en esos pueblos “en
que todo se sabe de todos y donde nada cambia”.
Aunque la dinámica de violencia siempre tenga dos polos
igualmente culpables, el director carga las tintas en los
Jiménez, envueltos siempre en una atmósfera tenebrista y
lúgubre, ideal para trasmitir esa perturbación congénita que
padecen y esa sed de venganza que les mata. Es un mundo
desasosegante, muy bien plasmado por las interpretaciones de
Juan Die-go,
José Luis Gómez y Victoria
Abril, actores capaces de transmitir el infierno
interior con una sola mirada o unos gestos llenos de fuerza
expresiva. Menos conseguidas es-tán las secuencias de la familia
Fuentes, donde sólo Eulalia Ra-món
da muestras de una frescura interpretativa para encarnar a la
madre de las tres niñas, deseosa de poner tierra de por medio y
dar un nuevo rumbo a su existencia. La historia de amor
adolescen-te apenas tiene fuerza, sólo sirve al director para
descargar tensio-nes dramáticas y dejar una puerta abierta a la
esperanza en unas jóvenes generaciones, y eso a pesar del
permisivismo mostrado con la droga y la prostitución. Con todo,
parece que Saura se mue-ve más a gusto en el dibujo de las
facetas más miserables del hombre, con un pesimismo que brota
desde dentro para adquirir tintes fatalistas.
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Destaca una
puesta en escena muy cuidada en todos sus detalles |
Destaca una puesta en escena
muy cuidada en todos sus detalles: vestuario y costumbres
populares junto a todos los tópicos de un am-biente cerrado y
pueblerino sirven para trasmitir la sordidez y negrura de unas
mentalidades inmersas en la incultura y en la irracionalidad. La
música penetra puntualmente en el espectador con cada uno de los
acordes de guitarra, y la fotografía permite retratar cuadros
en-fermizos en contraste con espacios abiertos más luminosos.
So-bran algunos planos con valor metafórico y cierto tono
premonitorio –como la jarra que se rompe, el gallo descabezado o
las escenas de caza–, innecesarios para generar dramatismo o
para conducir al espectador en el relato, y que no hacen más que
recargar enfática-mente lo ya conseguido por el guión, la puesta
en escena y la in-terpretación.
Así pues, se nos ofrece
una punzante radiografía del interior del hombre y de la España
interior, resaltando los aspectos más negros. Logra una
creación de atmósferas con tensión cre-ciente y progresiva hasta
la explosión final donde la ira se desata contra todo y contra
todos, y que deja en el espectador un regusto desazonador que le
lleva a pensar si esa maldad no coexistirá con otra realidad más
positiva, que el director no ha sabido o querido tamizar su
retrato de personajes, que Dios descansó el séptimo día pero no
por ello abandonó al hombre a su barbarie y aniquilación.
Calificación:
    
Imágenes
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