CRÍTICA
por
Mateo Sancho Cardiel
Hay piezas cinematográficas que por su solidez, por su
pasmosa coherencia y unidad y por su extraordinaria mimesis
entre forma y fondo, parecen creadas en un molde, rodadas en un
solo día, en una toma, sin cortes ni cambios cronológicos y,
¿acaso no es una forma de perfección fílmica la eliminación de
todo rastro de trucaje cinematográfico para ofrecer una
sensación de progresión lógica y, en este caso, salvajemente
paulatina? “El regreso”, película vence-dora de una de las
ediciones más ricas de la Mostra de Venecia, la del 2003,
acumula méritos insólitos hasta convertirse en una joya de sutil
orfebrería, en una malsana fascinación por las vidas brutales y
agrestes de sus protagonistas.
Deslumbrante obra de un debutante,
Andrey Zvyagintsev, la película muestra, sin embargo,
un conoci-miento exhaustivo del tempo narrativo abierto a topo
de halagos. De este modo, el joven ruso lanza una arries-gada
apuesta por el relato susurrado, intravenoso, soterrado en un
clímax continuamente sustentado en la at-mósfera, en el matiz,
en la mirada, en la agresividad contenida, en la sensa-ción
permanente de que ese apacible volcán humano va a sufrir una
inmi-nente explosión, una catarsis emocio-nal. El director ruso
construye un re-trato de la dureza, del absurdo de los roles
socialmente estipula-dos, con un inicio en el que el joven
protagonista es tachado de co-barde por sus púberes amigos por
no lanzarse al agua desde lo al-to. En ese momento, la
película inicia una profundización, co-mo empujada por una caída
trágica, hasta el límite sobre el concepto de la valentía, de la
dignidad y del respeto y, así, evoca una preciosísima pero
urticante y casi autista relación de compensación entre las dos
personalidades que tendrán que en-frentarse al regreso del
título, al de un padre déspota y autoritario que impone su rol a
la fuerza después de doce años de ausencia. Sin embargo, tras
lanzar un dramático alegato contra la imposición de los
sentimientos y abogar por la naturalidad y por los méritos
adquiridos, “El regreso”, sin embargo, dispara un último grito
de de-sesperada naturaleza humana, de insoportable consecuencia
de los convenios sociales y la angustiosa sensación de orfandad
aun-que sea de la más endeble o cruel de las figuras paternas.
De esta manera, “El regreso” toma el cariz de un enfermizo
thriller claustro-fóbico en sus espacios abiertos porque los
personajes están pre-sos en el pacto antropológico, sufren sus
cargas y sus culpas cuando siempre les han sido negadas sus
ventajas.
En brillante concordancia con esta gran potencia temática, la
sensación de goteo emocional que “El regre-so” proporciona está
muy relacio-nada con su imagen desolada y gris, de una
nostalgia que no encuen-tra pasado al que aferrarse, que la
cá-mara del debutante ofrece y que cul-mina en su fantástica
expresividad fi-losófica con una sucesión de fotogra-fías en
blanco y negro que resumen, de una manera sintética y radical,
el contraste salvaje entre realidad y re-cuerdo, el gran favor
que hace al ser humano la llamada memoria selectiva. Este
recurso, especialmente infantil, nos da la única con-cesión al
alivio que las interpretaciones intensas, durísimas que ha-cen
los dos niños protagonistas, en la que plasman un sufrimiento
que traspasa la pantalla y que choca frontalmente con el mutismo
de la réplica adulta de Konstantin
Lavronenko, su estricto padre. Porque quizá sea,
finalmente, la oposición de términos, de caracte-res, de
posturas y de imágenes la que da a “El regreso” su calidad
monolítica y genial, su magnífica redondez, su impactante y
devas-tador efecto en el espectador.
Calificación:
    
Imágenes
de "El regreso" - Copyright © 2003 Ren Film.
Distribuida en España por Golem. Todos los derechos
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